viernes. 19.07.2024

Una estabilidad dinámica y creadora

Hacer juegos malabares puede tener un resultado desastroso. En política es difícil unir una cosa y su contraria, por mucho que los extremos se atraigan.

Es el momento de llegar a acuerdos. No es el momento de perder tiempo. En nuestro país hay urgencia para solventar problemas que no pueden demorarse. No podemos vivir en campaña política eternamente. No podemos permitirnos unas nuevas elecciones que suponen un coste inasumible y un desgobierno con una inercia preocupante. La desigualdad y la pobreza que se nos ha instalado y amenaza con seguir incrementándose no admite más demora. Las cadenas de la deuda siguen engrosándose e inmovilizando el desarrollo de nuestra sociedad. Las elecciones del 20-D trajeron un cambio político. Han sustituido el conservadurismo de un rodillo político que bloqueaba cualquier atisbo de debate indagador de nuevos caminos que nos llevaran a mejoras sociales, por un equilibrio incierto de fuerzas políticas que, de momento, un día ponen el fiel de la balanza en políticas conservadoras y otro en el lado contrario de las políticas de cambio y a favor de las personas.

Pero este balanceo no debe preocuparnos, como nos dice Daniel Innerarity “la democracia es un equilibrio entre acuerdo y desacuerdo, entre desconfianza y respeto, entre cooperación y competencia, entre lo que exigen los principios y lo que las circunstancias permiten. La política es el arte de distinguir correctamente en cada caso entre aquello en lo que debemos ponernos de acuerdo y aquello en lo que podemos e incluso debemos mantener en desacuerdo (1)”. La obcecación puede llevarnos a conseguir efectos perversos que anulen los deseos de cambio y eche por tierra cualquier avance en los derechos sociales. Lo único que según mi criterio nos debe preocupar es no saber cubrir las necesidades de la ciudadanía, no saber ver la luz entre tanta opacidad y corrupción, no saber elegir la buena dirección.

Hacer juegos malabares puede tener un resultado desastroso. En política es difícil unir una cosa y su contraria, por mucho que los extremos se atraigan. Sin embargo, hay quien sigue haciendo campaña electoral con el miedo y hay quien con su indecisión piensa que se puede gobernar mirando a la derecha y a la izquierda. No me cabe duda de que siempre puede haber acuerdos para temas concretos o decisiones asumidas por todos mostrándonos ya que el sentido común puede ser algo más común y puede ser asumido por cualquier ciudadano, siga a un partido u otro. No obstante, un gobierno de cambio tiene que tener claras sus líneas básicas, su ética mínima, tiene que tener claras sus políticas y éstas no pueden ser bidireccionales, es decir que persigan modelos contrapuestos.

Los cuatro últimos años nos han demostrado que un partido sin control y a base de rodillo parlamentario, en un mundo dónde el dinero sigue siendo el mayor imán, puede suponer un peligro cierto para la democracia y los ciudadanos que la conforman. Una democracia, sin duda, “más que un régimen de acuerdos, es un sistema para convivir en condiciones de profundo y persistente desacuerdo. Ahora bien, en asuntos que definen nuestro contrato social o cuando se dan circunstancias especialmente graves los acuerdos son muy importantes y vale la pena invertir en ellos nuestros mejores esfuerzos” [...] ”los desacuerdos son más conservadores que los acuerdos; cuanto más polarizada está una sociedad menos capaz es de transformarse. Ser fiel a los propios principios es una conducta admirable, pero defenderlos sin flexibilidad es condenarse al aislamiento (2)”. Estos cuatro últimos años no ha habido voluntad ciudadana, no ha habido democracia, no ha habido pactos entre los partidos políticos, no ha habido búsqueda de acuerdos. Se ha gobernado en soledad y el que busca la soledad termina encontrándose sólo y sin nadie con quien acordar.

La lucha por el poder está obligando a los partidos a buscar alianzas y pactos. Se olvida, no obstante, lo más importante; que buscar acuerdos puede ser un camino que se apoye en la diversidad existente en nuestra ciudadanía, en nuestra sociedad, reflejada en las últimas elecciones.  Además “En muchos ocasiones llevar la contraria es una automatismo menos imaginativo que buscar el acuerdo. El antagonismo ritualizado, elemental y previsible, convierte a la política en un combate en el que no se trata de discutir asuntos más o menos objetivos sino de escenificar unas diferencias necesarias para mantenerse o conquistar el poder” [...] “los que discuten no dialogan entre ellos sino que pugnan por la aprobación de un tercero (3)”. Los desacuerdos se escenifican ante los espectadores y suponen una lucha por el poder que olvida realmente el fin último de las elecciones que no es estar permanentemente en campaña sino el de conformar un Gobierno que ponga en marcha medidas que hagan posible una sociedad mejor y más justa.

De nuevo con Daniel Innerarity hemos de concluir tristemente que “A diferencia de los sistemas políticos en los que se reprime la disidencia, se obstaculiza la alternativa o se ocultan los errores, un sistema donde hay libertad política tiene como resultado una batalla democrática en virtud de la cual el espacio público se llena de cosas negativas –unos critican a otros, los escándalos se magnifican [y arriman el ascua al interés de cada parte], la protesta se organiza, nadie alaba al adversario, la honradez es noticia, la gente tiende a hacer valer sus intereses lo más ruidosamente que puede—y es conveniente que saquemos de todo ello las conclusiones correctas (4)”. Y las conclusiones correctas deben sacarse de la lectura de los programas y de las medidas e instituciones que se pongan en marcha para una aplicación de las mismas. No vale votar por votar. Tampoco parece razonable que los proyectos sean inamovibles que estén labrados en piedra. Debe haber flexibilidad, sentido común, honradez, respeto a las personas y sobre todo la búsqueda del bien común.


(1) Innerarity, Daniel (2015:153), La política en tiempos de indignación. Galaxia Gutenberg.

(2) Ibídem (2015:141)

(3) Ibídem (2015:142)

(4) Ibídem (2015:155)

Una estabilidad dinámica y creadora