sábado 28/11/20

Lecciones al doblar la segunda ola

"Poco a poco la gente iba asomando a la calle; iniciaba tímidamente los paseos dominicales, un teatro abría sus puertas, otro anunciaba la próxima apertura con la reaparición de una compañía de cómicos muy renombrados, y, de este modo, la ciudad iba retornando a su antiguo ritmo, encontrándose a sí misma, olvidándose del paso funesto de la peste como de un mal sueño”…

Miguel Delibes en Mi Idolatrado hijo Sisí sobre la gripe de 1918.


No acabamos de doblar la segunda ola y ya estamos de nuevo polarizados entre quienes, desde su perspectiva de expertos independientes consideran insuficientes las medidas de confinamiento, casi total, puestas actualmente en marcha, y de nuevo los gestores públicos que, ante la angustia de los sectores más afectados por los cierres y las restricciones, anuncian una nueva desescalada que quizá pudiera ser precipitada.

Es como si fuésemos incapaces de darnos cuenta de los resultados positivos, aunque es cierto que todavía modestos, de los indicadores que junto al nuevo estado de alarma aprobamos en Octubre, para a partir de ellos trasmitir esperanza y mantener el rumbo, acentuando si acaso las medidas y el compromiso de los poderes públicos junto a la responsabilidad ciudadana.

Da la impresión, por el contrario, que estuvieramos condenados a contraprogramarnos continuamente entre nosotros mismos, para así seguir convencidos de que todo lo hacemos tarde y todo lo hacemos mal como país, cuando los datos de la incidencia acumulada de la pandemia demuestran lo contrario: que, aunque lentamente, estamos doblegando la curva de incidencia de esta segunda ola, aunque todavía nos queden semanas para que se refleje en una menor presión hospitalaria, en las UCIs y en una rebaja de la mortalidad. No podemos acostumbrarnos a la tragedia de los datos de fallecimientos, y aún menos a los evitables, como tampoco podemos ignorar que existen razones para la esperanza.

De entre las lecciones de la primera ola de la pandemia, hay una que por mi condición de salubrista de formación, político de vocación y de asturiano de adopción, me parece fundamental y es la lección de humildad que ha significado esta pandemia

Con el confinamiento nos ocurrió algo parecido. Nos unimos en el momento más dramático pero luego supimos valorar la eficacia de la medida, y primero nos enredamos en un debate político con los sectores negacionista en torno al estado de alarma como golpe de estado, lo que estigmatizó la norma y provocó la desescalada. Más tarde, como quizá también ahora, nos precipitamos para llegar cuanto antes a la ansiada nueva normalidad y no supimos o pudimos (también aquí ha habido diferencias políticas y de gestión entre CCAA ) preparar la atención primaria y la salud pública para controlar, dentro de lo posible, los brotes y las olas del virus que inevitablemente habrían de llegar. Sobre todo y con mayor fuerza en los territorios que en el estudio serológico aparecían con un menor nivel de inmunidad, como así ha ocurrido.

Ahora, una vez derrotada la estrategia de la inmunidad de rebaño, salvo en algún reducto exótico, nos volvemos a enredar, pero esta vez entre nosotros: de un lado los que vemos que hay que darle una oportunidad a las medidas aprobadas y a su desarrollo por parte de las CCAA, y de otro quienes consideran legítimamente que es necesario volver al confinamiento total de Marzo como única medida que puede permitir una rebaja significativa de la desmesurada incidencia actual y de un cambio de tendencia excesivamente lento.

Para respaldar la estrategia de break o de confinamiento total se hace referencia a los ejemplos ante todo de los países asiáticos con el trípode de confinamiento, testeo y control social y digital, que no estaría de más reflexionar sobre las razones no solo  políticas, sino fundamentalmente sociales y culturales para que no haya sido posible en nuestro entorno. De otra parte, el modelo de los países europeos, que bien desde el inicio de la segunda ola o ante los escasos resultados de medidas menos resolutivas, han decidido confinar a los ciudadanos en sus casas. Bien es verdad que, en todo caso, se trata de un confinamiento no tan estricto como en la primera ola de la pandemia, sino con más excepciones como acudir al trabajo, cuando no es posible hacerlo desde casa, un amplio abanico de tiendas de productos esenciales, y también de salidas para realizar gestiones imprescindibles, comprar alimentos, hacer ejercicio o pasear al aire libre.

Un modelo de confinamiento que para ser justos no se diferencia sustancialmente del que, salvo en alguna comunidad autónoma muy en particular que cuenta con la menor incidencia de la pandemia, se está realizando en la mayor parte del país, donde la combinación del toque de queda, los cierres perimetrales y la restricción casi total de horarios y reuniones, cuando no el cierre total de locales de reunión y de ocio, lo convierten en un semiconfinamiento al que solo le faltan los horarios de paseo durante el día y poco más.

En estas diferencias, tan solo de grado, que aportaría un nuevo confinamiento estricto, es donde habría que introducir la incertidumbre sobre el debate y sobre todo en relación al resultado incierto de la votación de un nuevo estado de alarma el el Congreso de los diputados, que requeriría la medida, con el añadido de que seguramente reavivaría la expectativa de las fiestas navideñas, al igual que en su momento lo hizo con respecto a las vacaciones veraniegas y la reactivación del sector turístico. De nuevo el riesgo de un efecto rebote después del confinamiento estricto, en este caso en un clima social y psicológicamente más adverso, después de una pandemia larga, con una sensación de cansancio y de inseguridad.

Las medidas de desescalada deberían esperar a que la incidencia acumulada se correspondiese con los indicadores ligados a la declaración del estado de alarma y en todo caso debería evitar la apertura precipitada de los locales cerrados, mal ventilados y dónde tendemos a prescindir de la mascarilla para beber o comer. La desescalada debe ser cautelosa, progresiva y fundamentalmente al aire libre. Lo demás sería arriesgarnos a una tercera ola descontrolada.

Porque es esto precisamente lo que más me preocupa. Que hayamos aprendido las lecciones recibidas con la primera ola de la pandemia: que es necesario mantener el rumbo de la estrategia adoptada, evaluando su resultado y abiertos a introducir las modulaciones necesarias, que la coordinación y colaboración entre administraciones, sobre todo en un estado compuesto, es un valor precioso que es imprescindible cuidar, tanto al menos como la información y la participación de la ciudadanía, que a las restricciones hay que añadir recursos que las hagan viables y sobre todo en los sectores más directamente afectados, pero también en el fortalecimiento de la atención primaria para contener la pandemia después de la ola actual y que las medidas deben tener perspectiva de igualdad, teniendo muy en cuenta que ni las circunstancias sociales ni los riesgos para la salud son para todos iguales, y que por tanto se requiere una atención especial a los sectores sociales, edades y barrios más vulnerables. 

Por otra parte, la susceptibilidad al virus no es sólo social o demográfica, relativa a la precariedad, la densidad poblacional y el hacinamiento, la movilidad o el envejecimiento de nuestras sociedades, también hay un componente genético por regiones, un haplogrupo, que es una configuración genética de poblaciones, el IR1B, que es muy típico del sur de Europa.

Por eso, de entre las lecciones de la primera ola de la pandemia, hay una que por mi condición de salubrista de formación, político de vocación y de asturiano de adopción, me parece fundamental y es la lección de humildad que ha significado esta pandemia. El cisne gris que no creímos que nos pudiera pasar en un país desarrollado y con un buen sistema sanitario y que ha puesto en evidencia nuestra complacencia y nuestras carencias, en particular en salud pública, pero también en atención primaria, en coordinación sociosanitaria y en derechos sociales y laborales. Por eso no estaría de más poner coto sobre todo a nuestra soberbia, porque sabemos poco sobre la dinámica de la pandemia y nuestra capacidad de decidir sobre ella es más limitada de lo que queremos reconocer.

Lecciones al doblar la segunda ola