sábado 4/12/21

¡Populistas!

En nuestro país el término populismo se ha puesto de moda para denostar y descalificar a determinado partido. Cualquier acontecimiento social es aprovechado por periodistas acomodados para, mediante la palabra mágica “populista”, generar miedos y emociones negativas en las mentes de sus oyentes y lectores. Esta palabra se ha convertido en el argumento más fácil  y malévolo para tapar realidades y evitar verdaderos debates que pudieran ser útiles para la sociedad.

Populista significa “perteneciente al  pueblo”,  por lo que,  por sí mismo, el término no tendría que suponer ninguna connotación peyorativa; otra  palabra democracia: “poder del pueblo”, atribuye al pueblo el poder político y es ensalzada por todos y temidos los efectos de su debilitación. Populista según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua es definido como “perteneciente o relativo al populismo”. Y populismo como “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares.” Sin embargo, se pretende hacer ver a la población y destacar, que quien emplea las necesidades, las frustraciones, la indignación o la necesidad de eliminar la corrupción de la vida pública lo hace de un modo interesado, para sus propios fines partidistas y no como propuestas de solución para los verdaderos problemas de los ciudadanos de una país que claman por unos derechos y libertades o estado de bienestar social que pudiera haberse perdido o perderse. Esta intencionalidad peyorativa del populismo entiende que las propuestas de igualdad social que pretenden favorecer a los más débiles es un uso instrumental de los partidos políticos que enarbolan estas necesidades ciudadanas en beneficio propio.

En principio, como se ha dicho, no es un término al que se le encuentre un lado negativo. No obstante, en el ámbito político, el populismo apela a la intención de ganarse al pueblo mediante promesas que nos se van a cumplir. La demagogia consiste en apelar a prejuicios emociones, miedos y esperanzas de los ciudadanos para obtener el apoyo electoral con finalidad principalmente electoralista. Lo gracioso de esta argumentación es que nos lleva a considerar populistas, con evidencia empírica, a aquellos partidos políticos que ya han asumido la tarea de gobernar y no han cumplido sus promesas electorales. Y son precisamente estos partidos los que vienen etiquetando de populistas a aquellos que todavía no han gobernado, porque consideran, en aras a su propio interés, que sus propuestas son incumplibles. Sin querer, no obstante, reconocer que ellos ni cumplieron sus promesas, ni sus actuaciones han servido para alcanzar los objetivos que se propusieron.

En el ámbito político, por tanto, se emplea el término populismo para atacar o denostar al adversario de manera interesada y supone una especie de espejo que sólo proyecta la realidad de aquel que los está denunciando y,  realmente,  sólo procura un mayor número de votos al propio denunciante. Y es que quien denuncia sólo tiene intención de transmitir a la población la descalificación del otro y, si se analiza un poco más nuestra realidad política, lo hace mediante una transferencia de sus propios actos. Estos denunciantes son capaces de defender, al socaire de sus metas, la necesidad política y económica de que unos ganen miles de euros diarios y otros no los ganen en su vida, defender la sinrazón de muertes inútiles dentro y fuera del Mediterráneo y guerras sanadoras, defender que los pobres se  lo merecen mientras los ricos multiplican sus riquezas sin esfuerzo y especulando adictivamente.

¿Es populista aquél que procura el bien del pueblo? ¿Quién y en base a qué se considera que las propuestas son o no posibles a priori? ¿Qué evidencias pueden aportar los que tienen siempre en boca la palabra populista para manipular a la población con su marketing verdaderamente populista? ¿Por qué siempre son los otros los que están equivocados? El respeto a las ideas de todos los ciudadanos es la base de la democracia. Pero, la falta de compromiso con la verdad y la desidia en el esfuerzo son el soporte de las posturas intolerantes y poco democráticas. Se requiere una cultura ética para poder conseguir un mundo mejor para todos y evitar los riesgos que apuntan a un colapso irremediable si seguimos con posturas egoístas e insolidarias. Einstein ya nos adelantó que “Sin ética no hay esperanza para la humanidad.”

El meollo y el soporte del pluralismo político son el diálogo, la tolerancia y el respeto. Utilizar la palabra “populista” en términos peyorativos no dice nada a favor de aquellos que la usan para esconder sus debilidades, sus intenciones y sus embustes. Sin embargo, estos son los que siguen sacando réditos en forma de votos y siguen gobernando a pesar de ser la imagen precisa y bien conformada de lo que ellos llaman populismo. El manoseo de las palabras va en contra de la verdad y así de tanto abusar del término populista estamos, incluso, desgastando también la DEMOCRACIA.

¡Populistas!