martes 20.08.2019

Otra trampa para ocultar la contradicción principal

Las relaciones con el resto de especies con las que compartimos el planeta, tiene raíces históricas y culturales, que se originan en nuestra capacidad de trabajo sobre la naturaleza

Las exageraciones radicales de los seres humanos llamados animalistas, me motivan a tratar de esclarecer mis ideas y la mejor forma que encuentro es escribir y compartir. Nos convertimos en sapiens transformando la naturaleza, creamos herramientas para hacer herramientas, domesticamos animales, criamos especies que necesitamos para subsistir y muchas expresiones culturales están relacionadas con otras especies. En principio, mi mente racional me lleva a diferenciar los animales salvajes de los domesticados (¿obvio, no?), y en la escuela aprendimos a diferenciar los de compañía de los que producen beneficios alimentarios o de otro tipo. Algunos existen tal cual los hemos creado a partir de especies primitivas muy modificadas por la misma convivencia entre animales y  humanos durante siglos, en diferentes medios naturales también adaptados por los sapiens.

De acuerdo con perseguir cualquier tipo de crueldad, maltrato, abandono, cualquier sufrimiento innecesario que se pueda infringir a otras especies, pero de ahí a otorgar derechos a los animales me parece una perversión del significado de Derechos. Con lo que han costado algunos derechos humanos como conquistas de la humanidad, con los retrocesos que tenemos que combatir en todo el planeta, es un atentado contra la propia especie esa defensa a ultranza o el ponerlos por delante de los seres humanos. Si desarrollamos una defensa férrea de los animales salvajes para protegerlos, sobre todo de la extinción, o cuando no son imprescindibles para nuestra subsistencia, puede concitar muchas voluntades. Los de compañía, en cambio, no parece que susciten mucha uniformidad porque reciben tanto cariño como rechazo de diferentes personas, desde un afecto enfermizo a miedos fóbicos, desde relaciones naturales de cuidado hasta los maltratos que hay que perseguir, con abismos entre los comportamientos en las diferentes culturas.

El contexto económico y social, histórico, es siempre una guía, no es lo mismo cazar elefantes que cazar conejos cuando son una plaga, no es lo mismo matar leopardos para hacer abrigos de pieles ahora con todos los avances de la industria textil que en la prehistoria donde no existía otra forma de evitar el frío. No es lo mismo maltratar ahora un caballo o una mula para arrastrar un carro en el mundo desarrollado que donde no tienen otra cosa para transportar enseres, agua o grano. No es lo mismo matar un lobo porque te ha destrozado las ovejas que cazarles por deporte, no apruebo ni lo uno ni lo otro,  pero habrá que buscar las formas de convivencia más adecuadas para que no mueran ni las ovejas ni los zorros ni los lobos.

Los animales domesticados para nuestra alimentación existen tal cual porque los criamos y los cuidamos, si no ya hubieran perecido por acciones de depredadores o evolucionado de otras formas. ¿Cómo serían las vacas o las ovejas de la prehistoria abandonadas a su suerte? Los perros o los gatos serían salvajes. Lo mismo el toro de lidia, nos guste o no la fiesta taurina, esa raza se hubiera extinguido o estaría en las praderas con los bisontes, sirviendo de alimentación a otras especies. No obstante, no se puede defender sólo por el hecho de ser una tradición, porque otras tradiciones crueles o salvajes han desaparecido cuando la sociedad humana ha evolucionado (los duelos o el circo romano) hacia la civilización. Tampoco se puede aceptar como signo de españolidad, ni como hecho cultural defendible a capa y espada, porque ni es tal general su aceptación ni tiene las mismas connotaciones en todas las regiones. No es admisible la presencia de menores en las corridas de toros pero puede ser aceptable en otro tipo de festejos menos sangrientos. Es tan legítima la defensa como el ataque como hecho cultural, como ha ocurrido con otras “costumbres”.

El sentido común y la pluralidad, que tanta falta hacen en nuestra sociedad, serían buenos consejeros, al igual que el abandono de las generalizaciones, sobre frentes numantinos que no conducen a ninguna solución, acerca de unos hechos que como especie sapiens tenemos la obligación de explorar. Explorando las diferencias entre la especie humana y las especies no humanas, incluso con las que compartimos más carga genética estudiadas por la neurociencia, demuestran nuestra capacidades para continuar generando nuevas conexiones neuronales durante la vida adulta, mientras que en el resto de los mamíferos se detiene y sus posibilidades son limitadas. Nuestra herencia cultural va a condicionar las especies que consideramos más cercanas e incluso se diferencian en cuanto a ser o no ser fuente de alimentación (comparemos la India con Argentina con las vacas)

En suma, las relaciones con el resto de especies con las que compartimos el planeta, tiene raíces históricas y culturales, que se originan en nuestra capacidad de trabajo sobre la naturaleza. Quizás, las reflexiones deberían de plantearse acerca de nuestras acciones de modificación del planeta, abarcando todos los aspectos sobre los que ejercemos influencia con nuestras intervenciones. Es nuestro hábitat. De ahí a considerar a los animales como nuestros iguales, sería una negación de las creaciones que han construido las civilizaciones humanas. Puede haber seres humanos que se rebelen contra su especie, algunas veces parece razonable viendo algunos especímenes. Vázquez Montalbán una vez que una periodista insistía demasiado en preguntarle sobre su familia, estilo prensa del corazón, le dijo que tenía sólo un hijo porque era la forma de que la especie se extinga.

En conclusión, los animales no tienen derechos, los derechos son unas creaciones sociales específicamente humanas conseguidas con grandes sufrimientos; los animales tendrán los niveles de protección que les otorguemos, sin generalizaciones porque tampoco son todos iguales entre sí. Protección, perseguir el maltrato, educar en el respeto, son objetivos claves. Exagerar en defensa de los animales, es la enésima fórmula para ocultar las contradicciones principales de nuestra sociedad que generan las mayores desigualdades económicas, sociales y culturales que afectan a los seres humanos y que producen situaciones de vulnerabilidad en tanta gente; es doloroso que alguien equipare el derecho a la vivienda, por ejemplo, con la protección de los animales.

Otra trampa para ocultar la contradicción principal