jueves 17.10.2019

Kafka en el Congreso

Todo eso es cierto, pero
así suelen hablar los culpables.
Fran Kafka. El proceso


Quizás resulte excesivo calificar de kafkiano el modo en que se ha desarrollado el fallido proceso de investidura de Pedro Sánchez, pero tiene altas dosis de absurdo razonado, que es la esencia de la literatura de Franz Kafka. Así, el final presentido desde el principio se ha cumplido: nos encaminamos a nuevas elecciones, con la incógnita de si el bloque de las derechas conseguirá sumar mayoría para gobernar; si las cosas quedarán prácticamente iguales (¿y vuelta a empezar?); o si los electores castigarán, una vez más, a quién entre lo poco y la nada ha elegido lo último. En todo caso, estamos ante un arriesgado salto en el vacío cuyo impacto va a depender de la abstención.

El electorado progresista ha contemplado incrédulo como se desarrollaba ante sus ojos una mala versión del teatro del absurdo, pero con la peculiaridad de que los papeles estaban cambiados: el protagonista Pedro Sánchez se ha opuesto de entrada al gobierno de coalición, con una inesperada aceptación final, aunque devaluada, pese a que los mayores beneficiados serían los socialistas, al neutralizar la oposición por la izquierda. Es cierto que el gobierno compartido que pretendía Pablo Iglesias comportaba el riesgo permanente de turbulencias paralizantes, o una gobernabilidad débil e inestable frente a los graves problemas que afectan a la estructura del Estado y el sistema productivo (de ahí que lo deseen ardientemente las derechas, y algún notorio periodista furibundo antisanchista). Un riesgo que el dirigente de Unidas Podemos ha tratado de esquivar con la renuncia a tener política propia en temas sensibles como Cataluña (¿apoyaría un 155 si fuera necesario?); y, en un último intento, con la sorprendente propuesta un gobierno de coalición becario, en prueba. A su vez, el protagonista Pablo Iglesias ha rechazado, sin matices, un gobierno monocolor del PSOE con programa común y triple mecanismos de control y garantía, pese a que beneficia más a Unidas Podemos que a los socialistas, ya que su capacidad de presión política y movilización social seguiría intacta frente a los previsibles y forzados incumplimientos del programa debido a las exigencias de la Unión Europea [1].

Con la repetición de las elecciones se abre la posibilidad de una reedición del pacto con Ciudadanos (su última propuesta apunta en esa dirección) que es la opción deseada por el establishment nacional y comunitario. Estaríamos ante una nefasta manifestación de profecía autocumplida.

Nacidos para gobernar

Cabe preguntarse el por qué este empecinarse en un gobierno de coalición, como si no hubiese otras posibilidades de gobernanza progresista en España. Más allá de las explicaciones emocionales, o de la curiosa concepción del gobierno de coalición como un derecho irrenunciable, la raíz de tal despropósito debemos buscarla en la naturaleza fundacional de Podemos. Pablo Iglesias nunca he ocultado que su formación nació para gobernar y hacer lo que los socialdemócratas españoles no quieren, no saben, o no pueden hacer. Su radicalismo estriba en las formas, pero en lo sustancial defienden una propuesta similar de socialdemocracia valiente. Es cierto que tiene un sustrato populista (gente frente a élites), pero nada que no pueda ser integrado en el sistema. De hecho, Iglesias se ha esforzado en tranquilizar a los votantes con su moderado discurso, antes centrado en la crítica del régimen del 78. La cuestión es que, pese a todo, no ha conseguido disipar el gran obstáculo que todavía dificulta seriamente la ansiada coalición de gobierno: la desconfianza. Y esa no se disipa jugando al todo o nada o con amenazas (nunca serás Presidente). De eso sabe mucho Enrique Santiago, que desgraciadamente no ha podido jugar un papel más determinante. Ese es el meollo de la cuestión, que explica por qué la propuesta de julio de un gobierno de coalición con una Vicepresidencia y tres ministerios ya no era válida en septiembre: su rechazo reforzó y aumentó la desconfianza. La verdad es que el pseudoproceso de negociación no ha servido para cortar el nudo gordiano, ni crear mecanismos de confianza pactados. La triple garantía pudo haber sido una buena base para empezar a acercar posturas.

Una profecía autocumplida

Tengo la impresión de que Iglesias y su dirección sufre el síndrome de Marcator, alucinación que te hace ver las cosas distorsionadas, como en el habitual mapa mundial creado por el geógrafo flamenco, donde el ártico parece tan inmenso como África, cuando apenas tiene la dimensión de México. Así, los 42 escaños de Unidas Podemos no dejan de ser un grupo parlamentario modesto pese a su importancia política. Pero el ser imprescindibles para la investidura de los socialistas propicia la tentación del órdago político, olvidando que ese valor parlamentario coyuntural permite negociar desde una posición de fuerza, pero no jugárselo todo a una carta, contando con que rechazar el envite tendría un coste inasumible para Sánchez. El síndrome de Mercator suele terminar pasando factura. En este caso, que tras las elecciones el tamaño del grupo parlamentario de Unidas Podemos sea aún menor y el del PSOE algo mayor. Quizás Iglesias piensa que seguirá teniendo la llave de la investidura, y que si no ha funcionado esta vez lo hará la próxima. Una presunción muy arriesgada, ya que se corre el riesgo de terminar siendo percibidos como los malos de la película. Lo que puede llevar a Podemos a la irrelevancia, y arrastrar en su caída a sus confluencias e Izquierda Unida. Eso si una nueva pérdida de votos no implosiona la coalición, ya que Podemos está recorrido por fallas de alto riesgo: soberanistas, anticapitalistas, pablistas, errejonistas dormidos, socialdemócratas desengaños, etc.). Pero, sobre todo, porque en el previsible nuevo escenario se facilitaría la coalición con Ciudadanos. Las presiones en ese sentido no dejarán de crecer. Y parece magro consuelo el habitual lamento del despechado: prefieren pactar con Ribera. Lo cierto es que con la repetición de las elecciones se abre la posibilidad de una reedición del pacto con Ciudadanos (su última propuesta apunta en esa dirección) que es la opción deseada por el establishment nacional y comunitario. Estaríamos ante una nefasta manifestación de profecía autocumplida.

Paisaje después de las elecciones

Aparte de cuestiones personales, emocionales y, en última instancia de fatría, la gran pregunta que tendrán que responder los dirigentes de Unidas Podemos, con Pablo Iglesias a la cabeza, es: por qué resultan preferibles nuevas elecciones a pactar un acuerdo de legislatura con un programa común negociado, mecanismos de garantía, y la posibilidad de defenderlo desde la movilización social si no se cumple [2]. Esta es la pregunta que va a gravitar, implícita o explícitamente, en la campaña electoral. Una pregunta que no puede resolverse con argumentos basados en la emotividad y la descalificación de quienes hasta ayer querían por socios de gobierno. Puede servir para cerrar filas con los ya convencidos. Para el resto de trabajadores los argumentos tienen que basarse en los aspectos que más les interesan: la mejora de la calidad de vida, la recuperación de derechos perdidos, la ampliación de las libertades políticas, la garantía de trabajo digno, un nuevo Estatuto de los Trabajadores que responda a los nuevos escenarios y desafíos de la Revolución Digital, la apuesta por la economía verde y la lucha decidida contra la emergencia climática, la superación de las brechas sociales, laborales, y digitales, etc. Y les va a resultar muy difícil a Unidas Podemos explicar que no era posible avanzar, aunque no fuera a la velocidad exigida y sin la intensidad deseable, con un gobierno socialista y un programa común pactado y dotado de mecanismos de control y garantía.

Una vez comprobada la posición inamovible de los socialistas (reforzada por la negativa de julio a su propuesta de gobierno de coalición) ¿por qué no se han dedicado las horas de negociación en mejorar el programa común, incluyendo aspectos ignorados como los nuevos Derechos de Ciudadanía derivados de la digitalización del sistema socioeconómico capitalista, que permitan defenderse de las nuevas formas de dominación (tecnofeudalismo), desigualdad y explotación. La obsesión por conseguir a toda costa un gobierno de coalición ha cegado a quienes ponen los intereses particulares y de grupo por encima de los intereses objetivos y vitales de los trabajadores en particular y de la ciudadanía en general. Lo grave es que no se ha tenido prioritariamente en cuenta las mejoras socioeconómicas que se pueden conseguir con un gobierno del PSOE, un programa común pactado, unos mecanismos de garantía, y tutelado desde fuera por Unidas Podemos. Desgraciadamente, Iglesias y su núcleo duro dirigente han preferido navegar las gélidas aguas del cálculo egoísta. Y reincidir en la vieja política, los viejos esquemas, los viejos errores.

La guerra del relato

Enfrentados a unas nuevas elecciones adquiere protagonismo la vieja táctica de exculparse de los errores propios y acusar al adversario de todos los males venidos y por venir. Es el tiempo del relato, constructor de realidades en el paradigma posmoderno, y que se materializará en los distintos argumentarios, básicamente centrados en sintagmas del tipo:

- Pablo ha elegido ir a nuevas elecciones antes que apoyar un gobierno progresista.

- Pedro nos obliga a ir a elecciones al no aceptar un gobierno de coalición.

El problema de la guerra del relato es que supedita los hechos a su descripción a fin de justificar los actos propios y descalificar los ajenos. Es decir, se crean hechos alternativos, al estilo de Trump. Por ejemplo, frente al hecho empírico de las cinco propuestas de Sánchez, que incluyen el devaluado gobierno de coalición, torpemente rechazado por el líder de Podemos con el argumento de su ¡vacuidad!, los dirigentes de Unidas Podemos afirman, contra toda evidencia, que los socialistas no quieren pactar con ellos, pretenden conseguir la investidura gratis, ya que en su relato pactar solo significa negociar un gobierno de coalición. A su vez, a las sucesivas concesiones de Iglesias, desde renunciar a ocupar ministerios de Estado hasta aceptar por escrito la política del gobierno con respecto a Cataluña, con la guinda del veto personal, Sánchez responde denunciando su inmovilismo, y acusando a Unidas Podemos de pretender crear un gobierno dual.

Lo grave de la guerra del relato es que al enfrentar hechos alternativos se hace muy difícil encontrar las verdaderas razones del fracaso entre dos aliados necesarios. Y se corre el peligro de que el poderoso hecho de que Iglesias haya impedido, ¡por segunda vez!, un gobierno socialista (algo que aireará el PSOE en la campaña electoral) haga que se instale entre la gente la idea de que votar a Unidas Podemos puede suponer, en la práctica, la imposibilidad de tener un gobierno progresista. Lo que puede quedar en el imaginario de los votantes de izquierdas es la suplantación de la vieja obstinación de Anguita de programa, programa, programa, por el obsesivo gobierno, gobierno, gobierno de Iglesias. ¿Esta es la nueva política?

Cuestión de confianza

Fallido el intento voluntarista de asaltar los cielos, Pablo Iglesias, y su núcleo duro de Podemos, argumenta que la línea roja del gobierno de coalición es porque no se fía de los socialistas. De ahí la incomprensible descalificación de la experiencia de apoyo al Presidente Sánchez tras la moción de censura, con el remate de una negociación exitosa a los presupuestos. No entiendo muy bien qué necesidad hay de tirar por la borda los méritos propios para desacreditar la famosa vía portuguesa. En todo caso, Iglesias no acierta a comprender que esa desconfianza, un ingrediente crítico de toda interacción social, refuerza el argumento del PSOE para descartar el gobierno de coalición. Resulta un argumento muy débil, ya que encierra una contradicción que lo invalida: entrar en un gobierno de coalición en minoría significa, en la práctica, no sólo asumir el liderazgo de aquellos de los que no se fían, sino además otorgarles un aval, lo que les invalida como alternativa. Cierto, hay razones históricas para desconfiar de que la socialdemocracia vaya a ir más allá de lo tolerable y asumible en el marco de un capitalismo global dominado por el neoliberalismo. Por eso es preferible un acuerdo blindado de programa común que permita a la izquierda transformadora mantener la imprescindible e irrenunciable libertad de acción. Frente al argumentario basado en la desconfianza y la descalificación, lleno de lugares comunes, recursos emocionales y viejas argumentaciones populistas, la tozudez de los hechos puede jugar en su contra. Sobre todo cuando Sánchez tiene un relato orientado hacia un único objetivo: pedir a los españoles una mayoría más clara el 10 de noviembre.

Coda

Para hacer política hay que saber leer el tiempo que vivimos. Más si vivimos en un tiempo marcado por la digitalización global a la que no es posible enfrentarse desde los presupuestos del pasado. Esa debe ser la esencia de la verdadera nueva política. La socialdemocracia (clásica, renovada, y alternativa), por muy radical que se muestre, no es un instrumento de transformación sino de reforma del capitalismo. Se diferencia del reformismo neoliberal en su mayor preocupación social, lo que le convierte en un aliado imprescindible en el proceso en la lucha por paliar los efectos disruptivos de la Revolución Digital. Por eso es necesaria una fuerza política con una estrategia transformadora que inscriba la defensa de los intereses de la mayoría social trabajadora en un proceso (lento y gradual) de cambio de sistema socioeconómico, incluyendo como una de sus reivindicaciones fundamentales los nuevos Derechos de Ciudadanía. Tras las elecciones, las izquierdas tendrán que planteárselo si quieren convertirse en una fuerza política hegemónica. Lo que exige una profunda reflexión y no solo golpes de pecho [3]. Aunque se que es más fácil lamentarse del poder que no se tiene que pensar en cómo se está ejerciendo el poder que sí se tiene. Por eso es necesario descubrir las potencialidades estratégicas de las derrotas. La cuestión no es si conseguimos mejorar las propuestas socialistas entrando en el gobierno, sino que planteamiento de futuro permiten iluminar nuestra política del presente, más allá de intentar sustituir a la socialdemocracia. Como señalo en El Robot Socialista (Amazon, 2019): Para ir donde queremos y podemos ir contamos con los dos poderosos instrumentos de transformación en la Era Digital: el voto y el algoritmo. Ambos deben ser utilizados con precisión e inteligencia, ganando posiciones en las relaciones de poder (sociales e institucionales). Sin caer en aventurerismos o voluntarismos. Se trata de una tarea difícil por inédita, plagada de incógnitas, llena de incertidumbres, necesariamente gradual, aunque con un desarrollo exponencial. Enfrentarse a los efectos de la Revolución Digital es un proceso de lucha inexplorado que solo podremos afrontar guiados por la brújula estratégica del horizonte de transformación socialista. De momento, no parece ser el caso.


[1] He argumentado esta paradoja en La izquierda y el síndrome de la marmota
[2] En la fratría la defensa corporativa o política de los nuestros está por delante de los intereses de la sociedad.
[3] Pasar de 5.049.734 votos (21,10%) y 71 escaños, a 3.732.929 (14,31%) y 42 escaños en 3 años, con pérdida de las alcaldías del cambio (salvo Cádiz) merecería algo más que pequeños cambios en el organigrama de Podemos. 

Kafka en el Congreso