domingo 21.07.2019

La homofobia que no cesa nunca

Nunca dejaré de insistir cómo el fundamentalismo católico es el único colectivo que en este país lleva desde los tiempos de la Transición intentando negar derechos a los ciudadanos y ciudadanas​

@Montagut5 | La FGLTB nos contaba hace un año en su Informe sobre Delitos de Odio e Incidentes Discriminatorios por Orientación Sexual e Identidad de Género en España, que habían aumentado las agresiones, especialmente contra los más jóvenes en este país. En los medios de comunicación estamos viendo y leyendo noticias, ciertamente preocupantes, de agresiones verbales y físicas contra gays, lesbianas y transexuales de forma periódica. El avance en el reconocimiento de derechos y el progreso en la legislación provocan en determinados individuos, sectores o grupos un mayor rechazo, más recelo y la reafirmación de su intolerancia, fruto de una educación sexista, retrógrada, y condimentada por los propios complejos. Pero siendo esto muy grave, nos parece más aún y, profundamente lamentable, la recurrente homofobia de un sector importante de la Iglesia Católica. Al parecer, ente los distintos factores que estarían socavando la familia en Occidente se encontraría un supuesto “imperio gay”, una especie de lobby o secta secreta, en contubernio con las tradicionales feministas, que siempre estarían presentes luchando contra los modelos tradicionales. Los fundamentalistas y la derecha más rancia emplean estos argumentos desde hace mucho tiempo. Recordemos el contubernio judeo-masónico-comunista, algo disparatado para una mente medianamente despierta, dedicado a ocupar puestos de poder, inoculando ideas en el pueblo, maniobrando entre los entresijos con el fin de traer peligrosas democracias y repúblicas, trabajar para la destrucción de la patria, fomentar el anticlericalismo visceral, en fin, promover la destrucción de los valores eternos, etc. Ahora el nuevo contubernio desea cargarse lo más sagrado, más aún que la patria, la propiedad o la religión, esto es, la familia.

Un grupo de fundamentalistas católicos ha triunfado mediáticamente empleando un conocido medio de locomoción para sembrar odio por las calles, protagonizando enfrentamientos y ocupando mucho espacio físico y virtual, modernizando el lenguaje y los métodos tradicionales de la caverna, si se nos permite recurrir al viejo término empleado por los liberales. Ahora mismo, sus seguidores están más preocupados por la difusión de la denominada “ideología de género”, desarrollada, supuestamente, a través de las leyes contra la discriminación, que por la corrupción, por ejemplo. Ya se sabe que cada uno tiene sus prioridades. Un gay, una lesbiana, o un transexual socavan los pilares fundamentales de nuestra civilización frente a los que saquean las arcas públicas, prevarican, sobornan o acumulan en paraísos fiscales donde el único arco iris que existe es el del color de los billetes.

En realidad, cuesta entender cuáles son las estrategias y armas que los gays, lesbianas y transexuales han desarrollado y desarrollan para arruinar a las familias españolas. Todo se reduce al reconocimiento de derechos, a la visibilidad y a la asunción por los poderes públicos de políticas contrarias a la discriminación, siguiendo escrupulosamente los principios que informan nuestro sistema político, nuestros valores de libertad e igualdad, asumidos por los españoles. Una cosa es aceptar que no se persiga policial y judicialmente a los gays, y otra muy distinta que puedan ir por la calle de la mano y con un hijo adoptado, buscando una farmacia abierta para encontrar un chupete salvador. Es harto complicado entender, insistimos, cómo los gays solteros, casados o viudos atentan contra la familia en España: ¿fomentan leyes contra los matrimonios considerados decentes, o presionan para que se penalice fiscalmente el matrimonio entre personas de distinto sexo?, ¿están obligando a la ciudadanía a ser gay, y con qué supuestos peligrosos métodos?, ¿tienen preferencia los matrimonios de personas del mismo sexo sobre los otros?, ¿agreden los gays a padres y madres casados en las puertas de los colegios o de las parroquias?, etc.. Si no fueran insultos intolerables en una época de violencia renacida, las declaraciones del fundamentalismo católico serían hilarantes o, cuando menos, grotescas, impropias de personas que, supuestamente, han dedicado la vida al estudio, la meditación o que poseen un mínimo de formación, pero los prejuicios, ya se sabe, pueden más, aliñados con inventadas teorías psicológicas sobre los supuestos traumas de los chicos y chicas en su infancia en relación con sus padres, como explicación de su “inversión sexual”.

Nunca dejaré de insistir cómo el fundamentalismo católico es el único colectivo que en este país lleva desde los tiempos de la Transición intentando negar derechos a los ciudadanos y ciudadanas. ¿Nos hemos olvidado de lo que ocurrió con la tramitación de la ley del divorcio en tiempos de la UCD, por poner un ejemplo?, ¿qué derecho tenían para impedir que los ciudadanos que lo deseasen pudieran divorciarse?

Lo grave de las declaraciones de jerarcas eclesiásticos o de los defensores de organizaciones fundamentalistas es que fomentan la homofobia latente en nuestra sociedad y dan alas a quienes no entienden la diversidad en esta vida. Realizan declaraciones de intolerancia supina y sumamente violenta, de esa violencia que las personas y sectores hiperconservadores aprecian y emplean con gusto porque no se basa en nada físico, sino que se ampara en la libertad de expresión, pero que hiere profundamente a los demás, y que, por supuesto, puede derivar en violencia física a través de terceros, la brutalidad a la que nos referíamos al principio. Eso sí, si algún activista o grupo realiza acciones contra la Iglesia como institución o fomenta la blasfemia, rápidamente reaccionan porque se vulneran sus derechos, hacen declaraciones apocalípticas y acuden presurosos a los tribunales. Tener que volver a tratar sobre estos asuntos a estas alturas, en medio de graves problemas políticos, sociales y económicos, es inaudito y hasta cansino, y me asombro yo mismo por tener que recurrir a los mismos argumentos. Estos sectores reaccionarios de la Iglesia Católica no sólo intentan imponer sus modelos morales al resto de la ciudadanía, sino que, además, insultan sin ningún rubor a quiénes tienen otros modelos de vida y otros gustos y querencias. No se puede bajar la guardia nunca, y menos en los momentos del oropel del Orgullo, eso sí, bien instrumentalizando por el mercado, cuestión que daría para realizar críticas en otro sentido. En todo caso, siempre es mejor manifestarse y salir a la calle envuelto de arco iris, a pesar de sponsores y mercantilismo, que ser invisibles, y permitir que la eterna caverna se salga con la suya. Por el presente, y el futuro, sin olvidar a quienes sufrieron tanto la persecución, el odio, la infamia y hasta perdieron la vida, hoy nos manifestamos heterosexuales y gays, no contra el derecho de nadie, sino por el de todos y todas.

La homofobia que no cesa nunca