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lunes. 08.08.2022

No se trata de Trump

Resulta que las bolsas descontaban la victoria de Clinton a pocos días de las elecciones. Las encuestas otorgaban márgenes muy amplios a ese mismo escenario y así lo reflejaban también analistas y especialistas de prestigio, entre ellos el blog Fivethirtyeight. La práctica totalidad de los medios de comunicación dieron su respaldo a la candidata demócrata, quien además ha contado con el star system de Hollywood al completo, salvo excepciones como Clint Eastwood o Bruce Willis. Encuestas, algoritmos y big data se han estrellado al predecir lo que sucedería este primer martes después del primer lunes de noviembre. Y seamos sinceros: ni tú ni yo creíamos hace apenas unas horas en las posibilidades de Donald Trump.

Tan sólo algún gurú aislado, como Allan Lichtman, que lleva 32 años de aciertos consecutivos, predijo correctamente el resultado, apenas acompañado por esas esperpénticas premoniciones escenificadas en televisión por monos chinos, peces indios y otros adivinos del reino animal. Rollo pulpo Paul. Ni el peculiar sistema electoral, ni las veleidades e influencia final de los llamados “estados bisagra” explican por sí sólos la bofetada de cruda realidad con la que ha despertado medio mundo.

Las primeras reacciones del establishment local van de la decepción al bochorno, sabiéndose llamados al ridículo de verse guiados durante al menos cuatro años por un Jesús Gil de Quenns. Europa se lleva las manos a la cabeza ante la posibilidad de un megabrexit en su política exterior, ante la perspectiva de que el muro que Trump quiere levantar en la frontera con México se alce también en el Atlántico, rompiendo la tradicional comunidad de intereses entre orillas, complicando los acuerdos de libre comercio, provocando un terremoto en la geopolítica mundial.

Editoriales y columnas de opinión empiezan a confluir en algunas ideas. Por ejemplo, que los electores americanos se han equivocado, que Trump se apoya en masas poco menos que analfabetas, que el populismo, la ignorancia, la xenofobia, el racismo, la homofobia y el fanatismo religioso explican lo inexplicable. La abstención de las minorías, la postverdad y otros conceptos similares flotan en los primeros análisis ante tamaño asalto a la racionalidad. Igual hasta vemos en los próximos días reflexiones sobre el valor de la universalidad del voto y su papel en las democracias modernas, tal y como ya empezamos a sufrir cuando el resultado de algún referéndum ( Grecia, Brexit…) no termina tal y como las élites habían previsto.

En Estados Unidos (como en Europa) la desigualdad es una brecha insalvable y creciente. Las perspectivas de su economía postcrisis aboca a las generaciones criadas en los prósperos años 50 a un presente en el que han de mantener con sus ahorros a los millennials. La globalización les ha traído tanta oferta de productos baratos como empleo precario. Las infraestructuras de transporte, los tejidos productivos y hasta ciudades enteras amenazan con desmoronarse para siempre y las clases blancas trabajadoras nada esperan ya de las promesas del Partido Demócrata.

Fueron esas clases las quienes en su día auparon a Bill Clinton a la presidencia. Como casi nadie recuerda, dieron también su apoyo hace 8 años a Hillary Clinton en la carrera por la nominación, situando su perfil a la izquierda de Obama. Pero el clamor que resume la frase “no nos representan” no es escuchado. ni asumido, ni reelaborado políticamente hoy por el aparato demócrata, con la salvedad de Bernie Sanders.

Al final, resulta que los guionistas de series y películas tienen mejor oído que los políticos progresistas. Cintas sobre catástrofes, plagas, apocalípticas invasiones extraterrestres, superhéroes milagrosos llamados a salvar lo que los poderes terrenales no saben enfrentar y sociedades zombificadas y sin esperanza trufan las carteleras y el netflix. Nos asusta la extensión del virus de la manipulación y la demagogia, la pandemia de ignorancia y el patriotismo de visera. Y acabamos enfentados a una elección que aparentemente sólo nos permite votar miedo o votar orden. Trump no es el problema, no es la enfermedad. Es el efecto secundario de la indiferencia y la falta de respuesta a las demandas de las clases populares de Estados Unidos. De esa “gente” que protagoniza el preámbulo de la Constitución americana.

No se trata de Trump