Nuevatribuna

Y el octavo, no mentirás. Detectando mentiras

“La mentira es la forma más cobarde y simple de autodefensa”.

“Una mentira nunca vive para llegar a vieja”.

Sófocles


Política y mentira suelen ser inevitables compañeras. La mentira política existe desde siempre

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…”, recordaba Machado con nostalgia; para muchos ciudadanos, los recuerdos son aquellos viajes escolares, mientras se cantaba: “Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras... tralará…”. También con nostalgia, aquellos recuerdos infantiles nos traen hoy a la memoria a tantos políticos que, al inicio de esta campaña electoral, recorriendo España, irán contando y prometiendo mentiras, con la intención de hacer creer a ingenuos españoles que “por el mar corren liebres y, por el monte, sardinas”. Tralará, tralará, tralará…

Alexandre Koyré en su obra “La función política de la mentira moderna”, se pregunta cómo identificar a los políticos mendaces, mediocres y falsos, inmersos en ese magma que es la acción política para, a continuación, dibujar un exacto retrato de su perfil; es importante -escribe- saber ubicarlos y observar sus conductas. Su táctica es la mentira y su estrategia, trajinar en aquellos escenarios donde existe falta de información y razón y exceso de ignorancia y emoción. Buscan y se dirigen a aquellos ciudadanos e ingenuos votantes que pueden servirles como trampolín para conseguir el poder y sus oscuros intereses; una vez conseguido, es cuando los ingenuos votantes perciben la mentira y la farsa; por desgracia, ya no hay tiempo de corregir el error cometido; aunque, como medida de futuro, siempre existe la oportunidad de enmendar el error en las siguientes elecciones.

Política y mentira suelen ser inevitables compañeras. La mentira política existe desde siempre. Las reglas y la técnica de lo que antaño se llamaba “demagogia”, (hoy se llama “manipulación o propaganda”), han sido sistematizadas y codificadas desde hace miles de años. Nos hemos acostumbrado a escuchar mentiras, falacias o verdades manipuladas con descarada palabrería y desenfreno, hasta llegar, incluso, a negar lo evidente. Instrumentar y manipular la verdad, retorcer los argumentos a conveniencia para conseguir los propios fines sin importar lo que piense el ciudadano, supone la perversión del sistema democrático. Existe el riesgo de que, si llegamos a acostumbramos a escuchar mentiras y a vivir con ellas, acabaremos aceptándolas como verdades. Pero el juego sucio y los engaños a la larga no salen rentables a quienes las utilizan. ¿Por qué?, porque minan la confianza del ciudadano y, sin confianza, la política noble y constructora de futuro se hace imposible.

El concepto de “mentira” presupone su opuesto y negación: la “verdad”; al igual que el concepto “falsedad” se opone a “veracidad”. Sin profundizar en conceptos filosóficos o morales, una mentira es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la pronuncia pretendiendo engañar a otros en beneficio personal; mentir en política, pues, consiste en deformar, en propia conveniencia, la verdad que interesa a la sociedad, o manipular por interés partidista la realidad que importa a los ciudadanos; es decir, el criterio de verdad no remite a su valor universal sino a su conformidad con cierta utilidad de interés político, económico o social y en el que la distinción entre verdad y mentira se justifica, simplemente, porque conviene al que la utiliza. Es la primacía del relativismo ético. Como aconsejaba Maquiavelo con cinismo, “ya que optas por mentir, hazlo con contundencia”; es decir, sin pudor ético.

Razón tenía Prospero Merimée al afirmar que “toda mentira de importancia necesita algo de verdad circunstancial para ser creída”, ya que la mentira requiere de alguna pequeña verdad que la haga verosímil. El propio Martín Lutero sostenía que “una mentira necesita otras siete para poder parecerse a la verdad o tener su aspecto”. Si la primera víctima de la guerra es la verdad, por analogía se puede afirmar que el peor enemigo de la democracia es la mentira. De ahí que en democracia sea higiénico desconfiar de aquellos políticos que asumen que sus opiniones y acciones, cualesquiera que sean, pueden reemplazar, hasta anular, la deliberación y opinión de los ciudadanos a quienes toman por ignorantes y que utilizan la mentira como sistema para defender sus intereses ante ellos.

Gran parte de los ciudadanos tiene claro que muchos políticos mienten porque les conviene a sus intereses partidistas, pero también que lo hacen con torpeza; al escucharlos, sin ser excesivamente sagaces, percibimos de inmediato que lo que dicen, no se lo creen ni ellos: “se les ve el plumero”. ¿Qué significa tal expresión? En la época de las Cortes de Cádiz, en 1812, se llegó a crear una fuerza compuesta por voluntarios dispuestos a defender los ideales progresistas, cuerpo del que el bando absolutista no era partidario. La Milicia Nacional se dividía en los cuerpos de infantería, caballería y artillería, teniendo cada uno de ellos su propio uniforme y un penacho de plumas en el gorro que destacaba en la lejanía, pudiéndose distinguir por su color y saber a qué bando y cuerpo pertenecían sus portadores. En los debates políticos entre conservadores y progresistas, en momentos de fuerte discusión se les decía a éstos últimos: “a mí no me engañas, que te he visto el plumero”, en clara referencia al penacho de plumas del gorro.

Hace tiempo, pero en estas semanas de campaña electoral con más frecuencia, a ciertos políticos se les ve el plumero en su intención de querer engañar con la mentira. Es bueno recordarles las recomendaciones que Jonathan y Swift y algunos de sus satíricos amigos británicos dejaron escritas a principio del siglo XVIII en su obra “El arte de la mentira política”; en aquel tiempo la incipiente política parlamentaria iba perfilando ya las modalidades de las que siguen viviendo y bebiendo nuestras democracias. Con sagacidad descubrieron que mentir bien a los ciudadanos no es cosa que se improvise; es un arte con todas sus reglas, que indica claramente las intenciones que encierra; por lo general, intenciones no buenas. Es verdad que es importante distinguir el error y la equivocación del engaño y la mentira. El error implica desconocimiento de la buena información; el engaño, intencionalidad malévola.

Desde “La República” de Platón hasta “El Príncipe” de Maquiavelo, en cualquier reflexión política está presente una cuestión fundamental, que considero una trampa y una falacia: ¿conviene ocultar la verdad al pueblo, mentirle o engañarle, por su propio bien? El arte de la mentira política sería, de este modo, el arte de hacer creer al pueblo mentiras convenientes y saludables con vistas a un buen fin. Así lo pensaba Disraeli: “sólo el gentleman (el sabio según Platón) sabe, por su propia condición, cuándo conviene decir la verdad y cuándo callarla o disfrazarla”. El pueblo es crédulo y puede ser engañado. La mentira es su elemento natural; en efecto, se necesita “más arte para convencer al pueblo de una verdad conveniente que para hacerle creer en una falsedad saludable”. Mas, ¿quién tiene el monopolio de la verdad y de la mentira? Un arte tan necesario requiere de mayor precisión y rigor, exige que se enuncien sus normas y leyes; es lo que hace Swift, propone una clasificación de las mentiras políticas; distingue tres tipos: la mentira calumniosa, la mentira que beneficia al que la dice y la mentira del impostor, que le convierte en otro personaje. Estas son algunas reglas del sistema: a) la mentira debe ser verosímil, nada peor que la exageración; el arte del engaño no se rige por los excesos y sí por el cálculo; es la sutil técnica de la medida; b) la mentira debe mantener su proporción frente a la verdad; ante las circunstancias y respecto a los fines pretendidos, no sería prudente fijar las predicciones para el corto plazo; se corre el riesgo de quedar expuesto a la vergüenza de verse pronto desmentido y acusado de mentiroso; c) la mentira debe sustraerse a cualquier posible verificación o refutación; para ello, no se deben superar nunca los límites de lo verosímil; d) los artífices o asesores de la mentira deben ser personas inteligentes, verdaderos artistas de la ilusión y príncipes del espejismo político; e) sus fracasos, cuando suceden, se debe a que se ha intentado hacer tragar a los ciudadanos mentiras demasiado gruesas y visibles. En síntesis: “la mentira se calcula, se sopesa, se destila y se dosifica”.

Swift, con inteligencia de futuro (parecía adivinar nuestro presente) advierte contra los “folletinistas y gaceteros”, burdos mentirosos por su escaso talento y falta de ingenio para soltar mentiras; contra aquellos que mienten en demasía o demasiado mal, mermando así su credibilidad, proponía una original cura de inspiración médica: iniciar una severa dieta, evitando excesos verbales y obligarse durante meses a no decir más que verdades, para poder recuperar así el derecho a mentir de nuevo, con total impunidad. Se lamentaba, sin embargo, que nunca ningún partido o político supo soportar semejante dieta. ¡Qué ingenuo el bueno de Jonathan Swift! La mayoría de nuestros políticos no harían tal dieta, “engordan” de continuo.

Como escribió con anterioridad Maquiavelo en “la educación del Príncipe”, en política la mentira es un arte indispensable; aunque para conferir a la mentira política la dignidad que le corresponde en el firmamento de las “artes” -sostenía Swift-, debe ser elevada a la categoría de sistema; es decir crear una “sociedad de mentirosos” dedicada en exclusiva al engaño político. ¿Cómo?: con el fin de alcanzar tan ambicioso proyecto, deben cumplirse determinadas condiciones: contar, ante todo, con una masa de crédulos creyentes, dispuestos a repetir, difundir y diseminar por doquier las falsas noticias que otros han inventado. Actualmente serían militantes bien adoctrinados por un elaborado y aprendido “argumentario”; su función transmisora resulta indispensable ya que no hay ningún hombre que con mejor suerte propague una mentira como el que se la cree; son los incondicionales, los que en el teatro o en programas de TV hoy se llaman “la clá”, o grupo de personas que asisten a un espectáculo con el fin de aplaudir en los momentos señalados como autómatas programados. Esta cofradía de incondicionales servirá también para desarrollar en su partido una conocida práctica experimental de la mentira: lanzar globos sonda que permitan averiguar si tal mentira da pie a un engaño creíble. Por otro lado, -advertía Swift- conviene desconfiar de los honestos y apartar a cualquiera del que se tenga sospecha de que puede ser sincero. Lo describía con esta precisión: “si se advierte que alguno de los miembros de la sociedad al soltar una mentira se sonroja o falla y pierde la compostura exigida, debe ser excluido y declarado incapaz”. Hoy se utilizan otras medidas: “el que se mueva, no sale en la foto”. A aquellos mentirosos eficaces, que mienten mejor que respiran, y que hacen de ella su trabajo en los partidos, se les debe premiar con ascensos; conocemos a demasiados que han sabido aplicar al pie de la letra estos principios.

Con estas reflexiones que son espejo de la realidad, si nuestra democracia quiere ser seria, el objetivo irrenunciable de la política es formar políticos responsables, con alto nivel cultural y ético y no incubadora de burócratas falaces, con tendencia a la corrupción y con verborrea fácil para hacer promesas incumplibles. Abundando en este relativismo ético, John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago, en su obra El lobby israelí se atreve a investigar una de las grandes cuestiones de la política internacional: el rol de las mentiras. Conceptualiza y analiza diferentes tipos de mentiras que utilizan los políticos; al hablar de mentiras, no se refiere en exclusiva a aquellas mentiras de las que se tiene plena certeza de que son falsas, sino de aquellos supuestos en los que los políticos subrayan y repiten determinados hechos, relacionándolos para obtener un beneficio a su favor e ignorando aquellos que no les conviene. La última dimensión de la mentira sería el “encubrimiento u ocultación”: la no revelación de aquella información que resulta perjudicial para sus intereses o para su partido o aquella actitud tendente a evitar que otros conozcan la verdad de un hecho; la opuesta es esa honesta y transparente actitud que facilita sin miedo que la verdad sea conocida, consciente de que con la mentira y el engaño el pueblo es siempre el único perdedor. Es, pues, necesario el pensamiento crítico de los ciudadanos y votantes, como instrumento idóneo, para desmontar las mentiras que pretende difundir el poder político, económico o los medios de comunicación; la información, la rebeldía, la crítica y la acción ciudadana son los medios adecuados y necesarios para despertar de este mal sueño que aletarga hoy a muchos ciudadanos en estas importantes elecciones.

El silencio cómodo ante la mentira en política es “un agujero negro” -hoy de tanta actualidad- capaz de tragarse nuestra “galaxia democrática” y, junto con ella, toda la mierda y engaño necesario para que algunos políticos puedan dormir tranquilos, pues creen que por poseer el poder y detentar la autoridad son, también, poseedores y guardianes de la verdad. Ante las próximas elecciones muy mal tienen que estar dándoles las encuestas internas a ciertos políticos para saltarse todos los límites de la ética y la verdad al utilizar las emociones más que la reflexión. El uso del sentimiento y la emoción es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional y en el sentido crítico de los electores. El registro de las emociones y no de las razones, abre en los votantes la puerta de acceso al inconsciente con el objetivo de implantar mentiras y miedos y condicionarlos, cuando menos, a comportamientos no libres.

He titulado este artículo, como sano detector de mentiras, con un imperativo que, a la mayoría de españoles, desde distintas opciones religiosas, les suena familiar; especialmente conocido por aquellos que se sienten creyentes y, encima, pretenden que los demás participen de su fe y creencias. Lo aprendieron (lo aprendimos) con el catecismo: “El octavo mandamiento: no mentirás”. Antes de votar, desde la responsabilidad moral y constitucional que todo ciudadano tiene de dar su voto a los “mejores”, es necesario un repaso documentado de todas las mentiras e insultos inaceptables que se han dicho y las que se van a decir, durante la presente campaña: un detector de mentiras. Recuerdo la psicosis colectiva de hace unos veranos, que ni el sol castigador de finales de julio ni la pereza estival pudieron contra la captura insulsa pero apasionada de esos extraños seres, los llamados “pokemons”, que invadió la sociedad. Utilizando la analogía sin que esto sea un juego, reitero lo que, desde el imperativo moral que todo ciudadano llevamos en nuestra conducta, considero necesario repetir lo que escribí en mi anterior artículo: “Ningún ciudadano debería votar a un político ni a un partido que no le conste fehacientemente que es honesto, leal, sincero y coherente”.

Estamos escuchando, con el objetivo de conseguir votos, que algunos políticos han llegado al desenfreno verbal. Se descalifican moral y políticamente quienes, legislando conductas y exigiendo a los demás que las respeten y cumplan, las incumplen ellos. Se descalifican quienes lanzan insultos, mentiras, barbaridades y desmesuras, quitando gravedad cuando ellos las dicen, pero que se escandalizan si los demás lo hacen. Se descalifican quienes dicen que “la agenda que estamos viendo en Catalunya es la agenda de ETA”. Se descalifican quienes, dolidos de rencor y ambición por no ser ellos los que tienen el poder, calumnian al afirmar que “Pedro Sánchez está traicionando a España, que carece de legitimidad como hijo de una bastarda moción de censura; que es un felón que está vendiendo a España de la mano de Puigdemont, Torra, Bildu y los comunistas y que, echar a Sánchez, es una emergencia nacional”. Se descalifican quienes afirman que, si se culmina esta tarea, “España se verá privada de su peor enemigo, pues tiene las manos manchadas de sangre y la voluntad repleta de inquina contra la patria”. Se descalifican quienes opinan sobre hechos que no han ocurrido o atribuyen intenciones que no pueden probar porque no han sucedido. Y se descalifica hasta llegar a la calumnia quien es capaz de decir, sin filtros ni contención que “Sánchez prefiere manos manchadas de sangres a manos pintadas de blanco”.

En cambio, lo que queremos los ciudadanos es dignificar mínimamente el debate político y no crispar a la sociedad con mentiras o falsas acusaciones que cuestionen la legitimidad de un gobierno democrático ni escuchar a políticos que manipulan los hechos y lanzan mentiras e insultos, hasta la calumnia que, en países realmente democráticos, no se tolerarían ya que los fines políticos no pueden justificar medios inmorales. Razón tiene el libro de los Proverbios al sentenciar que “el que mucho habla, mucho yerra; pues el sabio refrena su lengua”. Así lo confirma el pueblo: “Habla poco, escucha más, y no errarás. Quien habla sin escuchar, habla mucho y habla mal”.

Con las políticas que defienden algunos partidos hay que dar la razón a Bauman cuando, en su libro Retrotopía, habla de ese anhelo de buscar la utopía en un pasado idealizado, una vez que el futuro ha dejado de ser el lugar de esperanza en que se materializarán los mejores ideales y los más felices sueños, para convertirse en un espacio tenebroso plagado de amenazas y dominado por el miedo. Hoy vemos cómo las derechas nos remiten a la búsqueda de ese pasado, en el que el progreso ya no es continuo ni imparable.

Como a tantos otros españoles, me gusta votar, pero me niego a votar alarmado y menos, votar a quienes pretenden retrotraernos a políticas inaceptables y superadas. Sé, como dice Nuval Harari en su libro Sapiens, que el futuro es tan incierto que la gente busca certezas y que se centran en las historias que les diseñan políticos mendaces con promesas de verdades inciertas. Pero yo me acercaré a la mesa electoral con optimismo y votaré a quien tenga la seguridad de que me garantiza verdad y consenso sin exclusiones.