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martes. 05.07.2022

¿Será el PSOE rehén del PP de Rajoy?

Estos días hemos estado oyendo a dirigentes “de toda la vida” del PSOE echar la culpa del “fracaso electoral” a Pedro Sánchez. Quienes llevan años al frente del partido, en diferentes órganos, se rebelaron contra la dirección de Pedro Sánchez por no haber asumido responsabilidades después de las elecciones de Galicia y Euskadi, y de las generales de diciembre de 2015 y junio de 2016.

Una parte importante de ellos estaban ocupando cargos de dirección en mayo de 2010, cuando se produjo el giro dado por Zapatero. No recuerdo a ninguno de ellos oponiéndose ni a la reforma laboral, ni a las diferentes medidas de ajuste que adoptó ese gobierno, cuando el giro que se dio a la orientación de las medidas económicas y laborales fue de ciento ochenta grados.

Algunos de los actuales miembros del Comité Federal pudieron escuchar el 30 de enero de 2010 el discurso de Zapatero en el que hablaba de las medidas contracíclicas puestas en marcha y de las trescientas mil personas paradas que, después de haber agotado sus prestaciones, podrían acceder a una nueva prestación. Después de decir que el objetivo del proyecto socialista es siempre incrementar la protección social, la cohesión social, y la igualdad de oportunidades, afirmó que el límite del ajuste del déficit son las políticas sociales, por supuesto incluidas las nuevas políticas sociales  desarrolladas en esos años.

Algunos también pudieron escuchar su comparecencia urgente para informar de la reunión extraordinaria del Eurogrupo, del 7 de mayo de 2010, en relación con el rescate de Grecia y la situación de los mercados financieros en la que anunció el cambio total de política económica y laboral: de medidas contracíclicas a un plan de ajuste.

En las elecciones generales de 2008 el PSOE obtuvo 11.289.335 votos, lo que supuso su mayor votación desde 1977 y el respaldo del 43,6% de los votantes, porcentaje solo superado por el 47,2% obtenido por Felipe González en 1982. Era un voto por una determinada manera de salir de la crisis. El giro adoptado en 2010 tuvo un claro reflejo en las elecciones de 2011: 4.285.824 dejaron de confiar en el PSOE. El 38% de los votantes de 2008 no repitieron su confianza, casi dos de cada cinco personas. Esos votantes perdidos no fueron a Podemos, que aún no existía. Tampoco fueron al PP, solamente aumentó sus resultados en 588.556 votos. Algunos, 716 mil, fueron a Izquierda Unida, pero la gran mayoría se abstuvieron.

La adopción de políticas netamente de derechas como salida a la crisis, políticas que, además, responden exclusivamente a planteamientos ideológicos y son claramente ineficaces, renunciando a dos años de gestión con medidas contracíclicas, ha sido la causa de la pérdida de votos. Los votantes del PSOE eran, en su gran mayoría, votantes de izquierdas y no toleraron esas políticas.

El fallo posterior al batacazo de 2011 ha sido no asumir públicamente ese hecho y no haber realizado una exigencia de responsabilidades en profundidad. El cambio del Secretario General, manteniendo en puestos de dirección y de representación a quienes no se opusieron a esas políticas, hacía poco creíble el cambio de discurso. ¿Cómo se puede creer a alguien que en 2010 justifica la bajada salarial de los funcionarios e, incluso, teoriza sobre la necesidad de una “devaluación interna” que en 2015 diga que es preciso subir los salarios para salir de la crisis? Son esos dos discursos contradictorios realizados por las mismas personas quienes están detrás de la pérdida del millón y medio de votos entre 2011 y 2015. El PSOE podía y debía hacer otros planteamientos pero por otras personas. Era necesario un cambio de dirigentes y representantes para que fuese creíble y eso no se hizo.

Entre 2015 y 2016 lo que le ha salvado electoralmente al PSOE ha sido la actuación de Podemos. Su actuación desde el día siguiente a las elecciones consistió en dificultar la posibilidad de acuerdo entre la izquierda para que, en otras elecciones, quedaran por delante. Dejaron claro que para ellos era más importante el “sorpasso” que gobernar en un segundo plano. Ello, unido a la precipitación de Pedro Sánchez en pactar con Ciudadanos, nos ha llevado a las elecciones de junio de 2016. También quienes han dado el golpe de mano este sábado impidieron en ese momento un gobierno de coalición que englobara a los nacionalistas.

Todo esto se está produciendo en una situación social en la que cada vez es más urgente establecer unas prioridades políticas diferentes: Es acuciante establecer un sistema de protección a las personas desempleadas que no perciben prestaciones que repercuta en atajar la pobreza infantil. Es acuciante establecer sistemas de compatibilización del trabajo con las prestaciones por desempleo que acabe con los trabajadores pobres. Es urgente revertir las reformas laboral, sanitaria, educativa y de la dependencia. Es urgente establecer acuerdos políticos de un nuevo modelo de estado en el que todos estemos cómodos. Es urgente potenciar un nuevo modelo productivo. Es urgente revisar los procedimientos administrativos y penales para erradicar la corrupción.

Estos son, entre otros, los problemas que hay que resolver de manera inmediata. Ninguno de ellos se puede solucionar con Rajoy como presidente. Apostar por otro mandato, implica necesariamente dar la espalda a la ciudadanía. Había otras posibilidades, acuerdos con las demás fuerzas políticas, que es lo que ha precipitado los acontecimientos en el PSOE.

Priorizar los diferentes objetivos es lo que marcará la política de alianzas: si es prioritario solucionar los problemas de pobreza, se podrá pactar con todos aquellos que admitan esa prioridad, no con el PP. Decir, como se ha dicho por varios dirigentes, “yo con independentistas, no hablo”, además de una enorme torpeza política, es priorizar la cuestión nacional sobre la pobreza. En eso ni estoy de acuerdo ni creo que obedezca al ideario socialista.

La situación creada es surrealista. Formalmente se han exigido responsabilidades al Secretario General y se le ha hecho dimitir en pleno proceso de formación del gobierno. El partido ha quedado descabezado. Quienes forzaron esa dimisión, hablan de que es peor ir a unas terceras elecciones y que es mejor abstenerse para que gobierne Rajoy.

Esta abstención implica que ante cualquier desencuentro con el gobierno, y deberían ser cotidianos, tenga solamente el PP la capacidad de convocar elecciones. Podría ocurrir que después de una abstención que provocaría la desafección de buen número de militantes y simpatizantes, a los dos meses se convoquen elecciones.

El PSOE está a merced de la voluntad del PP. Si no se aprueban unos determinados recortes, habrá elecciones; si no se vuelven a bajar los impuestos, habrá elecciones; si no se mantiene el recorte de la sanidad, habrá elecciones; si no se mantienen las revalidas, habrá elecciones; si se deroga la reforma laboral, habrá elecciones; si...si...si, habrá elecciones.

Si hay elecciones, le encontrarán al PSOE desarticulado. Sin candidato ni programa. Sin secretarías sectoriales y con graves problemas en territorios que gobernaba hasta este sábado. Parece que los dirigentes del PSOE no han pensado en lo que podrían hacer los demás el día después del Comité; sólo en lo que podrían hacer ellos.

Esto es por lo que ha optado la mayoría de los miembros del Comité Federal. Ahora solamente cabe exigirles que se apliquen la misma vara de medir que utilizaron “formalmente” con Pedro Sánchez y se comprometan a dejar sus puestos de dirección y sus cargos de representación si no obtienen mejores resultados que los de junio de 2016. 

¿Será el PSOE rehén del PP de Rajoy?