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miércoles. 08.02.2023

Cínica Cospedal

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Resulta curioso, incluso indignante, que la mayoría de los informativos del 16 de enero y los medios de comunicación de este martes, afirmen, como un “valor de responsabilidad política”, que Cospedal, la ministra de Defensa y secretaria general del Partido Popular, haya formalizado en el Congreso, con el fin de cerrar el caso con la “reparación moral de las víctimas”, su compromiso de asumir el contenido del informe del Consejo de Estado que determina la responsabilidad del departamento que dirigía Federico Trillo por el accidente del Yak-42, ocurrido el 26 de mayo de 2003, en el que murieron 62 militares; subrayando, además, que ha hecho lo que hasta ahora no había hecho nadie del PP, ni el gobierno chapucero y mentiroso de entonces, presidido por Aznar, cuyo vicepresidente era Mariano Rajoy, ni el impresentable Federico Trillo, ni ministro alguno de Defensa de este partido: admitir esa responsabilidad y pedir perdón. Pero lo indignante no es que haya pedido perdón, sino que lo ha pedido con un cinismo irresponsable y fácil al decir que “entre mis muchos defectos, no poseo el de la soberbia y no tengo ningún problema en pedir perdón en nombre del Estado por no haberlo reconocido antes”; y así hasta cinco veces.

En esta información se olvidan o se les escapa a los medios de comunicación que el perdón no lo pedía en nombre de los responsables -con nombre y apellidos- del gobierno ni del partido que entonces gobernaba, lo pedía “en nombre del Estado” al que culpa de ser el responsable objetivo del accidente. Es ese importante matiz lo que me produce profunda indignación, y estoy seguro que también a la mayoría de los familiares de las víctimas; porque, como Hacienda, el Estado español “somos todos los españoles”; y yo, como integrante del Estado, ni debo ni puedo pedir perdón, porque no tengo ninguna responsabilidad en ese trágico accidente; es más, me siento, juntamente con los familiares de las víctimas, víctima “colateral” de la irresponsabilidad culpable de ese gobierno. La cruda y sincera realidad y la única verdad aceptable es que, si asume el contenido del informe del Consejo de Estado, que determina la responsabilidad del departamento que dirigía Federico Trillo, el perdón lo debe de pedir, o mejor, exigir que lo pida, en primer lugar, el ex ministro de Defensa Federico Trillo -del que, por cierto, ni siquiera hizo mención la señora Cospedal en su intervención- y después, el ex presidente José María Aznar y el gobierno de entonces, pues bueno es recordarles el comportamiento que tuvieron al gestionar aquella tragedia. Es bueno traer también a la memoria de los líderes populares, una vez más, que el entonces ministro de defensa, no sólo no dimitió, sino que ocupó el puesto de responsable de justicia del PP durante años y, con posterioridad, premiado indecentemente nada menos que con una de las más importantes embajadas, no siendo diplomático y no conociendo, para más “inri”, la lengua inglesa.

No soy político de partido ni he militado jamás en partido alguno, pero soy un ciudadano preocupado e interesado en la política. Y en este momento de alarma social, en el que gracias al informe del Consejo de Estado hemos recobrado la memoria sobre el accidente del Yak-42, y somos conocedores del daño que el informe podía causar a los intereses del Partido Popular, no resulta difícil hacer el papel de plañidera compungida, acercarse a los familiares de las víctimas y, en una comparecencia estudiada, pedir por conveniencia un perdón colectivo escudándose es ese “totum impersonal del Estado”. Me resulta políticamente poco sincero. Afirmaba la señora ministra Dolores de Cospedal, con un manido y utilizado eufemismo de que “tengo muchos defectos, pero no el de la soberbia”. Sostenía Mircea Eliade que “los mitos y cuentos constituyen modelos de comportamiento humano que muchos utilizan para dar sentido y validez a su falsa vida”. Es tópico y típico un personaje de los cuentos de nuestra infancia: el de la Blancanieves”. Para reconocerse cómo es uno, es bueno acudir al espejo “de los demás”, a cómo nos ven o cómo nos identifican en su opinión los “otros”; de ahí que, si admite tener defectos y muchos, no le molestará que algunos ciudadanos veamos en ella, al menos uno: el cinismo. No es una persona trasparente; y, por su trayectoria, con cierta querencia al desenfoque de la realidad: menos creíble que el mito de los Reyes Magos. Resulta difícil esconder un elefante detrás de un junco. Ella debe saber, de convicciones religiosas y acostumbrada a la peineta y la mantilla que, según la moral católica, las culpas y las responsabilidades, también en política, son personales; y que la petición de perdón, en confesión, sólo se admite y perdona, cuando es personal, no cuando se atribuye “al mundo mundial” o al “Estado en general”.

Después de su comparecencia en la sesión del lunes 16, considero necesario apoyar a todos los grupos parlamentarios que así lo expresaron en su respuesta a la intervención de la ministra Cospedal, que la petición de perdón no estará completa hasta que no la haga Rajoy ante el pleno del Congreso, pero no en nombre del Estado, sino en nombre del Gobierno, de todos los miembros que lo componían entonces y del Partido Popular, y exigiendo que se depuren responsabilidades políticas, ampliando la investigación y abriendo una comisión que aclare “todo lo ocurrido”, antes, durante y después de ese accidente. No puede, como intenta la señora Cospedal, dar por cerrado un caso, del que, como afirmaba, “ya ha sido visto ante tres tribunales diferentes”. Aunque hayan trascurrido 14 años, existen documentos y contratos de vuelos que deben encontrarse y exigir que no se pase página sin castigar a los responsables, sean quienes sean, con nombres y apellidos sin escudarse en un colectivo anónimo como es “el Estado”. Es lo mínimo que se puede exigir si se quiere reparar justa y moralmente a las víctimas.

Al escribir estas reflexiones no estoy defendiendo jirones de un pasado a todas luces agotado, sino defendiendo el futuro y la posibilidad de construir una nueva democracia sobre las ruinas de la vieja que los populares representan; pues cuando el poder deriva en permanentes desaciertos, no es extraño que la protesta y la crítica ciudadanas sean no sólo inevitables, sino obligadas. No somos un pueblo de bueyes que doblan mansamente la cabeza, como decía Miguel Hernández en “Vientos del pueblo”. Tenemos dignidad y exigimos dignidad. En contra de lo que el partido popular crea u opine, muchos españoles no consideramos suficiente esa petición de perdón “en nombre del Estado español”. Las promesas de transparencia del Gobierno continúan haciéndose añicos y su gestión, desconcertante e incompetente. Razón tiene la ley de Murphy: "Hay situaciones malas que pueden resultar peores". Y con este gobierno de Rajoy y sus ministros, la ley se está cumpliendo y a qué velocidad.

Cínica Cospedal