miércoles 21.08.2019

Cotorreo

Se entendía cotorrear como ese hablar por no callar, emitir palabras huecas sin valor que solía degenerar en descalificaciones insustanciales. Para compensar la cháchara vacía, se emitían opiniones envueltas en maledicencias de forma que la cacofonía del emisor captase la atención del oyente por el morbo del malvado comentario. Y así se genera un discurso sin contenido, que suena más bien a pedo, pero que consigue crear una incertidumbre puntual. Se trataba de despellejar a alguien por el gusto de pasar el rato, sin medir las consecuencias. Cotorrear estaba mal visto, aunque formaba parte de los pecados veniales porque en general la intencionalidad no era otra que la de gastar tiempo y conseguir crear un ambiente de emoción en situaciones objetivamente aburridas. Plazas de pueblo y horarios de verano son el caldo de cultivo ideal para cotorrear. Si la venialidad era sobrepasada, cosa que ocurre por la pasión puesta por algunos de sus practicantes, la reprimenda recibida no va más allá de ser reconocido por todos como “engorrinador”, y punto.

Pero ahora hay una nueva acepción que está sintonizada con la invasión del ave subtropical que está inundando parques y jardines de manera alarmante. Quienes sufrimos esta intromisión caracterizada por un escándalo continuo que anula todo otro sonido ambiente, creo que sabemos de qué hablamos, aunque empezamos a no oírnos.

El avechucho infernal, del que tomo como ejemplo la estrategia que siguen otros colectivos de pájaro, pero esta vez pájaros de mal agüero, coloniza un territorio que le es ajeno y se aprovecha. Si, ya sé que suena a C´s y Vox , claro que son ejemplo de ello: aprovecharse de la coyuntura para engorrinar haciendo ruido y soltando por esa boquita lo que no está escrito. Los pajarracos distorsionadores de la realidad han llegado aquí por una casualidad, como en el caso de los que vuelan, por un accidente ecosistémico, el autoritarismo se sube a nuestras parras aprovechando el desánimo que el mundo moderno produce en nuestras sociedades, y en lugar de plantear corregir las consecuencias, desde lo alto del árbol comienza a graznar (o como se llame lo que hacen la cotorras) cada vez más alto, cada vez con menos sentido, pero cada vez de manera más aturdidora. Y el ruido y la desinformación se incorporan al entorno. Para cuando quieres darte cuenta no es posible discernir de dónde viene ese runrún y si tiene o no algún fundamento.

El desagradable pajarito además ha mostrado otras utilidades en su estrategia, por ejemplo la de enraizarse, la de verse protegido por las condiciones del entorno que ha colonizado. La legislación de protección de las especies está provocando el que los ayuntamientos y otras entidades encargadas del control de plagas, se vean impotentes para abordar con eficacia la presencia de estos molestos advenedizos, pues aun siéndolo, están blindados por una legislación pietista. No se les puede erradicar a plomazos como se planteó en Sevilla en determinado momento.  

Los voceros engorrinadores del autoritarismo, que se aprovechan del fair play de las sociedades democráticas para insertar un discurso que acabará con el propio sistema democrático si llega a sus últimas consecuencias

Así ocurre con los voceros engorrinadores del autoritarismo, que se aprovechan del fair play de las sociedades democráticas para insertar un discurso que acabará con el propio sistema democrático si llega a sus últimas consecuencias. Reclamando libertades de prensa y de opinión, mienten, tergiversan, falsean, fabulan y, llegado el caso, promueven distorsiones de la realidad como la del karateca justiciero. Si algo contraviene su propuesta entonces adoptan la actitud del ofendidito y redoblan el cotorreo hasta que ya no puede soportase tanta estridencia.

La cotorra es un problema grave que trasciende el de su irritante canto, es un problema porque desplaza a otras especies que han formado parte estable de ecosistemas en cierto equilibrio. Las cotorras rompen el equilibrio en beneficio propio. Y en esto los grupos autoritarios siguen a pie juntillas la estrategia verderona: desplazar a los grupos asentados que tienen su caracterización lograda con años de articulación social. Ellos no lo necesitan, gritaré y gritaré y tu puerta derribaré parece que se dicen. El insulto y la descalificación junto a la búsqueda constante de algo de lo que pueda quejarme como ofensa imperdonable están creando en nuestro sistema social el mismo efecto sonoro que la cotorra ha conseguido imponer en todo parque y jardín. 

Existen más concomitancias entre pajarracos y pajarillos como decía Pasolini, en ambos casos se necesita un iniciador para provocar la temible colonización. Unos pocos imbéciles con escaso conocimiento del peligro que acecha a las poblaciones cuando un sujeto agresivo entra en contacto con ellas provocaron la terrible colonización que sufrimos, y en el caso de las cotorras argentinas también.

Cotorreo