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viernes. 09.12.2022

Niños muertos

Tras el impacto de aquella imagen del cadáver infantil de Aylan Kurdi, tendido bocabajo en la orilla de una playa turca, todo se ha vuelto nebuloso.

Sabíamos lo que iba a ocurrir. Tras el impacto de aquella imagen del cadáver infantil de Aylan Kurdi, tendido bocabajo en la orilla de una playa turca, todo se ha vuelto nebuloso. Las imágenes se han sucedido con tanta abundancia de muerte y sufrimiento que, por efecto de esa paradoja bien conocida, pero no por ello menos espeluznante, su cotidianidad ha rebajado nuestra indignación. No sabemos cómo asimilar lo que está ocurriendo, todos esos niños que vinieron después de Aylan, cuerpos pertrechados con inútiles salvavidas naranjas y zapatillas de deporte que los buzos sacan del agua una y otra vez.

En esta llamada crisis de los refugiados, los niños están teniendo un triste protagonismo. No porque sea la primera vez que se ven forzados a pagar la sinrazón de los adultos, esto ha ocurrido siempre, sino porque, esta vez, las cámaras han sorteado en mayor medida los tabús habituales y nos han mostrado la realidad con toda su crudeza. Y la realidad está llena de niños muertos. Y la realidad está ahora en nuestra propia casa, en la Europa civilizada, la Europa de los Derechos Humanos, del fútbol de los domingos… Esta crisis es la de esos niños ahogados, la de esos niños hambrientos y muertos de frío que lloran al otro lado de unas alambradas, la de los que cruzan barrizales y ríos y carreteras en brazos de sus padres y duermen a la intemperie y son perseguidos y amenazados por soldados y policías. Todos esos niños son el icono del fracaso de Europa. Pero ni siquiera eso ha servido para que nuestros gobernantes reaccionen. Claro que los ciudadanos también tenemos nuestra responsabilidad. No solo nos hemos insensibilizado de acuerdo a las exigencias de la economía, y la sociedad, de mercado que hemos construido (donde impera la ley del más fuerte y el sálvese quien pueda), sino que somos los responsables de que nos gobiernen unos tipos que solo son capaces de echarse al agua si es un banquero el que se ahoga.

Las imágenes parecen haber agotado su capacidad para espolearnos, o, al menos, su efervescencia es cada vez más efímera. Quizá haga falta una buena novela o una película de gran presupuesto y excelentes interpretaciones sobre esta crisis humana para que, desde la comodidad del sillón o la butaca, podamos derramar a gusto unas cuantas lágrimas de ficción por la tragedia de esa pobre gente. Porque en la realidad, ya ni los niños muertos nos conmueven.

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