lunes 01.06.2020

La imaginación al poder

Supongo que de una u otra forma todo el mundo reconoce o recuerda este lema que abanderó las movilizaciones estudiantiles del 68. En general se interpreta el eslogan como si fuese la síntesis de una aspiración cercana a lo imposible, que moviliza y propende a ir as allá pero que en el fondo se obtura por la presión inmisericorde del pragmatismo que la cotidianeidad exige. La imaginación al poder vendría a consistir en una declaración de intenciones, no una reivindicación concreta para instalar en los centros de poder a grupos de heterodoxos, de visionarios flipaos.

Para mí que esta visión regresiva del papel de la imaginación es un registro del historicismo moderno que ha convertido la imaginación en una actividad fuera de la órbita del ejercicio político y social, algo etéreo destinado a fomentar la ensoñación que, aunque divertida, puede generar monstruos, como ya nos advirtió Goya en uno de sus caprichos. La aceptación de este mandato destinado a desterrar la imaginación hacia los territorios de la ludicia y si acaso del arte, está presente entre los gestores de las grandes corporaciones económicas, los directores de los grandes medios de comunicación, los diseñadores de los aparatos de la administración del estado, las corporaciones y colegios profesionales, y podría seguir contando los sujetos individuales y colectivos de la vida social en nuestras sociedades que rechazan la imaginación como vehículo del buen gobierno. Podría seguir y no detenerme hasta llegar a contar entre los refractarios a los partidos de uno y otro signo. La imaginación ha sido desechada, y ya solo se encuentra en la práctica artística, en ciertas hazañas de la ciencia y en la fantasmagoría de parte de las religiones.  

Cuando la imaginación se pone en marcha es extraño que se ancle a los despropósitos del pasado, eso es pasto de la convicción, y de convicciones estamos sobrados

Y esto es un problema sistémico, porque el terreno abandonado por la imaginación tiende a ser ocupado por los intereses concretos que tras fases de fricción, se convierten en estrategias de imposición violenta. Donde escasea la imaginación, crece el odio. Lo afirmaba Graham Green en su Poder y la Gloria, el odio no es más que el fracaso de la imaginación. Pero no es que desde esta tribuna apele a la recuperación de la imaginación como fuerza motriz por lo dicho por uno de los grandes de la literatura, es por la percepción clara de que el balancín en el que se mecen imaginación y odio se halla claramente descompensado en favor del último.

Sí, del odio virulento expresado con mayúsculas que azuza el cierre de fronteras a personas que ya han sufrido odio extremo en el bombardeo de sus casas y sus escuelas. Odio cruel que se manifiesta en la persecución de los otros por sus diferencias étnicas, culturales, de género y práctica del sexo, así como por sus creencias. Pero también empuja el balancín hacia abajo ese otro odio de baja intensidad, miserable si se quiere, que amputa iniciativas sociales y arranca losetas con nombres de personas arbitrariamente asesinadas, busca eufemísticas disculpas, recalifica la habilitación de espacios desaprovechados para provecho de amigos y camaradas del partido, convierte a ciertos ciudadanos en “jetas” o redefine la construcción de la condición de la mujer para adaptarla a perfiles aptos muy próximos a personas que por sangre o por delegación ocupan el espacio que debería estar reservado a gente con algo más de imaginación. Quien crea ver en esto a Ayuso, Almeida o Álvarez de Toledo, está en lo cierto. Son odiadores pequeños, pero ayudan a atornillar el sillín del balancín al suelo de la ignominia, el sustrato del odio aniquilador. Digamos que son como los repetidores de señal, su papel no es tramar el odio, sino mantener viva su llama.

¿Son malas personas? No lo creo, simplemente carecen de imaginación, creo que les resulta inaceptable la idea de un mundo alternativo a lo establecido en las catequesis y otras formas de transmisión de la doctrina, literalmente están incapacitadas para abordar un mundo que exija un mínimo de interpretación no prefijada. No pueden aceptar que un mundo mejor que el suyo sea posible. El dolor y la rabia que producen sus interpretaciones son para ellos quejas lastimeras de quienes no llegan a compartir su estadio de felicidad, una felicidad exenta de los interrogantes que la imaginación imprime a cualquiera que se relacione con ella. Hoy la señora Ayuso dice en sede institucional ser la mujer que es gracias a su tenacidad y esfuerzo, y no a ser la señora de nadie, por nadie entiende ser la señora de un señor, olvidando que ella es la señora de Aguirre, pero le falta imaginación para aceptar que una pueda ser señora de otra señora. 

Cuando la imaginación se pone en marcha es extraño que se ancle a los despropósitos del pasado, eso es pasto de la convicción, y de convicciones estamos sobrados. Lo que necesitamos son visiones aceptables de lo que podría ser nuestro mundo sin nada por lo que matar o morir por ello. Y a partir de ahí imagina todo lo demás.

La imaginación al poder, desde luego. Quizás creas que soy un soñador, pero te juro que no soy el único.

La imaginación al poder