miércoles. 24.07.2024

“Spotlight”

Después de ver la magnífica Spotlight, parece inevitable plantearse ciertas cuestiones acerca del periodismo y su trágica precarización de estos últimos años.

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Después de ver la magnífica Spotlight, parece inevitable plantearse ciertas cuestiones acerca del periodismo y su trágica precarización de estos últimos años. La película, basada en hechos reales, nos traslada al año 2002, cuando un equipo de investigación de la redacción del Boston Globe destapó los casos de cientos de curas pederastas que la iglesia católica no solo conocía sino que encubría ejerciendo la presión mafiosa de su poder moral sobre una sociedad mayoritariamente creyente o, al menos, educada a la sombra de las sotanas y de la hipocresía de sus preceptos religiosos. La película, con unas interpretaciones soberbias y un guion impecable, nos sumerge durante más de dos horas en el trabajo de estos periodistas, sus pesquisas, las presiones a las que son sometidos, la endiablada dificultad de buscar información propia, veraz y verificable, los dilemas morales de los propios protagonistas, la ética del trabajo bien hecho y el respeto por la profesión… Hay más, porque Spotlight es toda una celebración del oficio periodístico, de su indefectible labor civil, tan fundamental en nuestra sociedad como, por ejemplo, el libre e íntegro ejercicio de la función judicial.

La gratuidad de los periódicos en internet, el ruidoso cotorreo de las redes sociales (que muchas veces se exhibe como una especie de “robinhoodismo” periodístico), la crisis económica, pero también la pérdida cada vez más acusada de una conciencia o cultura o educación civil capaz de estimular el sentido crítico de los ciudadanos, sus inquietudes culturales e intelectuales, son algunas de las causas del, a mi juicio, evidente deterioro tanto de las condiciones laborales de los periodistas como de la calidad de los contenidos (ambos aspectos, por supuesto, tan íntimamente relacionados). En los últimos ocho años más de 11.000 periodistas perdieron su trabajo en nuestro país. Los afortunados que aún lo conservan han tenido que hacer frente al consecuente aumento de la carga de trabajo, cada vez con menos medios a su disposición, así como a sucesivos e importantes recortes salariales. Si a todo esto le sumamos la deriva panfletaria de algunas de las cabeceras tradicionales de nuestra prensa, a expensas de sus propios intereses políticos y económicos con la mayor de las desvergüenzas, el panorama general dista de parecerse al sobrio y cívico retrato que Spotlight hace de la profesión. No lo permitamos.

“Spotlight”
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