lunes 1/3/21

La estrategia de vacunación frente al sálvese quien pueda

Estamos ante una vacunación vital, que primero se cuestionó con desconfianza y ahora, cuando está en marcha, se quiere cambiar para que sea a la carta, como un producto más de mercado, en primer lugar para los míos o para el que más pueda.
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De la desconfianza en la efectividad y seguridad de las vacunas, hemos pasado a las propuestas de vacunación a la carta y el sálvese quien pueda. Unos proponen a las cuidadoras de personas dependientes, otros a los enfermos oncológicos y los hay que hasta proponen a periodistas y camareros, al parecer, por formar parte de las profesiones esenciales.

Asociaciones de pacientes, sociedades profesionales e incluso gobiernos autonómicos se saltan las prioridades acordadas y marginan a los colectivos más vulnerables, que han sido definidos por el comité científico y de bioética dentro de la Estrategia de Vacunación de la Covid19.

El clima, al inicio de la pandemia, era entonces, de excepticismo: se pensaba que no habría vacunas hasta bien entrado el año 2021 o más adelante, de acuerdo con los ritmos habituales de investigación y comercialización de medicamentos biológicos, en particular debido a las complicaciones y el tiempo necesario para los ensayos clínicos, especialmente en el llamado valle de la muerte de la investigación en vacunas.

Al negacionismo de la pandemia se sumaba la desconfianza con respecto a la seguridad de las vacunas que había venido aumentado durante las últimas décadas provocando como consecuencia algunos rebrotes epidémicos, y en particular por los reparos actuales a un tipo de vacuna tan novedosa y sin ninguna experiencia de aplicación previa como la del sars_cov2. No se contaba entonces con el conocimiento de hechos tan relevantes como una ya larga investigación muy madura y el contar por primera vez con unos presupuestos de investigación de la vacuna casi ilimitados, con lo que ha sido posible que los tiempos se hayan reducido al mínimo con el mayor grado de efectividad y seguridad.

Con la primera ola de la pandemia, ya se puso de manifiesto que la complacencia propia de los países desarrollados, junto a la desconfianza y la polarización y división políticas iban a protagonizar cada paso y cada medida adoptadas, en particular por parte de las autoridades políticas y de salud pública. Y así fue: la complacencia y la polarización han puesto primero en solfa la gravedad de la pandemia para luego condenar la tardanza y la debilidad de la respuesta, luego rechazaron el recurso al estado de alarma como más tarde a la desescalada, así como dudaron de la importancia de los rastreos y aislamientos en la fase de control y por último impugnaron la delegación en las CCAA de los cierres perimetrales y las restricciones de horarios, aforos públicos y movilidad contraponiéndolos al antes denostado mando único. Ahora, desde la segunda ola, van dando tumbos de la exigencia del confinamiento estricto a la salvación de la ruina de la hostelería y el turismo.

Esta política de tierra quemada no se ha quedado ahí, está tratando incluso de amargarnos también la esperanza en las vacunas. Primero fue que el gobierno era incapaz de negociar para conseguir las vacunas necesarias. Entonces el gobierno decidió incorporarse a una negociación conjunta en el marco de la Comisión Europea y sumarse también al programa covax para compartirla con los países empobrecidos.

Cuando se cerraron los acuerdos de intenciones y los contratos con las principales compañías farmacéuticas, entonces se dijo que las había conseguido gracias a la Comisión Europea, que había gestionado mucho mejor que el gobierno la compra de vacunas. Nada dijeron entonces de las fórmulas de negociación o de la opacidad de los contratos.

Más tarde se afirmó que la previsión de poder administrar las primeras vacunas a los grupos prioritarios, partir de principios del año 2021, se trataba de una quimera propagandística y que la creación de una comisión de expertos para elaborar previamente la estrategia de vacunación, sin tener las vacunas, era algo prematuro. Se ignoraba que la UE había publicado ya sus propios criterios de vacunación para el desarrollo posterior por parte de los países miembros. Luego ocurrió que la vacunación comenzó, como se había anunciado, en los últimos días del año 2020, pero a pesar de ello nadie ha rectificado.

Ya con el inicio de la aplicación en España de las vacunas, se dijo que no había criterios claros, a pesar de la publicación y el consenso con las CCAA sobre la Estrategia de Vacunación de la Covid19 y de su actualización periódica de acuerdo con las CCAA en el seno del Consejo Interterritorial. Más tarde afirmaron que la gestión de la logística y la administración de vacunas por las CCAA no era la adecuada y por ello (supuestamente) íbamos lentos, sobre todo con respecto a Gran Bretaña, Israel y los EEUU.

Luego, con la noticia de que algunos aprovechados se habían saltado la cola, vino además de la lógica exigencia de responsabilidades a los desvergonzados, eso sí de los que no son de los míos, la nueva fase de poner en duda la campaña de vacunación en general, cuestionando la administración descentralizada, y más tarde echando en falta una norma legal propia para el documento de la estrategia de vacunación exigiendo su publicación en el BOE. Todo ello a sabiendas del reparto competencial, que establece la vacunación por las CCAA y atribuye la capacidad de coordinación al ministerio de sanidad, y a pesar de que el calendario general de vacunación es indicativo y no es materia de publicación en el BOE. La guinda de todo fue de nuevo la Comunidad de Madrid que se consideraba discriminada en el reparto poblacional de las vacunas y que al mismo tiempo se quedaba retrasada, a la cola de las CCAA en su administración.

Cuando ya se sabe que el problema no es la gestión de la aplicación de las vacunas en España, sino la negociación de la Comisión, y consiguientemente el ritmo de la producción y de distribución por parte de las compañías farmacéuticas, que explica la ventaja de Israel, Gran Bretaña y los EEUU, se trata de extender la crítica a la Comisión Europea para exculpar los incumplimientos de las 'desinteresadas' compañías. Siempre la culpa es de la política, sobre todo cuando están de por medio las sacrosantas leyes del mercado.

Y ahora, que ya está en marcha la vacunación con un ritmo similar al de los mejores y aumenta el apoyo de la población, parece que toca abrir de nuevo el melón de la estrategia vacunal y cuestionar los grupos prioritarios, aprovechando que las características de alguna de las nuevas vacunas que no se adecúan a los grupos de mayor edad, lo que ha obligado a reordenar una parte del calendario, como por otra parte estaba previsto y que fue objeto de crítica por parte de los medios de comunicación.

Se exigía entonces del Ministerio de Sanidad que, sin conocer las indicaciones y los prospectos de cada vacuna ni su disponibilidad futura, se fijasen de manera estricta los grupos y subgrupos a vacunar en cada etapa del calendario. Y es que últimamente los 'estrictos' parecen haber relevado a los 'negacionistas' en el extremo opuesto de la infodemia.

Todo ha continuado, como siempre en esta pandemia, con el protagonismo de la comunidad de Madrid, que actuó como cabeza de puente de común acuerdo con los representantes de la hostelería, seguida a continuación por algunas asociaciones de pacientes y terminando incluso por las sociedades científicas, todas ellas al margen de la comisión de expertos que tanto habían reclamado y reprochado su falta al gobierno, y sin tener en cuenta que con ello vulneran la estrategia de vacunación elaborada y luego consensuada con las CCAA.

El problema pues, no es que no hubiera comisiones de expertos, incluso que no estuvieran representados los distintos sectores científicos, políticos o de bioética. Aquí prácticamente estaban todos. Era solo una excusa más y un instrumento de desgaste.
En definitiva, estamos ante una vacunación vital, que primero se cuestionó con desconfianza y ahora, cuando está en marcha, se quiere cambiar para que sea a la carta, como un producto más de mercado, en primer lugar para los míos o para el que más pueda.

Algo parecido a lo ocurrido con los países empobrecidos, para los que se anuncia un porcentaje de vacunación mínimo, no superior al veinte por ciento a lo largo de este año, mientras los países ricos acaparamos la mayoría.

Es el mismo modelo discriminatorio que se ha pretendido desde el principio para el conjunto de la gestión de la pandemia, con el argumento de que ante la pandemia todos somos iguales. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, esta pandemia, como todas las anteriores, se está cebando con los más débiles y los más vulnerables. Por eso, el cumplimiento de la estrategia de vacunación es una garantía de equidad, al menos en materia de inmunización, que no es poco.

La estrategia de vacunación frente al sálvese quien pueda