martes 19.11.2019

“Creerás lo increíble”

Como en Mátrix tengo la sensación de que tendremos que creer lo increíble; con estos políticos poco podemos esperar.

“El afán de poder, como la vanidad, es un elemento importante de la condición humana, y hay que aceptarlo como tal; solo se convierte en deplorable cuando es excesivo o va unido a un sentido de la realidad insuficiente. Cuando esto ocurre, el hombre se vuelve desdichado o estúpido, o ambas cosas”.

(Bertrand Russell)


La felicidad es el significado y el propósito de la vida, el fin de la existencia humana. Lo dijo, no un escritor actual para alcanzar el triunfo fácil y la vida exitosa, sino Aristóteles hace 24 siglos. Bertrand Russell, filósofo y crítico exigente de la sociedad contemporánea, inicia así su obra “La conquista de la felicidad”: “Los animales son felices mientras tengan salud y suficiente comida. Los seres humanos, piensa uno, deberían serlo, pero en el mundo moderno no lo son... Si es usted feliz, pregúntese cuántos de sus amigos lo son”. Poéticamente lo afirmaba en sus versos Walt Whitman: “Creo que podría transformarme y vivir con los animales. ¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos!... Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas. Ninguno se arrodilla ante otro”. Hoy se hacen encuestas y estadísticas para todo, pero no existen estadísticas fiables sobre la felicidad o la desdicha. Extremando este aserto, Tolstói dejó escrito que “las arcadias, los siglos felices no pertenecen a la historia”; y, sin miedo al error y conociendo su vida y obras, podemos asegurar que los grandes pensadores de los últimos cien años no han destacado precisamente por su visión optimista de la vida. Simplificando el pensamiento de su obra, para ser razonablemente feliz -decía Russell-, hay que pensar de modo crítico, adecuado y sensato, no dejar de reflexionar, y si es posible, actuar correcta, generosa y desinteresadamente. Viendo el “mercado” y los intereses en el que se mueven nuestros políticos, no me hago demasiadas ilusiones de que puedan ser felices, aunque digan lo contrario.

Pocas cuestiones filosóficas y científicas son más antiguas y más controvertidas que ésta que, a través de los tiempos, se ha ido haciendo el hombre: si la vida diaria que percibimos con nuestros sentidos es o no es la realidad. Matrix, una de las proyecciones contemporáneas que más atracción ha ejercido sobre el público en general y película de culto para muchos jóvenes, se publicita como subtítulo: “Creerás lo increíble”. ¿Razón?: intenta responder a la pregunta de inicio: si lo que percibimos es o no real. Según la película, la acción se lleva a cabo entre dos mundos, el real y el virtual, en un entramado psiconeural llamado Matrix; todo lo que hasta ese momento creíamos que era verdad, al final es una falsa realidad fruto de una suerte psiconeural controlada por un mundo de máquinas o robots pensantes. Estos dos planos, real y virtual, son los que amueblan el escenario de los protagonistas y su correspondiente acción. En el fondo, el filme reproduce, por una parte, el mito platónico de la caverna y, por otro, la hipótesis cartesiana de nuestra capacidad para discernir entre los sueños y la vigilia. La inquietante pregunta es realmente un “oxímoron”: ¿podemos creer lo increíble?; es decir, ¿se corresponde la realidad con la representación mental que el hombre tiene?; ¿el mundo físico es un producto de la mente humana?; ¿es fiable y válida la información que los sentidos captan o nos engañan?; ¿cómo llegamos a tener conciencia de que existe “el mundo”, es decir, un espacio poblado de objetos y sujetos?

Algo semejante está sucediendo en nuestra actual realidad política y social: estamos inmersos es una especia de miopía intelectual, social y política; sus consecuencias pueden ser graves al confundir “lo que conozco” con “lo que existe”, “lo que sé” con “lo que se sabe”. Tal vez no sea un tópico sino una realidad sostener que en la política actual nuestros políticos viven de eslóganes y argumentarios y no alimentados por la reflexión sensata y trabajada; dotados de cierta pereza intelectual, su “torpe miopía” les impide investigar y conocer la realidad en la que viven; su falta de interés por conocer la historia, retroalimentada por su rápida ansia de alcanzar poder, les hace difícil salir de ese círculo de ignorancia; ignorar la realidad y sus problemas no significa haberlos solucionado. Existe siempre, en el plano del conocimiento y la información, un “algo más”, un “más allá” de lo que saben y conocen. Para los ciudadanos, pero sobre todo para los políticos y los medios de comunicación (periodistas, comentaristas, tertulianos y todólogos) la realidad se extiende más allá del propio ámbito de sus percepciones; desde la honesta verdad no se pueden permitir que con dogmatismo hablen de todo como si todo lo supiesen; se constata que, en su deseo de rendimientos rápidos y fáciles, están demostrando su incapacidad para alcanzar y ofrecer aquella información veraz y objetiva que la sociedad necesita para votar con verdad, conocimiento y libremente; la incertidumbre en la que nos sumergen hace que los que vamos a votar no sepamos dónde acabará nuestro voto finalmente.

Nuestros políticos se creen lúcidos con su brillante palabrería resumida en cuatro frases obvias y repetidas o con la indigencia mental de dos tuits vacíos mil veces retuiteados

Se creen lúcidos con su brillante palabrería resumida en cuatro frases obvias y repetidas o con la indigencia mental de dos tuits vacíos mil veces retuiteados, pero carentes de ese necesario conocimiento fruto de un serio análisis y meditada reflexión. Perciben e interpretan el mundo no como es, sino como les resulta útil percibirlo. El político cuya gestión nunca alcanza el éxito, si carece de talento, si encima está hinchado de vanidad, si los que le rodean le atribuyen una mediocridad contrastada, debería considerar con calma la hipótesis de que tal vez la naturaleza no le ha dotado de cualidades para la buena política. Creen tener más méritos de los que los demás les reconocemos, y no solemos equivocarnos. En el político serio, en cambio, el deseo de aplauso es secundario y no se inquieta, aunque no lo obtenga. Decía Descartes en su obra Principios de filosofía que “quien busca la verdad debe dudar, en lo posible, una vez en su vida de todas las cosas”. En sus afirmaciones rotundas nuestros políticos, con sus aprendidas frases de argumentario y “cerrado dogmatismo” creen saber mucho, pero dudan poco. Abundan los que se inventan el relato haciéndolo coincidir con sus intereses; caen en el error de confundir sus sueños con la realidad. A la vista de cómo se expresan, no resulta fácil confiar en su autoridad moral e intelectual, en su objetividad informativa y en sus ligeras y poco fundadas opiniones. Recordaba Demóstenes que “no hay nada más fácil que el autoengaño, ya que lo que el hombre más desea es lo primero que cree”. Las satisfacciones basadas en el autoengaño nunca son sólidas, y, por muy desagradable que sea la verdad, es mejor afrontarla de una vez por todas, acostumbrarse a ella y dedicarse a construir la vida de acuerdo con ella. Si la riqueza principal de cualquier país es la inteligencia, las capacidades, la educación, la formación y el conocimiento de sus ciudadanos, no es de extrañar que una gran parte del país se considere pobre.

No pocos ciudadanos desubicados y perplejos ante la realidad actual afinan su intuición cuando afirman que la política actual se debate entre “lo que más importa a los políticos o lo que es más necesario para los ciudadanos”. La cuestión reside en llegar a conocer, o al menos intuir, si al ir a votar estamos eligiendo entre una cosa u otra. Es la clave a despejar entre la indecisión dubitativa o la decisión responsable que genere confianza: a quién y para qué votar; qué partido y qué programa. En el último artículo de Adela Cortina en el diario El País titulado ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?, ante los datos poco alentadores que proporciona la calidad democrática, sostenía que “la democracia puede morir, y no por golpes de Estado, sino por depauperación y degradación silenciosas…” La democracia ha perdido su atractivo…; aumenta la desafección hacia la política al menos por dos razones: porque no satisface las expectativas legítimas de la ciudadanía y porque los partidos políticos no merecen confianza. “El problema es de credibilidad de la política existente, no de legitimidad del sistema”.
microfono

Gómez de la Serna escribía en una de sus Greguerías: “Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España”. Algo parecido se puede decir hoy de Cataluña; la crisis del procés y la sentencia del Supremo, están moviendo y condicionando toda la sociedad española. Se está produciendo una situación radical de bloqueo político e institucional sostenida en el tiempo. El escritor e historiador Josep Contreras, en su libro “Azaña y Cataluña, historia de un desencuentro”, analiza las relaciones entre el político castellano y Cataluña. Si en un principio Azaña fue considerado “el amigo de Cataluña”, el desencuentro fue el resultado de su última etapa; la animadversión acabó por concluir estas relaciones después de unos comienzos donde la cortesía y la colaboración habían sido correctas. Durante la guerra civil proclamó su desencanto por la política y los políticos catalanes hasta advertir a Companys de que la autonomía no podía usarse como un instrumento para imponer la hegemonía de Cataluña sobre el resto de España. Acusó a la Generalitat de aprovechar el caos de la guerra para ampliar sus competencias por la vía de hecho: “La Generalidad -escribió- asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho, con insolencia de separatistas y deslealtad”. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo se llegó a esta situación?: lo previsible: como en estos momentos, el choque de dos nacionalismos, el español y el catalán.

Desde hace tiempo la corrección política y la defensa ideológica de las identidades diversas están acabando con la identidad creativa y democrática

Desde hace tiempo la corrección política y la defensa ideológica de las identidades diversas (género, etnia, clase social y religión) están acabando con la identidad creativa y democrática. Estamos contemplando cómo el fantasma de la frivolidad, el relato tramposo, la mentira intencionada, la ligereza, la violencia progresiva, la inconsistencia ideológica… recorren Cataluña como expresión de deseos, aspiraciones, sueños, señuelos y utopías distópicas. La banalidad en sus líderes y en muchos ciudadanos catalanes es “un contravalor, un ideal, una ilusión o señuelo, un imperativo que envenena a gran parte del colectivo independentista, especialmente, entre la manipulable juventud que ignora su propia historia. Se les debería recordar aquellos versos de Machado sobre Castilla: “Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora”. Mucho se habla de la violencia física, pero ésta sería casi inexistente si no estuviese encendida previamente por la violencia de la palabra, la violencia discursiva. Con el reclamo y relato de que somos “pacíficos en nuestras manifestaciones”, el conflicto va en aumento y cada vez es más patente cómo se va destruyendo la convivencia.

Ejemplo claro de esta violencia discursiva han sido las irresponsables declaraciones de la presidenta de la ANC a TV3, Elisenda Paluzie, al señalar que los altercados y disturbios entre manifestantes y policía hacen visible el conflicto catalán, de manera que son estos incidentes los que hacen que estemos en la prensa internacional de manera continuada y hacen visible el conflicto. El gobierno de la Generalitat y los diversos líderes independentistas se están mostrando maestros de la mentira en diferentes escenografías, algunas hasta violentas, pero no han sido capaces de articular una solución política para el problema que ellos mismos han creado y que ahora se les está yendo de las manos, mientras, con enorme cinismo como la señora Paluzie y el cobarde huido Carles Puigdemont, tratan de transferir la responsabilidad de esta situación al Gobierno y al Estado español. Estamos contemplado atónitos, “creyendo lo que creíamos que era increíble”, a muchos jóvenes y críos radicales, enteramente entregados a crear violencia, caos y deterioro indiscriminado en el mobiliario urbano, seducidos por el principio idílico de un protagonismo revolucionario, incendiando calles, cortando avenidas, impidiendo la libertad y el derecho al conocimiento y docencia universitaria mientras apelan sarcásticamente a su libertad… Los disturbios nocturnos permanentes infligidos a la sociedad catalana, con la anuencia de sus instituciones (Generalitat, Parlament, ayuntamientos, universidades…) están mostrando el fracaso de una política, un proyecto y una ilusión colectiva que están provocando el empobrecimiento moral y material de una comunidad como Cataluña, antes próspera y hoy abocada a un futuro sin salida. Se está cumpliendo en Cataluña lo que escribe Bárbara Tuchman, la historiadora estadounidense en su obra “La marcha de la locura”, un ejemplo notorio de mal gobierno: gestionando políticas contraproducentes y contrarias a los propios intereses de los catalanes. Es posible que ante las críticas que se hacen a los responsables del procès y del independentismo catalán, ellos aleguen ese mantra victimista de que “no les entendemos”; pero no somo pocos los que pensamos que muchos de estos líderes, Puigdemont y su fiel servidor Torra son un ejemplo, sin sentido objetivo de la realidad, se sienten ungidos por un destino histórico, señalados por una instancia excelsa, para recoger el poder y defender los designios de su pueblo, sacrificándose en aras de la independencia.

Sería esclarecedor que estos líderes independentistas leyeran el libro de James Matthews, joven investigador británico, titulado “Soldados a la fuerza. Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil”. Trata sobre el reclutamiento forzoso de soldados en cada uno de los dos bandos una vez que se percibió que solamente con voluntarios no se iba a ganar un conflicto que partió España en dos zonas. Hace referencia a aquellos españoles que no se decantaron por uno de los dos bandos y que sin embargo se vieron forzados a participar en la guerra. Es lo que está sucediendo en Cataluña con esta locura de dividir el país: forzar a participar y a decantarse por una independencia que más de la mitad de los catalanes no quiere.

“De ilusión también se vive” es un filme amable. Hay motivos importantes que avalan su calidad: Óscar al mejor guion, a la mejor historia original y al mejor actor. La trama no es nueva: un hombre asegura ser Santa Claus y nadie le cree; nos recuerda que muchas veces es la fe y no la pura razón la clave para entender y comprender; ridiculiza el dinero, la ambición y el pragmatismo, mostrando algo mucho mejor, algo que deslumbra y convierte en insignificante lo demás: la fe en las personas. La cinta y la historia están cargadas de ilusión. Sabemos que en la percepción hay sensaciones e imágenes añadidas por el sujeto. Pero puede ocurrir que las sensaciones recibidas se interpreten mal y que se agreguen imágenes que no se correspondan con el objeto. Entonces se produce la ilusión; consiste en interpretar mal los datos de los sentidos, se piensa -se sueña- en un futuro idílico en el que se hacen realidad los mejores deseos. Inmersos en esta ilusión idílica, de una Arcadia catalana, están creyendo muchos ciudadanos catalanes; “creen lo increíble”; sueñan lo irrealizable.

Ante la esterilidad de tanto debate improductivo y de las invenciones y relatos de tanto intelectual comprometido políticamente, pero nada objetivo, se impone una sensata reflexión

Ante la esterilidad de tanto debate improductivo y de las invenciones y relatos de tanto intelectual comprometido políticamente, pero nada objetivo, se impone una sensata reflexión. La opinión política no es una tarea fácil; no se trata de acumular palabras ni frases sino de ofrecer un análisis de las ideas conforme a lo que sucede, por las que se conduce la sociedad en determinados momentos concretos y encaminadas a articular propuestas con el fin de mover a la acción futura de grupos que pueden tomar la forma de partidos políticos o de simples movimientos de opinión. Nuestras reflexiones deben situarse no en ideas y discusiones abstractas sino en el plano donde discurre la vida, elogiando la política discreta y sensata y criticando al simplista y al mediocre. Es lo que pretendió José Ingenieros, hombre de ciencia, filósofo moralista y escritor argentino con su ensayo “El hombre mediocre” publicado en el año 1913; una magistral admonición a los individuos sin ideales y enemigos de ver la realidad tal como es, hombres mediocres que desconocen su historia, su sociedad y su cultura. En “El hombre mediocre”, Ingenieros se propuso una noble tarea: estigmatizar las funestas lacras morales llamadas rutina, hipocresía y servilismo, deseando ser útil a los jóvenes que pueden formarse ideales y enaltecer así su vida. Sostiene que “el que predica la verdad y la transgrede con la mentira, el que predica la justicia y no es justo…, el que predica la lealtad y traiciona…, el que predica la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas, humillaciones, esos mil instrumentos con la visión de un ideal, ese no es un genio…; su voz se apaga sin eco, no suena en el tiempo, como si resonara en el vacío”.

Hace apenas una semana que fallecía Santos Juliá, nuestro intelectual historiador; para él, la labor de un intelectual no es una tarea fácil; cuando se trata de ofrecer un análisis de las ideas conforme a las que se conduce la sociedad en determinados momentos, ello exige mucha lectura y buena dosis de reflexión bien contextualizada. Al presentar en 2004 su libro “Historia de la dos Españas”, dijo de sí: “Soy historiador y conozco algo del pasado, un poco del presente y nada del futuro. No sé lo que depararán los nacionalismos. Pero si la experiencia histórica sirviera de algo, lo único que se me ocurre decir es que el futuro de los nacionalismos excluyentes es la muerte y la destrucción”. Con otras palabras, pero con parecida inteligencia, lo sostenía George Orwell al afirmar que “el nacionalismo es hambre de poder templado por un autoengaño colectivo”. Cuando una sociedad queda fragmentada en agrupaciones inarticuladas entre sí, como le sucedió a España a comienzos del XVII, la razón analítica es sencillamente inútil porque ésta explica regularidades, pero no las excepciones o las situaciones singulares. Existe hoy un espectacular y problemático desajuste en nuestra sociedad en cuyo interior se han desarrollado fuerzas que la impulsan a cambiar y pugnan con otras más poderosas cuyo objetivo es la conservación y el inmovilismo.

Cuando se apuesta por grandes cambios, las teorías que los justifican son siempre un camuflaje de la pasión y ansia de poder o por la envidia a que otros lo consigan. Difícilmente un político elogia a otro político en cualquier momento y menos, en tiempo de elecciones. Y la política española en estos momentos, aunque intenten disimularlo o negarlo, está herida de envidia. Decía Carmen Alborch, la exministra socialista de cultura, que la sonrisa es la distancia más corta entre dos personas; demasiados políticos y ciudadanos españoles y catalanes están a kilómetros de distancia unos de otros.

Pasadas las elecciones, si nuestros políticos imponen sus intereses y los intereses de partido por encima de los intereses de la ciudadanía, si el fanatismo sigue triunfando, la democracia nunca estará asegurada

Con demasiada frecuencia, ante lo que nos produce asombro, solemos decir: “apenas puedo creerlo”; de ahí que cuando falla la lógica, lo comprensible se hace incomprensible; cuando falla la voluntad, lo posible se hace imposible, cuando la realidad se pone patas arriba es posible llegar a creer lo que nos parecía increíble. Pasadas las elecciones, si nuestros políticos imponen sus intereses y los intereses de partido por encima de los intereses de la ciudadanía, si el fanatismo sigue triunfando, la democracia nunca estará asegurada. Nadie ha dicho que sea fácil vivir en libertad y en democrática convivencia; puede pasar que tengamos que constatar que es posible que suceda lo imposible y tengamos que creer lo que nos parecía increíble.

Se ha iniciado esta corta campaña electoral. Vi el debate el viernes en televisión española con los distintos portavoces parlamentarios de los partidos; tuve la impresión de que no dan la talla; sin atisbo de autocrítica y arrepentimiento alguno por el desastre del resultado de las anteriores elecciones; todos cargaron contra la gestión del Gobierno de Pedro Sánchez y dejaron claro que no hay variaciones sobre las posiciones que mantienen sobre Cataluña, el principal problema territorial del país; no se permitían cesiones ni siquiera dejar abiertas algunas rendijas para “un auténtico diálogo sin líneas rojas”. Creo que no conocen lo que dice el libro de los Proverbios (26:4-5): “Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad, para que no seas tú también como él; responde al necio como merece su necedad, para que no se tenga por sabio”. Las diferencias que esgrimían han sido casi irreconciliables sobre cómo abordar el desafío independentista en Cataluña, el bloqueo político en España o los pactos poselectorales; sólo reproches sin señalar soluciones a partir del 11 de noviembre. Como en Mátrix, tengo la sensación de que tendremos que creer lo increíble; con estos políticos poco podemos esperar. Los niños en estos días de Halloween para pedir caramelos dicen: “Truco o trato”. Si después de estas elecciones nuestros políticos no llegan a pactos, a desbloquear con “tratos y acuerdos”, entenderemos que para ellos la política es un juego de “trucos”, y para eso, los ciudadanos no queremos ni jugar ni votar.

“Creerás lo increíble”