lunes 23.09.2019

Frente a una EUROPA decadente, educación

“Hay una grotesca desproporción entre la influencia profunda
que la política europea tiene sobre nuestras vidas
y la escasa atención que se le presta en cada país.”

Jürgen Habermas


Se impone la necesidad de modificar la herencia mitológica griega para que no 'rapten de nuevo a Europa' aquellos partidos que buscan delimitar la identidad europea lograda durante decenios

De las historias de los continentes, una de las más tristes en sus comienzos es la de Europa, empieza con un rapto; y sin embargo es uno de los mitos que mayor representación ha tenido a lo largo de los siglos desde el Renacimiento; lleva por título “El rapto de Europa”. Son muchos los pintores y escultores que lo han escogido como tema para alguna de sus obras. El Museo del Prado posee una de las mejores, la de Rubens, copia de Tiziano.

En las próximas elecciones europeas del 26 de mayo, los ciudadanos españoles tenemos la oportunidad de elegir a quienes nos representarán en el Parlamento Europeo y decidir qué tipo de Europa queremos en los próximos años. Antonio Tajani, actual presidente del Parlamento nos anima a votar porque “tenemos que cambiar Europa y hacerla más eficaz, respondiendo a las preocupaciones de los ciudadanos y basándonos en lo que ya hemos conseguido”. Su optimista entusiasmo, en cambio, no lo comparten hoy millones de ciudadanos europeos; aquella curva ascendente de ilusión por la “Europa de los ciudadanos”, hoy desciende con un manifiesto euroescepticismo. La prueba es el escaso eco que ha tenido “el tema Europa”, en los mítines y programas de los partidos políticos en las elecciones del pasado 28 de abril; el mismo que está teniendo en las elecciones del próximo día 26, incluidas las propias elecciones europeas.

El rapto de Europa rubensAquella Europa ilusionante en los albores de su nacimiento en los años 50, con anhelos de cooperación y de acabar con los frecuentes y tristes conflictos históricos entre vecinos, se despierta hoy en momentos de vértigo e incertidumbre, con nubes de perplejidad y el temor de que entren en ella quienes quieren destruirla; una Europa que atesora en su memoria grandes logros históricos, necesita hoy, más que nunca, espacios para la reflexión. Se impone de nuevo la necesidad de modificar la herencia mitológica griega para que no “rapten de nuevo a Europa” aquellos partidos que buscan delimitar la identidad europea lograda durante decenios; partidos de ultraderecha en los diversos Estados de la Unión Europea, liderados por el italiano Salvini y sus correligionarios, demostrando su fuerza días pasados en Milán. Ha sido un desafío a la Unión y sus principios fundacionales con la mirada puesta en las elecciones europeas del próximo domingo; su único objetivo es debilitarla o destruirla. Estos partidos, como VOX en España, sólo ofrecen lo que ya conoció Europa en otros tiempos: exaltar los respectivos sentimientos nacionales de superioridad, exhibiendo una rivalidad irracional, excluyente y xenófoba contra inmigrantes y refugiados. (En la imagen: El rapto de Europa, de Rubens).

“Esperando a los bárbaros” forma parte de los poemas de evocación histórica de Konstantinos Kavafis. Están ambientados en épocas de decadencia que siguen a momentos de esplendor. El poema expresa la preocupación por el futuro de las civilizaciones agotadas. Kavafis no es profeta sino poeta, pero en “Esperando a los bárbaros”, parece predecir la decadencia de Europa en manos de Salvini y sus correligionarios; son “los bárbaros” del poema. Lo expresa así: “¿Qué esperamos, reunidos en el foro? / Es porque hoy llegan los bárbaros. / ¿Por qué está tan ocioso el senado y los senadores no legislan? / Porque los bárbaros llegarán hoy. / ¿Qué leyes votarán los senadores? / Cuando lleguen los bárbaros, ellos serán los que legislen”.

El avance de estos partidos, que al entrar en Europa podrán legislar, como dice Kavafis, es el resultado de los graves errores estratégicos cometidos por las fuerzas democráticas que han gobernado durante estos años las distintas instituciones europeas. La lectura que debe hacerse de los años transcurridos entre la firma de los Tratados de Maastricht (1992), el fracasado tratado constitucional de Roma (2004) y el de Lisboa (2007), aunque han significado avances importantes, no han sido, desde luego, un modelo de cooperación y mucho menos de integración europea: aceptar la austeridad como única política económica posible, debilitando así el consenso político en torno al Estado de bienestar, ha sido un error; como error y grave fue la aprobación de la “reforma exprés” del artículo 135 de la Constitución en 2011; perseguía garantizar, reforzando el compromiso de España con la Unión Europea, que el Estado tendría como prioridad absoluta pagar los intereses y capital de deuda pública, incluidos entre los gastos presupuestarios; el pago de intereses de deuda se convertía así en más prioritario para el Estado que el pago de prestaciones por jubilación, exclusión, desempleo o pobreza. Una vez más, parece significar que estamos en “la Europa de los mercados” y no en “la Europa de los ciudadanos”.

A nadie se le escapa que en la actualidad vivimos horas bajas en la conciencia europeísta de los ciudadanos. Muchos europeístas abogan por recuperar los “pasos atrás” que ha supuesto la respuesta europea a la crisis económica y financiera, con una creciente “desafección” de los ciudadanos hacia el proyecto comunitario: no han llegado a percibir ese Estado del bienestar prometido ni esa Europa solidaria y de valores, compatible con la globalización, reforzando el diálogo civil con los ciudadanos y su derecho de participación. Europa ya no puede vender la idea de progreso económico y bienestar social para todos; se ha ido olvidando de esa capacidad inclusiva con la migración y la necesidad imperiosa de dotar de mayor voz y poder al pueblo. En palabras del empresario y político suizo Thomas Minder: “Europa tiene miedo a la democracia directa, al voto popular y a los migrantes”.

La criticable resolución de las crisis ha puesto otra vez de manifiesto que el apoyo de los ciudadanos a la Unión Europea, ese europeísmo que se palpaba años atrás, no era sino instrumental; “ahora ya no nos va tan bien con Europa”, repiten muchos españoles y europeos. La consecuencia es la pérdida de apoyo y confianza en las instituciones europeas. Según los datos que aportan las encuestas llevadas a cabo de forma periódica por el Eurobarómetro con el fin de pulsar y analizar la opinión pública en todos los estados miembro de la Unión, la percepción que tiene una gran parte de los ciudadanos europeos es de una carencia democrática en la UE. Parece que ya no existe aquella “conciencia europea” que ilusionó en otro tiempo a los Estados y a los ciudadanos.

Con el fin de lograr mayor implicación de los ciudadanos, la Comisión Europea debería comunicar mejor la gran cantidad de “contenidos positivos” que ha supuesto la integración europea y el desarrollo de muchas políticas en ámbitos como la educación, la libertad de movimiento, la juventud o el empleo y ahondar en una estrategia europea para que los ciudadanos conozcan mejor sus derechos y las oportunidades que Europa les brinda, entre otras, la educación y los programas educativos y su dimensión comunitaria, programas como Comett, Erasmus, eTwinning, Lingua, Eurydice, Petra, Scientix...

En un contexto excluyente en el que, en las elecciones europeas, esperamos a los bárbaros que lidera Salvini y sus correligionarios, la tarea educativa se hace hoy más urgente que nunca

Ya lo intentó con el desarrollo de una asignatura de ciudadanía europea, aunque con poca fortuna. De hecho, el Ministerio de Educación y Ciencia de España reconoció la importancia que tenía la Resolución de las Comunidades Europeas sobre la “Dimensión Europea en la Educación” para la construcción de una Europa Comunitaria. En la Reforma el Sistema educativo que significó la LOE en 2006, se valoró la importancia de la dimensión europea con el fin de ayudar a cambiar la mentalidad en la sociedad y en el profesorado y, como objetivo prioritario, a potenciar los valores a transmitir en los alumnos; transmitir no sólo conocimientos acerca de Europa y sus instituciones, sino actitudes para reconocerse y sentirse ciudadanos de una Comunidad más amplia llamada Europa, sin fronteras físicas ni ideológicas. Cuenta Tito Livio en el libro I de su Historia de Roma que, tras vencer a su hermano en la contienda para decidir quién daba el nombre de la ciudad que acababan de fundar, Rómulo trazó la primera frontera de Roma. Despechado por su derrota, Remo traspasó aquella línea imaginaria y Rómulo, furioso, lo atravesó con su espada. Las fronteras son construcciones imaginarias, límites ficticios y excluyentes que demarcan el ámbito de poder de quien las traza y causa de no pocos conflictos y guerras.

europa

En ese contexto excluyente en el que, en las elecciones europeas, “esperamos a los bárbaros que lidera Salvini y sus correligionarios”, la tarea educativa se hace hoy más urgente que nunca. La educación es la respuesta más grande y plena que pueda darse al ciudadano, sobre todo en tiempos tan singulares y complicados como los que estamos viviendo. La educación es siempre educación para la sociedad, para vivir en una determinada sociedad y nuestra sociedad tiene toda la amplitud inclusiva que tiene nuestra Unión.

A tal fin, en el diseño curricular de la LOE, siguiendo el mandato de la Comisión Europea, se creó la asignatura “Educación para la ciudadanía y los derechos humanos”. Porque, según aquella fallida asignatura, Europa no es un término abstracto; de ahí la importancia de que los alumnos llegasen a tener conciencia de saberse y sentirse ciudadanos europeos, dentro de un espíritu de respeto, solidaridad y comprensión hacia los otros pueblos que constituyen la Comunidad Europea; pretendía ser, además, un componente indispensable para una educación integral. No sería posible conseguir este objetivo básico, si previamente no estuviesen sensibilizados en este espíritu europeo los poderes públicos y los propios docentes. Con el insultante engaño de que dicha asignatura tenía, como “objetivo oculto socialista”, adoctrinar al alumnado, el desdichado ministro Wert la suprimió en la LOMCE. A posteriori se ha sabido que aquella necesidad de suprimir la asignatura era parte de los débitos ideológicos y religiosos a pagar por el apoyo electoral al PP de los sectores más integristas y conservadores de la sociedad y más reaccionarios y ultra-católicos de la Conferencia Episcopal española.

Utilizando la nostalgia de tiempos mejores en la construcción de Europa, es bueno hacer memoria del libro de Stefan Zweig, el escritor, filósofo, biógrafo y activista social austríaco, narrador fascinante en la descripción de los sentimientos, capaz de seducir desde las primeras líneas, titulado “El legado de Europa”. Se trata de una colección de artículos que escribió en los últimos años de su vida, algunos poco tiempo antes de suicidarse. En estos textos recuerda la Europa en la que creció, la del Imperio Austrohúngaro de Francisco José I, imperio que el joven Stefan Zweig consideraba un vestigio del pasado, una decadencia del esplendor perdido, que debía ser sustituida por las nuevas ideas; por desgracia, aquel imperio decadente era un paraíso comparado con lo que vino después: el infierno que devastaría Europa (el comunismo, el fascismo, el franquismo y el nazismo). Así lo describen tanto Zweig en “El legado de Europa”, como un coetáneo suyo, Joseph Roth, en su obra titulada “La filial del infierno en la Tierra”. La filial del infierno en la tierra a la que se refiere Roth fue el régimen nazi. Ambos añoraron, aunque sin esperanza alguna, el poder regresar a aquella decadencia del Imperio Austrohúngaro. Los sistemas del infierno defendían el uso de la violencia con fines políticos y la eliminación física del adversario con esa frase repetida cientos de veces: “El poder nace de la punta del fusil”.

Como ha escrito hace unas semanas en su artículo “El legado de Europa” el profesor Daniel Tubau, tanto el libro de Zweig como el de Roth, fueron una señal de alerta que nadie escuchó en su momento. Era previsible y así sucedió en la Europa de los totalitarismos… Muchos ciudadanos empiezan a darse cuenta de que la política de bandos enfrentados y la descalificación salvaje del adversario solo favorece el crecimiento de los más radicales. O en palabras del propio Zweig en su biografía sobre Montaigne al hablar del derrumbamiento moral de Occidente: “puede darse una de esas terribles recaídas del mundo después de una de las más gloriosas ascensiones”.

En estas elecciones europeas tenemos la obligación de elegir a los mejores, a los que sean capaces de liderar una Europa unida y contribuyan a transmitir seguridad y confianza en el futuro

Es verdad que cada uno vive en su propio tiempo y en su propio país; podemos lamentar no vivir en tiempos mejores, pero no podemos huir del presente. Los cambios acelerados que se están produciendo en el mundo, y de forma particular en Europa, están demandando nuevas respuestas, nuevas estructuras y nuevas alternativas económicas, políticas, educativas y sociales. No podemos mostrarnos indiferentes, los indiferentes siempre han contribuido a que el mal triunfe. En estas elecciones europeas, porque tenemos la posibilidad, tenemos también la obligación de elegir a los mejores, a los que sean capaces de liderar una Europa unida y contribuyan a transmitir seguridad y confianza en el futuro de “la Europa de los ciudadanos”.

Nos encontramos en un momento inmejorable para reivindicar el nuevo papel que en esta situación la educación debe desempeñar. La Europa del mañana no puede ser sólo la Europa del gran mercado y de los profesionales cualificados. La solidaridad entre los ciudadanos de Europa debe dar paso a una noción mucho más amplia de solidaridad con los ciudadanos de otros países, tal vez más necesitados de ella. Ante estas elecciones es necesario reflexionar; pensar es una de las ocupaciones más arriesgadas del que analiza la realidad y desea transformarla. Es la síntesis de la gran lección sobre lo que nos ha acontecido no hace tanto tiempo y que debemos tener presente para que no vuelva a suceder.

Se cierra un largo ciclo histórico y las incertidumbres del porvenir plantean importantes interrogantes sobre Europa. Cuestiones que nos remiten a los valores esenciales de lo que ha significado en estos últimos decenios de historia; a las raíces sobre las cuales se cimentó su construcción. No es posible eludir una mirada sobre la historia de Europa, sobre su presente y más sobre su futuro. Internarse en la senda de la memoria (colectiva o individual) es algo que nos preocupa y ocupa. ¿Desde qué presente podemos pensar su futuro? Hay que volver a recurrir a la experiencia de Kant y a la pregunta que se planteó en 1784 ¿Qué es la ilustración? y cómo la resolvió: “La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad, la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro”.

Como decía con contundencia nuestro filósofo Emilio Lledó: “Es evidente que nos encontramos en una época en la que se está fomentando el miedo, la violencia, la crueldad, la insolidaridad, la imposición caprichosa de que hago lo que quiero porque poseo la mayoría… Así no se educa y somos incapaces de pensar en libertad. Es terrible pensar que estemos en manos de individuos y políticos, que sólo obedecen a los intereses de las fuerzas económicas de los mercados y no a los imperativos de la educación… Hay que mantener unos ciertos ideales de inteligencia y generosidad; una cierta esperanza en la educación. Lo demás, por mucho poder que tengan, es basura; lo que pasa es que, como es corrupción, apesta”

Frente a una EUROPA decadente, educación