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martes 24/5/22

Matar la esperanza

Se hace imprescindible una izquierda sin complejos frente al porvenir. Y su primera tarea es salir del neoliberalismo.

Se hace imprescindible una izquierda sin complejos frente al porvenir. Y su primera tarea es salir del neoliberalismo

Estas líneas han sido escritas unos días antes de la celebración del referéndum convocado por Txipras contra las medidas de austeridad defendidas por la Troika. Antes de remitirlas para su publicación me siento profundamente reconfortado por el extraordinario éxito de la propuesta de Txipras. Éxito  que no cambia para nada el sentido de lo escrito. Lo único que podría cambiarse es el título, de de matar la esperanza por  el de mantenimiento y reforzamiento de la esperanza.

La gran batalla política se está dilucidando en Grecia, lugar de origen de la democracia. Los grandes poderes mediáticos nos han convencido  que el drama griego es muy simple, reducido a la necesidad de aceptar que quien debe tiene que pagar. “El ser miembro de la UE, supone el cumplir las normas”. No cabe preguntar si las tales normas son legítimas, justas o simplemente racionales. Mas preferimos negar la evidencia ni entramos en complicadas matizaciones: los griegos son indolentes, dados al fraude impositivo, irresponsables electores de “comunistas populistas”. Desde este cómodo planteamiento, el castigo merecido se impone a la totalidad del pueblo griego. Que ya ha pagado su libra de carne humana nos resulta irrelevante.  Como le ocurrió  al farmacéutico Dimitris Christoulas que se suicidó. Mas no deberíamos olvidar que después de los griegos, podemos ser nosotros las víctimas. El capitalismo voraz no entiende de fronteras.

Frente a este futuro desolador podemos adoptar dos opciones: una sumisa aceptación o una justificada rebelión. La segunda es la representada por Txipras a pesar de recibir ataques furibundos de todos los frentes. Su fracaso  o su éxito será el de la gran mayoría de los europeos. Según Álvaro García Linera,  el enemigo a batir en Europa es el neoliberalismo, que ha invadido y pervertido el alma de la sociedad europea, de ahí la derrota de la propia sociedad autoorganizada, del movimiento sindical, de las izquierdas tradicionales y de los valores de la Ilustración. Es una derrota intelectual y moral en toda regla, es un vaciamiento del horizonte alternativo con el que las izquierdas se han definido  a lo largo de la historia. ¿Hacia dónde van las izquierdas tradicionales? Sin un proyecto no hay alternativa viable de poder. La gente, por lo general, no lucha porque es pobre o sufre, lucha si sabe que existe una opción viable a su sufrimiento y a su pobreza. Sin una alternativa, no hay lucha posible; la confianza y la esperanza en una alternativa y en un futuro viable hace del explotado un luchador.

Nos dicen los posmodernistas que en esta época han desaparecido los metarrelatos. Falso, lo que ha desaparecido es el gran metarrelato de la emancipación, sustituido por el de la resignación, la desesperanza y la cobardía. Las sociedades necesitan grandes relatos y mientras haya humanidad, como seres de creencias, siempre existirán las grandes esperanzas y los grandes metarrelatos. El discurso de que ya no hay metarrelatos, mata la esperanza y anula el heroísmo frente a la vida. Ya es hora que las izquierdas abandonen el luto de las antiguas derrotas y la autoflagelación por los errores cometidos. También las izquierdas pueden alardear de grandes conquistas, convertidas en patrimonio común: el Estado del bienestar, la Revolución del 17. Pero, también fracasos, el socialismo real fue uno de ellos, sin embargo, no pueden quedarse en el estupor frente a la derrota. Pero, en su conjunto, las izquierdas dominaron el siglo XX y así el mundo se volvió más libre e igualitario.

Se hace imprescindible una izquierda sin complejos frente al porvenir. Y su primera tarea es salir del neoliberalismo. Para ello hay que dejar de creer que es un algo natural, insuperable e inmutable. Y una vez asumida esta creencia, se puede iniciar el camino político para derrotarlo. Esta es la empresa iniciada por el gobierno de Xipras, que puede significar el primer paso en esta gran odisea. Los grandes poderes económicos y políticos de la Troika al ser conscientes de ello, tratan de dinamitarla cueste lo que cueste, para que desaparezca cualquier resquicio de luz en este túnel tenebroso. Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia.

Para Rafael Poch la clave de la victoria de la izquierda es romper sin complejos con esa socialdemocracia degenerada y profundamente neoliberal. Syriza ganó al romper con ella. Podemos podría ganar por lo mismo, pero es en Francia donde el cambio de actitud hacia los “socialistas” es más importante y complicado. Importante porque a diferencia de Grecia, un país pequeño, y de España, un país grande pero periférico en Europa, Francia es una potencia central. Un cambio en sentido popular de la política francesa, unido a lo que ya está ocurriendo en Grecia y España, y lo que pueda pasar en Irlanda y Portugal, rompería la espina dorsal del regresivo curso de Bruselas y Berlín que lleva a la Unión Europea contra las rocas. Difícil, porque ni la corrupción ni el desprestigio de las instituciones son tan acusados en Francia como en Grecia o España. En la cultura política de la “gauche” hay una inercia fatal de falso “frente popular” entendido como la suma del Partido Socialista con el espectro de la izquierda real, en la que ésta queda siempre condenada, al papel de comparsa. Por eso el “modelo Grenoble” es importante. Una coalición de ecologistas y la izquierda presentó a su candidato, Éric Piolle, al frente de la candidatura “Grenoble, une Ville pour Tous” y le arrebató la alcaldía de esa gran ciudad a un alcalde socialista. Se demostró a escala local que con un buen líder y un programa que apele a los intereses de la mayoría social, otra Europa es posible.

Matar la esperanza