La cuestión clave y primera es derogar la 'ley Wert'.

“Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana;
y no estoy seguro sobre el universo”.

Albert Einstein:


Una asignatura por muy necesaria que sea no va a encauzar el modelo educativo, ni solucionar una mínima parte de los problemas que sufre nuestro sistema educativo. La cuestión clave y primera es la derogación de la LOMCE

Puede parecer una torpe contradicción y una anomalía lógica que quien, como yo, habiendo criticado el abandono que la LOMCE hizo del estudio de la filosofía, arrinconada por Wert, cuando el pasado miércoles, 17 de octubre, los grupos del PSOE, Podemos, Ciudadanos y Popular han aprobado una proposición no de ley en la comisión de Educación del Congreso de los Diputados que refuerza el regreso y la presencia de la asignatura de Filosofía en el sistema educativo, escriba como título de este artículo “La filosofía puede esperar”. 

La intención de los partidos es que la filosofía y la Historia de la filosofía se impartan con carácter obligatorio en 1º y 2º de bachillerato y que el nuevo currículo de 4º de la ESO incorpore la asignatura de Ética como materia común y obligatoria. ¿A qué responde la lógica del cambio de opinión del PP sobre la incorporación de la filosofía? No hay que olvidar que fue este partido, siendo respectivamente, Wert y Gomendio, ministro y Secretaria de Estado de Educación, quien arrinconó la asignatura; reconociendo ahora las consecuencias de tan estúpido disparate educativo, como decía Einstein, el partido popular desde el pasado año ha ido mostrando su interés en recuperarla.

¿Por qué la filosofía puede esperar? Como explica el filósofo y maestro Emilio Lledó, la historia de la filosofía, si nos limitamos al mundo occidental al que pertenecemos, se inicia en el siglo VI a.C.; es una aventura que dura largo tiempo; no es un acercamiento al conocimiento novedoso como las nuevas tecnologías; es una historia de siglos que cuenta las etapas de un descubrimiento y el territorio descubierto se llama “filosofía”, una palabra noble, sencilla, humana. Sin embargo, por filosofía se ha entendido, a veces, un saber extraño, alejado de los problemas verdaderos de la vida. Nada más falso… Decía Kant que no se aprende filosofía; se aprende a filosofar. La historia de la filosofía sirve, sobre todo, para ayudarnos a pensar, para mejorar nuestras mentes y así pensar por nosotros mismos, como señaló la Ilustración; para impulsarnos a crear, para buscar sentido a la vida.

Una asignatura por muy necesaria que sea no va a encauzar el modelo educativo, ni solucionar una mínima parte de los problemas que sufre nuestro sistema educativo. Es la propia ley educativa en el marco de cuyo currículo se debe considerar importante la filosofía; la cuestión clave y primera es la derogación de la LOMCE. El auténtico debate sería entonces no sólo introducir la filosofía sino cómo debe situarse en ese nuevo modelo educativo.

Por mucho que le pese al señor Wert, en la búsqueda del conocimiento y la explicación racional y lógica de la realidad se han entregado millones de seres humanos, en todos los países y en todos los tiempos. El “Trivium” y el “Quadrivium” (vías o caminos) han sido el antecedente remoto del conjunto de objetivos, contenidos, metodología que durante siglos han orientado la actividad académica y la lógica de la humanidad para adquirir los aprendizajes generales y las destrezas intelectuales con los que enseñar a pensar, para desarrollar el criterio propio y preparar para el autoaprendizaje y adquirir las disciplinas científicas que proporcionan los elementos para conocer y dominar el mundo exterior. La adquisición de estos objetivos, aprendizajes, destrezas y disciplinas científicas siempre ha estado acompañada y conducida por “la filosofía”, por mucho que le pese al señor Wert y al partido político que la sepultó “en un Guadiana del conocimiento”; pero, como el “Guadiana”, va a emerger de nuevo por derecho propio en el sistema educativo.

Los partidos siguen estancados en un enfrentamiento ideológico que impide los acuerdos y pactos duraderos necesarios para conseguirlo

A cualquiera de los partidos políticos que preguntes sobre la educación te dirán que está entre las tareas prioritarias de sus agendas políticas; son conscientes del enorme potencial formativo, social, cultural y económico que encierra. El problema que una gran parte de la ciudadanía y el profesorado confiesa es la incapacidad manifiesta de los políticos para garantizar un sistema educativo que, siendo equitativo y de calidad, perdure en el tiempo, prepare a los alumnos para afrontar los desafíos profesionales y personales a los que se enfrentarán a lo largo de su vida, les capacite para poderse integrar y participar activamente en la sociedad y les haga competentes para saber aplicar los conocimientos y resolver exitosamente los problemas complejos que tendrán que afrontar. La causa es que los partidos siguen estancados en un enfrentamiento ideológico que impide los acuerdos y pactos duraderos necesarios para conseguirlo.

Una de las tareas de la educación es dar a todas las personas la oportunidad de adquirir conocimientos que terminen en un uso creativo para la sociedad. El problema es -según Zigmunt Bauman, pensador polaco muerto recientemente-, que la educación está presionada por la política y por los intereses corporativos. Y eso se refleja en la mente de los estudiantes, de ahí que criticase el hecho de que elijan un área de estudios con base en la posibilidad de conseguir o no un empleo. En una valoración utilitarista y pragmática de la sociedad actual, la LOMCE, en este banal interés por el conocimiento útil, marginó la filosofía tratándola como como si su conocimiento no tuviese una gran importancia histórica y no fuera esencial para la vida en sociedad; la LOMCE de Wert ha ignorado que a filosofía es la posibilidad del conocimiento global al entrar en diálogo con la realidad integral del ser humano, buscando las respuestas del “todo” desde esa búsqueda, el “arjé” inicial de los primeros filósofos, de los principios de las cosas. Es la búsqueda de la arqueología del pensamiento, la superación del conocimiento “mítico” para encontrar las respuestas razonables: el “logos”.

ES NECESARIO CAMBIAR EL MODELO DE LA LOMCE

Es de vital importancia, pues, situar de nuevo la enseñanza de la filosofía, a enseñar a pensar con pensamiento crítico, a situar a la filosofía en un lugar de honor y estima que siempre ha tenido en nuestra cultura, más aún, en la cultura universal. La filosofía educa en la libertad de pensamiento y acción que conduce a libertad de elección; aporta a los estudiantes una concepción del mundo y un conocimiento del mismo, ético, social y político; da a los jóvenes la confianza y la capacidad de trazar su propio camino en la vida para que no se dejen llevar por todas las consignas y engaños comerciales. La filosofía preservar la razón y el pensamiento contra toda ideología manipuladora. Por eso la filosofía “puede esperar”.

Lo que no puede esperar en esta reivindicación, en esta anomalía curricular, es la existencia de la propia LOMCE. El problema real no es la ausencia de la filosofía en el sistema educativo en estos desafortunados momentos, sino el frenazo a ese avance necesario de una educación equitativa y de calidad “para todos” que la aplicación de la LOMCE ha significado; es necesario cambiar el modelo. Es necesario un nuevo modelo educativo ampliamente pactado por todos los agentes educativos y no solo por los políticos, y, lo que ha sido peor, aprobada por la parte más conservadora de los políticos.

Respecto al pacto de todos por la educación, John Rawls, uno de los filósofos políticos más importantes del siglo XX, plantea una construcción teórica, sugerente y provocadora: “el velo de la ignorancia”. Es una tesis difícil de poner en práctica, pero muy ilustrativa, con objeto de superar el inconveniente de los desacuerdos permanentes de los partidos políticos por exceso de ideología, en especial, los acuerdos en educación; propone Rawls que, en la fase de diseño de los distintos proyectos y la aprobación de las leyes correspondientes, en este caso, en educación, los políticos deberían ignorar el papel que ocupan en la sociedad, el partido al que pertenecen y su situación de partida. Así, desde esta hipotética posición se podrían diseñar y aprobar leyes educativas (o de otro ámbito) realmente equitativas, justas, realistas y duraderas. Desde esta hipótesis, los políticos intentarían promover y apoyar leyes favorables para la mayoría de la sociedad (dado que no se sabría a qué partido pertenecen) y no por interés ideológico ni política partidista. A juicio de Rawls, el “velo de la ignorancia” asegura que cada político tendrá en cuenta la posible situación de los otros y, por tanto, se verá obligado a considerar todas las posibles situaciones como potencialmente propias y su elección entonces sí sería solidaria, realista, equitativa, justa y duradera. Sostenía Bauman que “cuando el mundo se encuentra en constante cambio, la educación debería ser lo bastante rápida para sumarse a estos cambios. No podemos desentendernos de la realidad…, el problema es cómo utilizarla”.

De ahí que se imponga un nuevo modelo con rentabilidad social, que favorezca la superación de las desigualdades que sufrimos como sociedad y que forme a los estudiantes para una ciudadanía crítica, reflexiva, que no se deje manipular ni caiga en las emociones primarias que están alimentando las derechas de toda Europa. Un modelo educativo que pueda resignificar el papel del conocimiento contra la acumulación de información irrelevante, que promueva la corresponsabilidad de los centros y las familias, con una legislación que garantice auténticamente el derecho a la educación. De todo esto y muchas otras cuestiones de fondo deberían estar debatiendo los grupos políticos, pero, sobre todo, dando voz y empoderando a los actores sociales, profesores y padres, para que definitivamente, con vocación de permanencia y futuro, seamos capaces de cambiar el modelo educativo restrictivo de la LOMCE, con las inversiones adecuadas y suficientes, con unas políticas públicas de carácter social, sin voluntarismos ni apelaciones vacías o demagógicas.

Sin embargo, no bastan los cambios en las leyes de educación para que una sociedad se transforme en una comunidad educativa; es necesario un cambio social no solo en las escuelas, en los centros, sino también en el mercado de trabajo, en las familias, en los medios de comunicación; en definitiva, en el conjunto de la sociedad. En este cambio hay que contar, como hemos señalado, con los actores principales de la educación: padres y profesores. La ley puede ser el marco, pero las vivencias y experiencias razonadas de los agentes de la educación son el cuadro. Se impone saber defender el derecho integral a una educación equitativa, justa, social y de calidad, que incluya a todo y a todos. Entonces sí, cuando este nuevo modelo educativo, pactado, con vocación de permanencia y futuro que sustituya las deficiencias de la LOMCE, habrá que situar en ese nuevo proyecto de ley el puesto que le corresponde a la filosofía.

¿QUÉ PUEDE APORTAR LA FILOSOFÍA A LA EDUCACIÓN?

Y ¿qué puede aportar la filosofía a la educación? Con ambición profesional se felicitaba Emilio Lledó al conocer la noticia de su recuperación por el Parlamento: “¡Qué alegría, no me lo puedo creer! ¡Con lo que he luchado yo por este cambio! ¡Ojalá sea ya realidad! Lo que ha pasado estos años ha sido un estúpido disparate”. “La filosofía -precisa- no es eso de andar por las nubes, no, no, la filosofía es una conciencia crítica en el seno de la historia. Es lo que ha sido siempre. Porque los grandes filósofos no eran unos señores que estaban especulando por el aire, eran gente que miraba la vida, que miraba la sociedad, la naturaleza, el comportamiento de los seres humanos. Y luego crearon la sociedad comunicativa, pensaron que había que reflexionar sobre lo que pasaba, sobre el bien, la justicia, la verdad; por eso es necesario que la filosofía se convierta para los alumnos y los jóvenes en una mirada y una reflexión crítica sobre el mundo o la palabra”.

Decía Gadamer, el teórico de la hermenéutica influido por Platón: “Si el pasado es una historia interpretada, el presente es una historia pendiente de interpretación. La filosofía ayuda a conseguirlo haciendo posible un diálogo de asombro y admiración por la naturaleza, y quien pregunta a la naturaleza, alberga la esperanza de que le sorprenderá”.

Hacia 1486, Giovanni Pico della Mirandola, en su “De hominis dignitate” (Sobre la dignidad del hombre), hace que Dios le diga a Adán, en el acto de su creación, que no lo ha hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, a fin de que el hombre, empleando su arbitrio y libertad, sea su propio artífice, modelándose en la forma que él prefiera, con lo cual, a su exclusivo juicio, podrá degenerar hasta ubicarse entre los seres inferiores o, por el contrario, elevarse hacia los seres superiores. En esas breves palabras se encuentra resumido el ideal humanista de la filosofía, que persigue el desarrollo autónomo de la vida individual como una superación constante de sí mismo.

Somos conscientes de que vivimos en un tiempo que afecta de forma desigual a todos los países, caracterizado, como dice Bauman, por la “volatilidad”, “incertidumbre” y la “inseguridad”. Vivimos en un mundo en continuo movimiento, dinámico, cambiante, líquido. En cambio, nuestro sistema educativo se empeña en mantenerse estático, quieto, sólido; de ahí que también la educación sea víctima de la modernidad líquida en la que el pensamiento está siendo influenciado por la tecnología. Bauman no es un pensador apocalíptico y no teme que la tecnología llegue a dominarnos en el futuro, aunque nos advierta contra esta posibilidad, porque independientemente de lo que se anuncie, considera que el ser humano reafirmará individualmente su libertad, su voluntad y su dignidad. Este nuevo escenario tecnológico desafía y transforma la posición secular de la educación y de los docentes. Para Bauman no hay vuelta atrás a la situación en la que el profesor era el único conocedor, la única fuente, la única guía del conocimiento. No hay forma de concebir la sociedad del futuro sin tecnología. Entonces, si no puedes vencerla, exhortaba, únete a ella.

El historiador escocés Niall Ferguson, en su comentada obra La plaza y la torre, sostiene con convicción que “el estudio de la historia no es un estudio de anticuario, sirve para comprender el presente y tratar de anticipar o vislumbrar el futuro”. Idéntica convicción podríamos afirmar de la filosofía. La Filosofía no es solo una asignatura más a incorporar en el currículum con las restantes y variadas asignaturas (troncales u optativas) del sistema educativo; representa un punto de partida para que todos los alumnos en sus etapas educativas aprendan a reflexionar, a estructurar y organizar su mente, a buscar las respuestas universales que simplemente por vivir nos presenta la vida personal y social; es una oportunidad única, avalada por la historia de siglos, que la reflexión que tantos miles de pensadores “amantes del saber y del conocimiento” (llamémosles filósofos, científicos, investigadores…) nos han transmitido sus ideas a lo largo de la historia, ayudándonos y sirviéndonos para enriquecer con sus plurales respuestas los problemas que en la actualidad en la que vivimos vamos encontrando; es una permanente oportunidad de búsqueda, siempre comenzada y nunca acabada, pero que intenta responder al “aquí y ahora”, al “ya, pero todavía no” de aquellas respuestas nunca definitivamente cerradas.

El título del libro de Ferguson, -la tensión permanente entre la plaza y la torre-, nos sirve para sacar una inteligente y filosófica conclusión. Según el autor, el título del libro le vino inspirado por su paso por la ciudad italiana de Siena, cuya plaza constituye una imagen perfecta de la dicotomía entre poder e influencia. La plaza es la influencia, es dónde se reúne la gente, comercia, se relaciona. Sobre ella, la torre proyecta una sombra que representa a la jerarquía política, el poder: mientras las jerarquías del poder formal, que controlan la economía y el conocimiento, pueden -muchas veces lo hacen- manipular la información desde las altas torres para “gobernar y controlar”, el poder informal -el de la ciudadanía reflexiva y su capacidad de difundir sus ideas- se organiza en las plazas en las que surgen redes de transmisión de información, que tienden a innovar y a mejorar la vida de los ciudadanos.

El excesivo optimismo en torno a internet y las redes sociales, a esa banalización del conocimiento, a esa confianza ciega en los políticos y en las instituciones, esa panacea que iba a democratizar el mundo y mejorar nuestras vidas, está resultando fallida

La historia de la filosofía tiende a centrarse más en la jerarquía y autoridad de los filósofos que en cómo observaron el mundo, cómo se cuestionaron la historia y como respondieron a las preguntas que se hacían de la realidad, porque a través de las instituciones de conocimiento y poder fueron las que nos legaron registros y archivos con los que hemos podido conocer y estudiarlos con mayor facilidad. Sin embargo, estos registros y archivos no son, fundamental y primeramente, contenidos a memorizar, sino una oportunidad, una pequeña revolución en la que apoyarnos desde la que nosotros o nuestros alumnos se replanteen los aspectos de la vida y den su propia visión crítica de la historia y de la realidad en la que viven y analicen, critiquen, entiendan e interpreten mucho mejor la masiva difusión de ideas e información que les inunda. La gran diferencia es que la velocidad con la que en momentos históricos pasados recibían aquellos pensadores, filósofos o científicos -y menos el pueblo- la información y el conocimiento, todo ahora se produce mucho más rápido. Una idea, información o acontecimiento que entonces llevaba años o siglos en recibirse y conocerse, ahora se produce en apenas unas horas. Si la imprenta facilitó el acceso al conocimiento, hoy las redes sociales y las nuevas tecnologías nos lo sirven en bandeja al momento. Pero la pregunta es: ¿es todo válido?, ¿cuál es el tamiz o criterio para separar la verdad de la postverdad, el error o la mentira? Bien sabemos, en cambio, que esas potentes redes sociales, que enganchan hoy a la mayor parte de los ciudadanos del mundo, han creado sistemas jerárquicos y casi monopólicos que controlan la información y el conocimiento. El excesivo optimismo en torno a internet y las redes sociales, a esa banalización del conocimiento, a esa confianza ciega en los políticos y en las instituciones, esa panacea que iba a democratizar el mundo y mejorar nuestras vidas, está resultando fallida. De ahí que la formación y reflexión filosóficas sean un antídoto contra la manipulación y un contrapoder y un instrumento crítico adecuado de criba, verificación y selección. Decía el escritor americano Mo Willems que “si alguna vez te encuentras en la historia equivocada, apártate, vete y busca otro camino”.

Desde esta perspectiva, la mirada sobre la filosofía no debe hacerse con los mismos prismas de la LOMCE, que la visualizó como un mero agregado de conocimientos prescindibles ni tampoco como un conocimiento, sin raíces en el pasado de tantos filósofos y pensadores como nos han aportado sus reflexiones; la filosofía hoy debe representarse como un sistema de relaciones e interacciones que produce cambios en el individuo y que, a su vez, modifica el todo valiéndose de las reflexiones de los otros.

Incorporando a este acervo filosófico histórico que nos ha sido legado, nuevas conquistas, nuevos principios, nuevos caminos y aquellas medidas que encaminen las vidas de los individuos, las sociedades, los poderes políticos y las relaciones de este nuevo mundo tecnológico, la filosofía que estudien nuestros jóvenes los conducirá a ser más solidarios, más equitativos, más justos, más éticos; en una palabra, más “humanamente humanos”. Les ayudará a reconocer que no son sólo personas con problemas sino un potencial inexplotado de posibilidades. Ésta y no otra, es la finalidad de la filosofía; no una asignatura más en los diversos sistemas educativos, sino la más importante para poder vivir entre todos los que compartimos el mundo con dignidad.