domingo 05.04.2020

Operación Chamartín. Prótesis frente a acupuntura

Chamartín puede calificarse de error urbanístico, de territorio invadido y agredido por los poderes financieros amparados por los poderes políticos...

Nuestros sueños megalómanos de hoy pueden crear monstruos urbanos mañana

La Operación Chamartín es un grave atentado contra Madrid. Es rechazable políticamente, tanto por su contenido como por sus promotores y el costo previsto para su desarrollo. Rechazable por el momento en que se proclama la aprobación del Plan Parcial que la sustenta jurídicamente (?) y la firma de un convenio urbanístico para su gestión y ejecución suscrito por la CAM, el Ayuntamiento, Renfe y DUCH (sociedad liderada por el BBVA). Una decisión que se adopta con una sospechosa celeridad y opacidad a menos de cien días de unas elecciones municipales y autonómicas en las que se anuncia, con un alto grado de probabilidad, un cambio de signo político, ideológico, en nuestros gobernantes. Una ofensa grosera y desleal al juego limpio democrático. Una falta de elegancia.

Igualmente rechazable por su dimensión y diseño urbano, faltos del más mínimo rigor disciplinar. Un encadenamiento de pequeños manhattans, una mezcla de tipologías diversas copiadas de revistas y tarjetas postales. Súmese a esto el que la pieza clave de este nuevo desarrollo es una inmensa y costosa losa de hormigón que cubre gran parte de las instalaciones ferroviarias. Una losa sobre la que se implanta el “parque central” de la nueva ciudad, evidenciando una falta de cultura botánica, unida a la incultura urbana. Desde el postmoderno Bofill de 1993, ya rechazable, al día de hoy, cada nuevo diseño urbano ha ido de mal en peor.

Previo a un análisis disciplinar, creo necesario exponer muy sucintamente un concepto, la resilencia, y dos metáforas, la prótesis y la acupuntura.

La resilencia es un concepto nacido de la mecánica de materiales y, especialmente, de la teoría de la elasticidad, que se ha extendido a la ecología, la sociología, la psicología e incluso la gerencia empresarial. Denominados resilencia a la capacidad de una viga, un árbol, una persona o un grupo social para recuperar su forma inicial, organización y funciones, tras sufrir una deformación producida por una fuerza o circunstancia externas cuando esta causa desaparece. Más próximo a nuestro tema, cabe referirse a la resilencia de los ecosistemas urbanos, ligada al concepto de sostenibilidad. Una ciudad es tanto más resilente cuanto más diversa es en todos sus componentes físicos y sociales; más compuesta por unidades esté, con una cierta autonomía, con una “estructura de gobernanza descentrentralizada”, pero no transformadas en guetos; más capacidad de retroalimentación tenga; más rica sea en capital social, entendido como la trama establecida entre el poder institucional y las redes sociales, “a través de plataformas y mecanismos que faciliten la participación de la ciudadanía y sus diferentes formas asociativas”; entre otros. (“La resilencia de los ecosistemas urbanos: una propuesta de evaluación para la sostenibilidad”. Tesis de Maestría de Marta Suárez Casado, 2012).

En el debate urbanístico suelen aparecer dos metáforas, un tanto simplonas, traídas de la medicina: la prótesis y la acupuntura. La primera se refiere a las grandes implantaciones de un nuevo desarrollo, potente por su dimensión y contenido en relación con la ciudad en que se asienta, sean incrustaciones en el tejido ya consolidado, sea como un añadido en sus bordes más o menos definidos. Por el contrario, hablamos de acupuntura cuando nos referimos a intervenciones puntuales de tamaño pequeño y medio, dispersas por la ciudad, cuyos efectos positivos se extienden más allá de sus límites enriqueciendo, recualificando, el entorno y, a veces, la ciudad entera. En estos casos cobra plena vigencia el concepto de “proyecto urbano” tal como lo entendió y definió Manuel de Solà-Morales.

Chamartín pertenece a la familia de las prótesis por su dimensión, contenido y forma, aunque, si nos referimos solo a la forma, cabe más bien calificarla de excrecencia, de un flemón urbano.

Un nuevo paradigma, forzado por la aguda crisis financiera que golpea el planeta, está presente hoy en el discurso urbanístico: construir sobre lo construido, hacer ciudad en la ciudad existente. Olvidemos la expansión dispersa de la ciudad sobre suelos vírgenes, que demanda nuevas y costosas infraestructuras y un gran consumo de recursos energéticos, junto con la ocupación indiscriminada del territorio y la expoliación del paisaje. Rentabilicemos la riqueza espacial, económica y social de nuestras ciudades, sus calles, sus edificios, sus ciudadanos y sus instituciones. La historia de la ciudad puede entenderse como un palimpsesto, como una serie de capas superpuestas que van configurando la nueva ciudad sobre la heredada.

Paradigma que conduce a un renacer de la austeridad como virtud y no como cobertura de una autodestructiva obsesión contra el déficit, que conlleva la degradación de la calidad de vida de los ciudadanos, justifica el recorte de derechos y la privatización de servicios sociales básicos. “Una agresión organizada que llamaremos austeridad”, dice Saskia Sassen. Recuperar un urbanismo de la austeridad que acuñó hace años Campos Venutti. Un saludable cambio de paradigma que puede desvirtuarse, banalizarse, cuando este hacer ciudad en la ciudad es solo un camuflaje de una agresión, una invasión por el poderoso bloque inmobiliario que, agotada la rentabilidad del crecimiento indiscriminado, descubre un nuevo nicho de negocio en la ciudad existente, aprovechando las rentas de situación. Chamartín responde a esta perversión. La apropiación de un inmenso territorio de nuestra ciudad para un gran negocio especulativo amparado por el poder político.

En momentos de gran incertidumbre frente al devenir económico, social y político, en los próximos años o décadas en los que, como réplicas violentas del terremoto actual, pueden repetirse crisis económicas y políticas que golpeen gravemente a nuestras ciudades. Las grandes dimensiones, fuertemente ancladas en el suelo y rígidamente construidas, soportadas por ingentes recursos técnicos y financieros, tienen poca resilencia, poca capacidad de recuperar su forma una vez pasada la dolorosa sacudida. Tras el golpe suele quedar una ruina más que se sumaría a las múltiples que la burbuja inmobiliaria ha dejado sembradas en nuestro país. Un desolado paisaje.

Nuestros sueños megalómanos de hoy pueden crear monstruos urbanos mañana.

Cabe afirmar que ganamos resilencia, al mismo tiempo que sostenibilidad, cuando las grandes magnitudes se fraccionan en un conjunto de pequeñas actuaciones. Los ecologistas suelen utilizar el símil del Titanic. Frente al imprevisto choque contra un iceberg, hubiera tenido más capacidad de reacción, más capacidad de resistencia, una flota de pequeños paquebotes que el gigante lujoso y ostentoso. En la ciudad ocurre algo parecido. Descompongamos la superficie, contenidos y recursos financieros concentrados en una sola intervención de grandes dimensiones (Chamartín en nuestro caso) y diseñemos cinco, diez o quince áreas de actuación seleccionando aquellas zonas de la ciudad que ofrecen una oportunidad, un vacío presente o potencial. Actuaciones con un gran efecto recualificador en su entorno a corto y medio plazo. La eficacia en la mejora física y social se multiplica y se hace presente ante los ciudadanos, que le prestarán su apoyo. Pero además, si surgiera una nueva crisis que reduzca los recursos económicos o cambie la hegemonía de los valores culturales y políticos, podría esquivarse por la presencia de estas múltiples operaciones de acupuntura urbana. Podrían hundirse uno, dos o más paquebotes, pero impediríamos el naufragio del Titanic.

Un futuro donde va a primar la escasez es un futuro en el que hay que primar la resilencia de nuestras actuaciones en general y, sobre la ciudad, de forma más necesaria aún. Escasez económica o financiera, escasez de recursos energéticos, escasez de suministros, etc., a las que hay que sumar la escasez autoimpuesta por una cultura de la austeridad frente al consumismo despilfarrador.

Madrid ofrece un mapa en el que asentar múltiples intervenciones, transformaciones de la ciudad, a través de operaciones de escala media, aprovechando las oportunidades dispersas en el territorio municipal y regional, que deben servir para hacer una ciudad más rica, más digna y más justa. Una ciudad más integrada, más compleja y más solidaria, rompiendo la dicotomía entre “la ciudad de los ricos y la ciudad de los pobres”.

Una condición para que estas intervenciones punteadas y dispersas constituyan un mecanismo para la recualificación física y social de nuestro patrimonio urbano y no se conviertan en un nuevo ardid para expoliar los lugares más rentables de la ciudad (Operación Canalejas, Plaza de España, Parque Móvil o Mercado de Legazpi, entre otros muchos), es la obligación de los poderes públicos de exponer con claridad quiénes las promueven, con qué usos y actividades y para qué ciudadanos se destinan. ¿Cómo serán percibidas por la ciudadanía? ¿Cómo mejoras o, por el contrario, cómo agresiones a su calidad de vida?

Si Chamartín puede calificarse de error urbanístico, de territorio invadido y agredido por los poderes financieros amparados por los poderes políticos, también está equivocado cuando no tiene en cuenta su necesaria resistencia a las previsibles crisis que sin duda van a producirse en nuestra sociedad. Su dimensión, su condición de gran operación inmobiliaria, más que un enriquecimiento de la ciudad supone una gravosa hipoteca espacial y económica para el futuro de Madrid.

Operación Chamartín. Prótesis frente a acupuntura