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miércoles. 17.08.2022

Renacimiento ético

El hombre, que creó a dios a su imagen y semejanza, no puede dejar de construir un sistema moral basado en actitudes de comprensión hacia los demás para sobrevivir.

El hombre, que creó a dios a su imagen y semejanza, no puede dejar de construir un sistema moral basado en actitudes de comprensión hacia los demás para sobrevivir. Esta necesidad es aún más apremiante en una realidad inter-nacional en la que se muestra, mediante un clic, a toda una serie de individuos anónimos conectados e intercambiado información sobre los más variables aspectos: aficiones, gustos, consumo, actualidad, negocios o mercado laboral. La sociedad de la información ha provocado que la inmediatez sea la clave de la modernización personal y el progreso, transformando, el espacio público, la solidaridad de los grupos, los caracteres sociales, las formas de vivir y de amar, así como las estructuras de influencia y de poder. Del mismo modo, han cambiado las maneras de apreciar las concepciones socio-políticas.

Siguiendo a UIrich Beck, en La sociedad del riesgo, a día de hoy, en nuestro tiempo, necesitamos una modernización reflexiva para establecer una relación madura con la existencia en el medio y las personas que queremos.

Sin embargo, los espacios de las relaciones de sociedad condicionan más que nunca el principio básico de un acto de adaptación, esto es, la relación entre sujeto y objeto y la repercusión ante las acciones. Lo cognitivo y lo emotivo de una conducta elaborada por el pensamiento está determinada por creaciones intersubjetivas. Esas creaciones intersubjetivas, elaboradas de manera inmediata, a su vez, han provocado una variación definitiva del condicionamiento. Lo que Piaget denominó en Psicología de la inteligencia, como factores subjetivos del pensamiento (las creencias) y los factores objetivos del pensamiento (las necesidades) son actos adaptativos y re-adaptativos determinados por un mundo, el de la inmediatez, construido por la virtualidad real, que es incapaz de percibir los riesgos que conlleva no establecer éticas cívicas y afectos reflexivos.

El auge de la imagen, de la comunicación, el deseo de emulación, de ascenso social rápido, la cultura finalista que olvida los medios, la virtualidad, etc, han despojado de valores éticos a los gobiernos y a la convivencia ciudadana. En realidad, los ejemplos de Camps en Valencia, de Matas en Baleares, el corporativismo del mundo judicial, los turbios negocios de Urdangarín y otros muchos casos que se podían mencionar, no son algo novedoso en la Historia. Hace justo 40 años, el cine retrató de manera magistral todo ese mundo de sumisiones, de rivalidades, de opacidad y de corporativismo. El Padrino, es la película clave del cine moderno, la exposición de un código moral propio y ajeno a las leyes de una saga familiar que se extiende a lo largo de tres películas, dirigidas por Francis Ford Coppola y que ya es, por derecho propio, una de las obras maestras más importantes de la historia del cine. Coppola lleva a la pantalla una famosa novela de Mario Puzzo donde tras la epopeya acerca de la familia, el honor y la Mafia (palabra que nunca llega a usarse en la película) subyacen una visión de la sociedad americana de posguerra, y junto a las otras dos entregas constituirán un imprescindible documento sobre la historia de los Estados Unidos en el siglo XX.

La destrucción de los vínculos de lealtad públicos que está trayendo la globalización, la desregulación, el neoconservadurismo, está dejando claro y patente que el patrón de moralidad no lo debe marcar un sentimiento religioso o un dogma o un texto sino que debe estar inspirado en la racionalidad obtenida por el conocimiento humano puesto al servicio de los demás y del progreso de la humanidad. Es cierto que ya no existe en la contemporaneidad ningún vínculo necesario o lógico entre fe religiosa y los principios de la moral, (como existió hasta las revoluciones burguesas del XIX), aunque generalmente sí existe y se extiende de manera imparable, nexos de motivación psicológica a través de los diversos espacios que generan dependencias, sumisiones, éticas y prácticas ajenas a la virtud ciudadana de lo público, algo que observó muy pronto Manuel Castells en su colosal Era de la información, y, más recientemente, el historiador Tony Judt, en Algo va mal. Sobre esa dependencia psicológica, en buena medida mediatizada por la incapacidad de ejecutar un acto de inteligencia reflexiva, se establecen en los sujetos asimilaciones perversas, es decir, la incorporación de objetos o esquemas de conducta dependientes de la voluntad ajena o acríticos. Una voluntad que no educa la moral sino que la corrompe, que no comprende el Ethôs personal sino que lo substituye por un interés particular y egoísta. Tal es así también en los vicios y perversiones vitales que dañan el comportamiento natural del ser humano, como en las explotaciones humanas, las drogas y otras conductas que alteran o destruyen cualquier desarrollo maduro de la personalidad.

Para evitar la corrupción de la cultura cívica, la reverberación del interés egoísta o corporativo, frente a lo público, debemos impulsar, decididamente, un renacimiento ético de las conductas que se plasme en todas nuestras acciones en la vida social y también en nuestros espacios (las instituciones). Para J.S. Huxley la convivencia en nuestro tiempo debe gestarse en la combinación de las acciones al progreso evolutivo (desde los menos evolucionados a los más evolucionados). Otros autores como C.H. Waddington, han expuesto que la moral, sin embargo, no establece un patrón para evaluar lo que es humanamente bueno. En todo caso, hoy ser humanamente moral - atendiendo a nuestros conocimientos -, pasa por actuar de un modo tal que prevea consecuencias hacia los demás. Mi acción tiene una dimensión ética solo si prevé consecuencias. Pero un comportamiento ético no se produce por adaptación al ambiente o a las circunstancias, cambia por evolución intelectual. En eso consiste la modernización reflexiva.

Las conductas éticas y los sistemas morales de convivencia que obtienen comportamientos debieran estar inspiradas en el bienestar social que generan. Denomino sofisma natural al axioma que se expresa en el es y en lo que debe ser. Esto significa una reflexión de la existencia basada en ser consciente de la inteligencia para tratar de mediar de alguna manera las consecuencias de nuestros actos. Lo esencial de nuestro tiempo es educar el comportamiento para construir una moral a través de la adquisición o el aprendizaje de experiencias significativas.

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