Jueves 27.06.2019

Shefarad: Haz que sean seguros los puentes del diálogo…

En Cataluña últimamente se recurrió al voto, prescindiendo de la negociación. La clase política por su incapacidad para el diálogo ante un problema viejo y complejo transfirió su resolución a la ciudadanía mediante el voto

En su artículo Democracia de negociación Daniel Innerarity indica que muchos de los problemas políticos en democracia podrían abordarse mediante la negociación y el diálogo. Algunos se solucionan con el voto y otros requieren otra cosa. En estos casos no es tanto votar, cuanto el alcanzar una voluntad  general que se quebraría si hubiera que votar, o lo que es lo mismo, una victoria de unos frente a otros. Hay cuestiones que se pueden resolver contando votos, pero otras, las más decisivas, que afectan a nuestra convivencia, requieren un acuerdo mucho más amplio. Contar votos sin hablar no es democracia plena. Fiarlo todo a una mayoría accidental es una temeridad. A  veces es bueno que las diferencias sean nítidas, pero en otras es mejor atenuarlas con una previa negociación, sobre todo, en lo que atañe a las reglas que organizan nuestra convivencia. La democracia supone un equilibrio entre discusión y decisión, negociación  y resolución. Fin reflexiones de Innerarity.

En Cataluña últimamente se recurrió al voto, prescindiendo de la negociación. La clase política por su incapacidad para el diálogo ante un problema viejo y complejo transfirió su resolución a la ciudadanía mediante el voto. Lo que supone una visión incompleta de la democracia. También es cierto, sin que sirva de atenuante, que no le han facilitado la tarea la mayoría de los medios de comunicación, más propensos a fomentar trincheras que puentes. Y así mismo se ha recurrido a la judicialización. “Falta política”, se dice, pero también sobran jueces haciéndola. No parecen soluciones: ni el voto, de volver a recurrir a él, ya que los resultados electorales serían prácticamente los mismos; ni tampoco el mantenimiento del recurso a la justicia, ya que un problema político no se puede reducir a cuestiones de legalidad u orden público, que tal como estamos constatando lo único que ha conseguido es agravarlo mucho más.

Continuo con otras reflexiones de Innerarity de otro artículo ¿Qué hacemos con las naciones? Indica que no tiene la solución al problema territorial de España. Reconoce que eso de las naciones es un auténtico dilema y que no tiene solución lógica sino pragmática; una síntesis pactada para favorecer la convivencia, de lo contrario si la alternativa es imponerse el uno al otro, el conflicto sigue. El quid de la cuestión radica en que toda nación presupone algo que no se discute, como sujeto de soberanía. El pueblo no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo. De hecho, cualquier sistema democrático es incapaz de resolver democráticamente la cuestión acerca de quién decide qué y remite siempre a un marco previo de soberanía. Cuando el sujeto es contestado, en aquellos casos en que hay un persistente cuestionamiento de la soberanía, porque unos entienden que su titular somos todos(los españoles) y otros que son una parte(los catalanes) a la que consideran todos, ¿cómo resolvemos este dilema?

Determinadas fuerzas políticas muy importantes electoralmente en Cataluña no están por la labor de negociar, dialogar ni de tender puentes. Necesitan del conflicto. Puigdemont y Torra necesitan de Casado y Rivera y a la inversa

Cuando las cosas están así, si descontamos la imposición de unos sobre otros como solución, la única salida democrática es el pacto. Pero si aceptamos esta posibilidad nos salimos del esquema dominante durante los últimos años y que aspiraba a la victoria de unos sobre otros. Al insistir en el acuerdo, modificamos radicalmente el campo de batalla. Porque entonces el eje de la confrontación ya no es el de unos nacionalistas contra otros, sino el de quienes quieren soluciones pactadas frente a quienes prefieren la imposición. Cambiemos la orientación y modificaremos los términos del problema: ahora se trataría de elegir no entre una nación u otra, sino entre el encuentro y la confrontación, que de ambas cosas hay partidarios en uno y otro bando.

Miremos las cosas desde esa perspectiva y no encontraremos a la gente polarizada en torno a sus identificaciones sino preocupada por cómo hacer posible la convivencia entre quienes tampoco quieren renunciar a sus propias diferencias.

El problema  de fondo va a seguir ahí, hasta que alguien lo aborde en toda su complejidad. Las naciones son una realidad persistente. Tan absurdo es el ignorarlas, como jugarse la convivencia a una exigua mayoría o a una simple imposición. Cuando en un mismo territorio conviven sentimientos de identificación nacional distintos, el problema que tenemos no es el de quién conseguirá al final la mayoría, sino como garantizar la convivencia, para lo cual el criterio mayoritario tiene poca utilidad, ni el recurso a la justicia. Y esto solo es posible mediante el pacto, aunque parezca improbable. Dada la situación prácticamente de empate en cuanto a los sentimientos de identificación nacional, sería preferible pactar algo que pueda concitar mayor adhesión. Hoy aparecen quienes afirman que esto no es posible, aunque tampoco ofrecen nada alternativo que goce de mayores condiciones de posibilidad. Son aquellos que prefieren la victoria  e incluso la derrota, siempre mejores que un acuerdo per se, que no deja satisfecho plenamente a nadie.

Conviene pactar cuando de lo que se trata es de las condiciones que afectan a cuestiones básicas de nuestra convivencia política-en las que confiarlo todo a la ley de la mayoría equivale a una forma de imposición- y cuando los números  de quienes defienden una u otra posición no son ni abrumadores ni despreciables. En estos casos, contentarse con una victoria cuando se podría alcanzar un pacto demuestra muy poca ambición política. Fin de las reflexiones de Innerarity.

Pero mucho me temo que estas reflexiones, creo que bastante razonables, caerán en saco roto. Y caerán en saco roto, porque determinadas fuerzas políticas muy importantes electoralmente en Cataluña no están por la labor de negociar, dialogar ni de tender puentes. Necesitan del conflicto. Puigdemont y Torra necesitan de Casado y Rivera y a la inversa. Los Puigdemont y Torra deberían entender, si son demócratas, que sin tener una mayoría en votos la unilateralidad es un atentado a  la legalidad vigente, y que además de proseguir en esa dirección lo inevitable será un incremento del ya grave deterioro de la convivencia en la sociedad catalana y con gravísimas secuelas también en el resto del  Estado español, aunque puede que sea esto lo que buscan con auténtico frenesí.  Y a los Casado y Rivera, que rivalizarán ambos para endurecer su discurso hacia el problema catalán, se les debería exigir cierta responsabilidad y no tratar de  criminalizar, e incluso, ilegalizar a los partidos independentistas, que son una opción política más en un sistema democrático. Y aquellas fuerzas partidarias de tender puentes, PSC, Comunes, mucho me temo que su protagonismo se irá achicando cada vez más. Y así iremos hacia un desastre colectivo.

Rafael Poch, uno de los periodistas más perspicaces, que he leído siempre con mucho interés, y que fue despedido por La Vanguardia a inicios del 2018-las voces críticas lo tienen difícil hoy- escribió en mayo de 2018 uno de los artículos más clarificadores sobre la cuestión catalana, de título muy explícito y oportuno, Aterrizar es necesario. Señala que colabora en otro periódico como Jornada, muy distante de las ilusiones del Estat Catalá, en el que están juntos, los sufrimientos y frustraciones populares, como la supervivencia institucional de la corrupta Generalitat pujoliana. Continua señalando, Poch, como ya advirtió en otro artículo anterior que los efectos de tal coalición serían: la exacerbación del nacionalismo español, consolidación de la derecha en Madrid y en Barcelona, fuera de juego de los Podemos, y transformación de la latente división de la sociedad catalana en algo mucho más activo y desagradable. En resumen, un nuevo retroceso en la historia ibérica. Haciendo un inciso la palabra retroceso me recuerda las palabras de Josep Fontana: “En una ocasión un periodista preguntó a don Ramón Carande, maestro de historiadores: “Don Ramón, resúmame usted la Historia de España en dos palabras”. La respuesta de Carande no se hizo esperar: “Demasiados retrocesos”.

Prosigo con Rafael Poch: Los catalanes nos hemos presentado en España como gente razonable, pactista y pragmática que sabe sumar y restar. En realidad la historia del nacionalismo catalán acumula una sucesión de quimeras bastante notable; la fantasmagórica “invasión de Catalunya” del avi Maciá en 1926, la pantomima de declaración de octubre del 34, el suicida enfrentamiento armado entre facciones antifascistas en plena guerra civil de la Barcelona de 1937… El actual retroceso no es que tenga precedentes, sino que más bien parece un clásico.

Como explicó Josep Fontana, no hay independencia sin violencia. Naturalmente, a menos que uno cuente con el apoyo de los grandes poderes hegemónicos. En los últimos años del siglo XX muchos países lograron su independencia, en la ex URSS, en los Balcanes y hasta en Sudan, pero todas esas independencias contaban con la bendición de los grandes poderes hegemónicos; Estados Unidos, la OTAN, la UE, el FMI.  Hoy en una España neoliberal y en la OTAN, los grandes poderes hegemónicos nunca tolerarían la secesión de Cataluña. Y esta situación geopolítica cabe suponer que la conocía y la conoce Puigdemont. Y a pesar de ello, ha tirado irresponsablemente por la calle del medio arrastrando a la sociedad catalana a una situación política tan inestable y crispada, y de imprevisible futuro. Nadie le cuestiona su ideología independentista, lo que es condenable el uso de procedimientos ilegales para llevar a la práctica esa ideología. Y también es cierto que en  España mucha gente se siente identificada con una nación española, pero también otra se identifica con otra nación. Y esto es así, porque en España se ha producido un fracaso a la hora de construir una nación única e indiscutida, como en el caso de Francia, Alemania o Italia. Esta realidad la explica perfectamente Josep M. Colomer en su reciente libro España: historia de una frustración. España  en sus afanes por construir un gran Imperio en la Edad Moderna se vio debilitada, y eso la imposibilitó en el siglo XIX construir un Estado moderno y eficiente, capaz de  forjar una nación cultural unificada. Juan Linz lo señaló muy bien: “El Estado español nunca logró lo que lograron los Reyes de Francia y, en última instancia, la Revolución: crear un Estado plenamente unificado y un Estado-nación con su integración lingüística-cultural y emocional…”  Y esta es la situación nos gusté o no. Y en una parte del Estado español más de 2 millones votan a partidos independentistas. Y a esta situación hay que darle una salida federal, confederal… Pero siempre a través del diálogo, la negociación y el pacto.

En el libro del catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza, ya fallecido, Manuel Ramírez, de título muy oportuno para el tema que estamos tratando España en sus ocasiones perdidas y la Democracia mejorable, publicado en el 2000, mostraba su gran preocupación de que por el tema territorial, autonómico, nacional, o como queramos llamarlo, quizá España, desaprovechase otra ocasión más para equiparse a otros países europeos. Y en el Epílogo decía unas palabras representativas de esa preocupación. “En uno de los párrafos de su excelente obra Mazurca para dos muertos, Camilo José Cela hace decir al personaje principal: “España es un hermoso país, Moncho, que salió mal, ya sé que esto no se puede decir, pero ¡qué quieres!, a los españoles casi no nos quedan ánimos para vivir, los españoles tenemos que hacer enormes esfuerzos y también tenemos que gastar enormes energías para evitar que nos maten los otros españoles”. Es cierto que tales palabras fueron escritas en el contexto de nuestra última guerra civil,  mas el veredicto de Cela espero que sea totalmente descabellado. Confío todavía en que quede algo de sentido común en los españoles, de acá y de allá.

Para que cada cual lo interprete como le parezca oportuno y dedicado al autoproclamado Mesías, termino con un poema XLVI de “La pell de brau” “La piel de toro”  de Salvador Espriu

“A vegades és necessari i forçós
que un home mori per un poble,
però mai no ha de morir tot un poble
per un home sol:
recorda sempre això, Sepharad.

Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de comprendre i estimar
les raons i les parles diverses dels teus fills.
Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats
i l'aire passi com una estesa mà
suau i molt benigna damunt els amples camps.

Que Sepharad visqui eternament
en l'ordre i en la pau, en el treball,
en la difícil i merescuda
llibertat”.

“A veces es necesario y forzoso
que un hombre muera por un pueblo,
pero jamás ha de morir todo un pueblo
por un hombre solo:
recuerda siempre esto, Sepharad.
Haz que sean seguros los puentes del diálogo
y trata de comprender y de amar
las razones y hablas diversas de tus hijos.
Que la lluvia caiga poco a poco en los sembrados
y el aire pase, como una mano extendida,
suave y muy benigna sobre los anchos campos.
Que Sepharad viva eternamente
en el orden y en la paz, en el trabajo,
en la difícil y merecida
libertad”.

Shefarad: Haz que sean seguros los puentes del diálogo…