Jueves 27.06.2019

La cuestión social si no se aborda, se radicaliza

El neoliberalismo se puede definir como el conjunto de discursos, de prácticas, dispositivos que determinan un nuevo gobierno de los hombres según el principio universal de la competencia (rivalidad en el mercado).  Este principio general de la competitividad supone la extensión indiscriminada de la normativa neoliberal a todos los países, a todos los sectores de la acción pública, a todos los ámbitos de la sociedad; lo que implica con la excusa de que la oferta sea más competitiva, introducir la competencia entre los asalariados europeos y del resto del mundo, con la consiguiente devaluación salarial.

Si hay un lugar impregnado de los principios neoliberales es la Unión Europea. La actual crisis europea muestra hasta qué punto los fundamentos de la construcción europea (la competencia convertida en dogma) conducen a asimetrías crecientes e irreversibles entre países más o menos competitivos. La carrera a la competitividad (capacidad de competir), a la que se lanzó Alemania a inicios del 2000, no es sino el efecto de la implementación de un principio inscrito en la Constitución Europea: la competición entre las economías europeas, combinada con una moneda única gestionada por el BCE garante de la estabilidad de los precios, constituye la base misma del edificio comunitario y el eje dominante de las políticas nacionales. Esto significa que cada país miembro es libre de usar del dumping fiscal más hostil para atraer a las multinacionales, de devaluar los salarios y  reducir la protección social para generar empleo a expensas de sus vecinos; de rebajar los costes de producción a través de la deslocalización…

Un ejemplo de este dogma de la competitividad (capacidad de competir) a costa de los salarios lo podemos constatar en estos momentos con los acontecimientos de la fábrica de la Opel en Figueruelas de Zaragoza. Mantengo el nombre de Opel, ya que así se conoce en Zaragoza y en todo Aragón. Recientemente pasó   al grupo PSA (Peugeot y Citroën) que compró la división europea de General Motors, la cual incluye las enseñas automovilísticas Opel y Vauxhall, que funciona en Reino Unido.

Se está negociando el convenio, en el cual la empresa ha impuesto unas condiciones draconianas. La última oferta del Grupo PSA para alcanzar un acuerdo sobre el convenio colectivo de cinco años de duración, incluye tres años de congelación salarial (del 2018 al 2020) y dos más de subidas del 50% del IPC real del año anterior. También plantea reducir las pausas de trabajo para acercarse a las que tiene PSA en Vigo y realizar recortes en los pluses. La compañía anunció a finales de año la supresión del contrato relevo y el despido de 170 trabajadores temporales. Además, lo que huele a chantaje, no está dispuesta a demorar mucho más el proceso y ha dado una fecha límite para alcanzar ese pacto: el 29 de enero. De no llevarse a cabo  amenaza con no hacer nuevas inversiones y de llevarse el Corsa a partir del 2019 (lo que reduciría a la mitad la producción de la factoría aragonesa). Los cinco puntos de los sindicatos son: un plan industrial de futuro, la vuelta del contrato de relevo, un plan de rejuvenecimiento, la recontratación de 170 temporales y la inclusión de 400 empleados al convenio.  El consultor y experto en el sector del automóvil, José Antonio Bueno, considera que «técnicamente» Zaragoza es la mejor planta para hacer el Corsa, pero también advierte de que «con Carlos Tavares el todo poderoso jefe de PSA no se juega» y señala a los sindicatos que «si son inflexibles, perderán». Esto sería un auténtico desastre para la industria del automóvil en Aragón con una pérdida de empleos, que podría superar los 5.000 entre Opel y el resto de empresas auxiliares.  Al escribir estas líneas, llevan reunidos empresa y sindicatos 9 horas. Ojalá me equivoque. Mas, esto pinta mal para los trabajadores. Hoy todo el poder está en manos del capital y cada vez el trabajo está más desvalorizado, lo que tampoco es decir nada nuevo. Este el modelo neoliberal.

Es gravísimo el que nos hayamos dejado manipular por el lenguaje economicista hasta tal punto, que no somos conscientes del riesgo y la trascendencia del uso de las palabras. Como consecuencia del domino apabullante del neoliberalismo, hablamos con total naturalidad del “mercado laboral”, lo que supone considerar a los hombres como simples mercancías dispuestas a ser compradas y vendidas de acuerdo con la ley de la oferta y de la demanda, pero es el ser humano no es una mercancía. Por ello, resultó premonitoria la advertencia de 1944 de Karl Polanyi en La gran transformación. Crítica del sistema liberal.  Autor que en las dos últimas décadas ha logrado un justo y tardío reconocimiento, como uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Nos dijo  en lo que concierne al trabajo, la tierra, permitir que el mecanismo del mercado los dirija por su propia cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así porque la pretendida mercancía denominada «fuerza de trabajo» no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. Desprovistos de la protectora cobertura institucional, los seres humanos perecerían, al ser abandonados en la sociedad: morirían convirtiéndose en víctimas de una desorganización social aguda.

Hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Esta sociedad de mercado, en la que todo está en venta si hay beneficio, nos dice Polanyi no es el fin de la historia. En general, a todo avance indiscriminado del proceso de mercantilización de la vida social, de pretensión de  desligar la economía del resto de la vida social, política o moral, ha surgido a lo largo de la historia un movimiento defensivo. La salida hoy no es fácil. Pero es posible. En realidad, es indispensable. Y es sobre todo cuestión de imaginación. El problema hoy no es el predominio del mercado, sino su capacidad de esterilización cultural. Polanyi de nuevo: “La creatividad institucional del hombre solo ha quedado en suspenso cuando se le ha permitido al mercado triturar el tejido humano hasta conferirle la monótona uniformidad de la superficie lunar”. A pesar de todo, a finales del XIX se imaginaron el salario mínimo, el límite a la jornada laboral; en los años 30 formas de intervención pública para contrarrestar la recesión; y tras la II Guerra Mundial el Estado de bienestar.  Esas conquistas fueron fruto de siglo y medio de luchas sociales. Sin embargo, hoy no se vislumbra nada en el horizonte contra el neoliberalismo. Tal hecho lo explica muy bien Josep Fontana: "Las clases dominantes han vivido siempre amedrentadas por unos fantasmas: los jacobinos, los carbonarios, los masones, los anarquistas, los comunistas. Eran amenazas fantasmales, pero los miedos eran reales”. Con esos fantasmas los gobiernos por prudencia hicieron concesiones a los trabajadores para mantener el orden social.” Hoy no tienen ningún enemigo que les inquiete.  

Mas lo evidente es que hoy  la “cuestión social” existe con la crudeza que lo era  a fines del XIX. La forma de abordarla puede hacerse desde la prudencia o desde la ética. Lo ideal sería desde ambas. Desde la prudencia de lo que se trataría es de salvar el capitalismo de sí mismo o de los monstruos que genera. Para ello hay que impedir que el capitalismo genere una clase baja indignada, empobrecida, resentida presta al levantamiento revolucionario. Desde la ética, de lo que se trataría es de proporcionar los medios adecuados para que los trabajadores y su familia vivan decentemente.

Por lo que estamos observando las élites políticas y económicas mundiales reunidas en Davos no tienen ninguna intención de abordar la cuestión social. Si no lo hacen desde la ética, por lo menos debieran hacerlo desde la prudencia.

Termino con unas palabras  de Tony Judt extraídas de su libro Sobre el olvidado siglo XX. “Las reformas sociales de la posguerra en Europa se instituyeron en buena medida como barrera para impedir el regreso de la desesperación y el descontento. El desmantelamiento de esas reformas sociales, por la razón que sea, no está exento de riesgos. Como sabían muy bien los grandes reformadores sociales del siglo XIX, la Cuestión Social, si no se aborda, no desaparece. Por el contrario, va en busca de respuestas más radicales.

La cuestión social si no se aborda, se radicaliza