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domingo 22/5/22

Trump y el espantajo del neoproteccionismo

Desde que el pasado 8 de noviembre Trump ganó las elecciones presidenciales las bolsas estadounidenses no han parado de crecer. Dos de los índices más importantes y representativos de la evolución de los mercados de acciones de EEUU reflejan la intensidad de esa subida: un 8,3% en el caso del Standard & Poor’s 500 y un 13,8% en el del Nasdaq 100, en ambos casos en poco más de tres meses (del l 9 de noviembre de 2016 hasta ayer, 17 de febrero de 2017).

La subida de las bolsas estadounidenses también se ha transmitido, aunque de forma más irregular, a las europeas. Así lo refleja el Eurostoxx 600, con una subida del 8,9% en ese mismo periodo.

Tras su toma de posesión, hace apenas un mes, el sostén de las bolsas va a ser también, probablemente, un objetivo explícito de la nueva Administración Trump. No solo porque así logrará atraer las simpatías de los grandes inversores y los pequeños, que son multitud, sino también porque ese alza bursátil alentará un efecto riqueza que en EEUU es muy favorable al consumo y, como consecuencia, impulsa la actividad económica. 

Las razones de la subida de las bolsas estadounidenses son sencillas. La política económica anunciada por Trump incluye una próxima reducción de los impuestos que soportan las empresas (el tipo impositivo nominal sobre los beneficios se reducirá desde el actual 35% al 15%), a la que acompañarán una política presupuestaria expansiva (la austeridad como principio único queda como patrimonio exclusivo del pensamiento alemán) e incentivos para que las empresas estadounidenses localizadas en el exterior accedan a repatriar sus beneficios y vuelvan a llevar a EEUU, aunque sea de forma simbólica, parte de las actividades económicas y los empleos previamente deslocalizados.

Son, sin duda, buenos tiempos para los grandes grupos empresariales estadounidenses y, muy especialmente, para el sector financiero que ha recibido la promesa de una nueva ola desreguladora de sus actividades. ¿Nueva burbuja financiera en el horizonte? Probablemente. O, por lo menos, Trump parece dispuesto a poner en ese horno toda la madera necesaria para que así suceda.

La nueva ola de desregulación rampante no solo afectará a las finanzas, también a la producción de gas natural y petróleo y a la reducción o supresión de las normas que pretendía mayores niveles de eficiencia energética y más control sobre las emisiones de C02 y demás contaminantes que provocan el cambio climático. Trump y sus huestes niegan y denuncian el cambio climático como superchería cientifista y, de este modo, alientan el pensamiento mágico que contribuirá a justificar nuevos incentivos para la utilización de las extremadamente peligrosas técnicas de fracking para la extracción de petróleo y gas y justificar de paso un consumo descontrolado de las energías fósiles, sin tomar en consideración los costes externos y riesgos que generan.  

Y mientras con una mano se ponen las instituciones del Estado al servicio de los amigos multimillonarios de Trump y se hacen favores a los grandes grupos de poder económico y militar con objeto de consolidar sus apoyos, con la otra se mueve el espantajo del peligro y la presión que supone la inmigración para los salarios y las condiciones de trabajo de las clases populares estadounidenses. Tales manejos y en tal escenario permiten reinterpretar los problemas de la economía estadounidense en clave de peligro externo, de migrantes y países que pretenden explotar la debilidad de EEUU, robar los puestos de trabajo de los nacionales e inundar con sus productos los mercados estadounidenses. Las estructuras y mafias de poder genuinamente nacionales y los contradictorios intereses patrióticos en liza se difuminan y desaparecen de las preocupaciones de la mayoría social y del debate político.

La maniobra de diversión que está realizando Trump le permite abogar por un neoproteccionismo que utiliza como amenaza contra sus socios comerciales, aunque sus asesores saben perfectamente que solo podrá llevar a cabo, con medidas proteccionistas aún por precisar, en muy pequeña medida, porque de hacerlo perjudicaría gravemente a la economía de EEUU. Las reglas del comercio internacional y su negociación sufrirán así un paulatino desgaste. Acabarán imponiéndose la bravuconería y la voluntad de imponer los intereses de gran potencia. Las posibilidades de democratizar la globalización o impulsar una mundialización inclusiva que tome en consideración los problemas e intereses específicos de todas las partes que se asocian para comerciar o cooperar quedan reducidas a su mínima expresión. La ley del más fuerte dictará la imposición bilateral de normas y sanciones comerciales que sustituirán definitivamente al diálogo multilateral y a la extensión de reglas libremente aceptadas que incluyan órganos mínimamente neutrales de resolución de controversias o conflictos.

El histrionismo de Trump, sus malos modos y el caos que provoca a su alrededor y en todo aquello que toca se desvelan así con más intención y fundamento de lo que aparenta. No es la actuación de un loco, se trata de un plan perfectamente orquestado para abortar la emergencia de cualquier tipo de alternativa popular y democrática ante el claro intento de secuestro de las instituciones por parte de una pequeña y muy audaz minoría derechista. Dicha minoría, que presenta claros tintes mafiosos, vislumbró la ventana de oportunidad que suponía el notable desprestigio popular acumulado por las elites políticas tradicionales. Tuvo la posibilidad de asaltar la presidencia de EEUU y lo hizo. Y ahora está presta a utilizar las instituciones públicas para relanzar sus negocios e intereses a costa de sus compatriotas, de los países vecinos y de buena parte de sus actuales socios comerciales. Los particulares intereses de la Administración Trump y los de la oligarquía económica y religiosa a la que desea representar políticamente están íntimamente unidos y confundidos con el objetivo de recuperar la posición de EEUU como única potencia mundial.

Sospecho que la izquierda europea no está haciendo una lectura adecuada de la nueva situación. Trump no pretende dar continuidad a las grandes líneas estratégicas seguidas por EEUU en las últimas décadas sino a inaugurar una nueva era de subordinación de sus socios y recuperación de los privilegios y la hegemonía perdidos. Los muchos flancos que abre la actuación de la nueva Administración de EEUU y los muchos enemigos que Trump logra con cada una de sus declaraciones y tuits permitirían comenzar a pensar y construir una alternativa a sus designios imperiales. Lejos de pasar por el repliegue nacional, la insolidaridad o el temor a lo extranjero, esa alternativa exige una Europa unida que sirva de contrapeso y se coloque a la cabeza de un amplio impulso democratizador, inclusivo y negociado de la actual mundialización.

Trump y el espantajo del neoproteccionismo