martes. 16.07.2024

Podemos y el juego de 'Tronas'

El movimiento táctico de la dirección de Podemos tiene poco de sorprendente, aunque haya cogido a casi todos por sorpresa.

El movimiento táctico de la dirección de Podemos tiene poco de sorprendente, aunque haya cogido a casi todos por sorpresa. Al contrario de lo que pueda parecer, obedece a una lógica implacable, un imperativo político, que está en la base de todos los movimientos (siempre tácticos, porque la única estrategia es puramente gubernamental) de la formación morada, que tanto desconcierto y alboroto (sin duda, de agradecer tras tanta atonía) crea entre analistas y tertulianos. Del nunca estaremos en un gobierno presidido por Pedro Sánchez al quiero ser su vicepresidente. Y no será la última pirueta.

Los dirigentes de Podemos siempre han tenido claro, y no han dudado en explicitarlo, que nacían para ganar las elecciones. Ese era y es su horizonte estratégico.[1] Por eso no resultan nada extraordinarios los cambios de programa, desde el radicalismo inicial de las europeas, hasta el reformismo moderado de las generales. Incluso, no nos engañemos, sus irrenunciables líneas rojas no son otra cosa que movimientos tácticos que se ponen o quitan de acuerdo a las circunstancias. Algunos, sobre todo de la vieja política de izquierdas, tildarían con razón esto de oportunismo. Pero no es más que el juego legítimo y lógico de quien todo lo subordina a ganar. El gobierno como un fin en si mismo. Las buenas intenciones socialdemócratas hoy, radicales ayer, y revolucionarias (es un decir) mañana si fuera el caso, carecen de importancia. Los programas no son un contrato con la ciudadanía, sino un pasaporte para ganar elecciones. Nada nuevo bajo el sol. De ahí que todo lo que no sea ganar es perder, en una especie de peligroso Juego del ultimátum, como he señalado en mi anterior artículo. Cuyo modelo, curiosamente, es Juego de Tronos (en este caso de tronas), en vez de las mucho más instructivas tragedias griegas o de Shakespeare. Y si partimos de esta idea-fuerza, se explican más fácilmente los movimientos repentinos y aparentemente inesperados e inexplicables. Sencillamente, la dirección de Podemos, y muy particularmente Pablo Iglesias (un personaje a la busca de autor) actúa como si hubiera ganado las elecciones, aunque hayan quedado los terceros, en una negación de la realidad que haría las delicias de más de un lacaniano. De ahí que corra a poner líneas rojas, marcando las tareas políticas maestras del futuro gobierno, la misma noche electoral, para terminar proponiendo un gobierno de coalición configurado a su medida, con la distribución correspondiente de ministerios y tareas. Un espectador poco informado hubiera pensado, al ver la rueda de prensa -o puesta en escena- de Podemos, tras las consultas regias de rigor, con la presentación pública de medio gobierno in pectore, que ellos eran los encargados de intentar formar el gobierno. Si no es, pues hagamos como si lo fuera. ¡Chapó! Interesante, si se tratara de una serie televisiva, al parecer tan adictivas como turbulentas. Lamentablemente, lo que está en juego es la vida de la gente, los derechos de los trabajadores, la justicia distributiva, la regeneración democrática, y la convivencia territorial de los españoles, entre otros temas argumentales.

El que tal movimiento pueda generar perturbaciones políticas de tal calibre que terminen impidiendo la formación de un gobierno de progreso (para regocijo del PP, expectante ante el posible batacazo de Pedro Sánchez) no parece importar mucho a quienes juegan al ultimátum: o lo ganan todo o no juega nadie. Todo lo cual no significa, ni mucho menos, que la dirigencia de Podemos actúe de manera improvisada y alocada, sin conocer y calibrar adecuadamente la coyuntura. Al contrario, lo hacen bastante mejor que muchos políticos avezados y trabajados, cuyas extemporáneas reacciones a los movimientos tácticos de Podemos rayan en infantilismo político y la inconsecuencia (algunos parecen olvidar en qué condiciones, y por qué, están gobernando en ciertas autonomías). Sinceramente, y reconozco que para mi sorpresa, quien parece mantener la cabeza fría, y afrontar el partido que le plantean los dirigentes de Podemos con mayor inteligencia, es Pedro Sánchez, al parecer un hueso más duro de roer de lo que creen barones y pablistas. Veremos.

Lo cierto es que la inesperada performance de los dirigentes de Podemos, proponiendo un gobierno de coalición, configuración ministerial incluida, antes de que lo sepan los supuestos y necesarios coaligados (PSOE e UP-IU, a estos últimos al menos se les dijo que estuvieran atentos a la jugada), con la concesión graciosa de permitir a Pedro Sánchez que sea su Presidente, ha trastocado tiempos y procedimientos -el inoperante mantra del dirigente socialista-, lo que es un autentico logro que nadie les podrá arrebatar. Es su peculiar nota a pié de página de la reciente historia política española, lo que no es poco.

Bien, y ¡ahora qué!. Porque lo que está en juego -nunca mejor dicho-, es la posibilidad de tener un gobierno de progreso con un programa social y de regeneración, que es hoy el objetivo prioritario de la izquierda si quiere ser el instrumento político de las clases trabajadoras. Y con esto no caben bromas. En primer lugar, es necesario que Pedro Sánchez, cuya estatura política -la otra está clara- tiene ahora la oportunidad de demostrar, sea capaz de reaccionar adecuadamente a los indudables aspectos provocadores de la dirección de Podemos. Sin caer en ellos (para eso se hacen) y revertir la situación para volver a poner en su lugar el objetivo irrenunciable de un gobierno de progreso que sea factible y no solo deseable. Y se lo han puesto mucho más difícil de lo que ya lo tenía. Pero nos debemos acostumbrar a que ese tipo de dificultades van a ser habituales en nuestro país durante un buen periodo de tiempo. Y, sobre todo, que esas no son la verdaderas dificultades, sino las de llevar a cabo el programa pactado con la izquierda, tanto frente a la resistencia numantina del PP, como a las cortapisas de Ciudadanos, las zancadillas de los socialdemócratas liberales, o la impaciencia por sustituir al PSOE de sus aliados de Podemos. No es fácil la convivencia entre dos fuerzas socialdemócratas donde solo cabe una.

En este sentido, UP-IU, como genuina fuerza de izquierdas, con un horizonte estratégico socialista, una amplia experiencia en la lucha por los derechos de los trabajadores y la conquista de las libertades, puede jugar un papel importante para evitar que entre unos y otros, frustren la esperanza de un  gobierno de progreso, en línea con lo declarado por Alberto Garzón en su última rueda de prensa.

Pienso que el camino para superar la situación creada, y evitar un gobierno del PP a la segunda, o unas nuevas elecciones que cambiarían poco las cosas, salvo que tal vez que los dirigentes de Podemos pudieran actuar, por fin, como la fuerza mayoritaria del centro-izquierda, pero sin mayores posibilidades de formar gobierno, sea que las fuerzas de izquierdas y progresistas, acuerden un programa y se pongan de acuerdo luego -o simultáneamente- en la formación de de gobierno presidido por Pedro Sánchez, y constituido en buena parte por personalidades independientes de reconocida capacidad, prestigio, proyección publica, y acreditada sensibilidad social, y tutelado por la izquierda desde el gobierno o el parlamento. Un Gobierno así, más allá de personalismos, podría vencer ciertas resistencias de fuerzas políticas con las que será necesario pactar algunas reformas, como Ciudadanos; eliminar argumentos boicoteadores de propios y ajenos; y suscitar un amplio apoyo ciudadano, imprescindible para poder afrontar con éxito las difíciles negociaciones pendientes con Bruselas. Pienso en personalidades que generan amplio consenso como el catedrático Ángel Gabilondo, el magistrado y portavoz de Jueces para la Democracia, Joaquim Bosch Grau, el constitucionalista Javier Pérez Royo; incluso el general retirado Julio Rodríguez, o la jueza en excedencia Victoria Rosell. ¡Por que no! No se trataría de un gobierno de tecnócratas, que tanto gustan a los comisarios de la UE, sino de políticos, en el amplio y noble sentido0 de la palabra, capaces de anteponer los intereses de los trabajadores, y el resto de la ciudadanía, a los intereses simplemente partidistas. Porque lo importante es tener en España un gobierno de progreso que sea capaz de llevar a cabo el programa consensuado con la izquierda. Enzarzarse en una negociación de carteras, y más cuando se presume de mochilas, no parece la mejor forma de hacer nueva política. Hay un viejo tufo que conviene disipar cuanto antes. De lo contrario, no es de extrañar que muchos de los indignados del 15M se terminen preguntando si su lucha se merece tal desenlace.

Lo fundamental, aunque tiene sin duda importancia, no es quién ocupa la vicepresidencia (salvo para el autoproclamado candidato), ni el número de carteras, sino cómo construir el gobierno de progreso, necesario y posible, para llevar urgentemente a cabo unas medidas programáticas que atiendan la emergencia social, eliminen las injusticias estructurales y la desigualdad congénita originada por el sistema productivo, repongan lo robado o destruido del Estado del Bienestar, defiendan a la mayoría social frente al dominio político, económico y social de una minoría, muchas veces corrupta, casi siempre ineficaz, que devuelvan las conquistas y amplíen los derechos, que democraticen las instituciones, que regeneren la vida política... Un gobierno que empiece haciendo lo necesario, siga con lo posible, para que se pueda terminar realizando lo que parecía imposible.

* Silla de patas altas para dar de comer a los niños pequeños.


[1] En este sentido resulta esclarecedor el libro de Pablo Iglesias, Una nueva transición. Materiales del año del cambio. Akal, 2015.

Podemos y el juego de 'Tronas'