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miércoles. 17.08.2022

Rajoy está muy contento, las cosas van bien

España va mal, señor Rajoy. Mucho menos mal, por supuesto, para los directivos de las empresas del Ibex-35...

Una vez que la propia vicepresidenta del Gobierno español o la esposa de un dirigente conservador británico han coincidido en hacer uso de un lenguaje sin complejos, al nivel de conversaciones desenfadadas, para expresar sus sentimientos, me corroe la tentación de limitar el comentario a las palabras con las que Mariano Rajoy ha saludado la noticia de que se sigue destruyendo empleo a borbotones y que hay dos millones de familias sin ningún trabajo, con un verdulero: “Vaya usted a …” 

Exactamente eso es lo que han pensado a buen seguro millones de españoles, hartos ya de no apreciar en su vida ninguno de los signos de recuperación publicitados hasta la nausea en el intento de arañar algunos votos para la decepcionante cita del 25 de mayo. No creo, sin embargo, que quienes tenemos todavía la posibilidad de transmitir nuestras ideas y opiniones en algún medio, por minoritario que sea, debamos dejarnos arrastrar por los instintos primarios y ponernos al mismo nivel de degradación moral e intelectual que el que supone el desprecio del máximo responsable de la política española hacia el sufrimiento cierto de sus compatriotas: tanto los que soportan directamente la angustia por supervivir, como la de quienes asistimos con impotencia a la resolución de sus problemas.

España va mal, señor Rajoy. Mucho menos mal, por supuesto, para los directivos de las empresas del Ibex-35, para los especuladores financieros, para la tropa de asesores que vuelven a engordar el sector público, ocupando el vacío de médicos o maestros, y para aquellos que se sienten impunes en su defraudación fiscal, desde tesoreros de partidos y “sobrecogedores” varios, hasta venerables figuras del arte. España va mal, muy mal, para los jóvenes que no encuentran trabajo -salvo Carromero- forzados a emigrar o regalar a cambio de una limosna sus conocimientos. Además de tener que soportar los insultos obscenos de una directiva empresarial. España va mal, señor Rajoy, para la inmensa mayoría de los trabajadores españoles, los segundos en un ranking, tras Grecia, según una encuesta europea que debiera haber provocado su bochorno y su dimisión. La reforma laboral es un fracaso, además de una crueldad, que va destruyendo el tejido social y empobreciendo la capacidad de reacción ante el futuro.

Las cosas no van bien, tampoco, en Francia. Pero la envidiable diferencia con nuestros vecinos es que allí, latente el espíritu republicano, los ciudadanos son respetados y el primer ministro comparece para rendir cuentas y explicar la gravedad de la situación que le obliga a adoptar medidas muy dolorosas, aunque menos cruentas y más atemperadas a la idea de dañar menos a los que menos tienen. La diferencia es, asimismo, que el primer ministro galo pacta sus recortes con su propio grupo parlamentario y tiene que aceptar, de buen o mal grado, críticas y votos de castigo. La diferencia, en suma, es una concepción profunda de la democracia y un poso cultural cultivado con esmero durante centenares de años.

La corrupción de nuestra vida política no es sólo la que se traduce en imputaciones y juicios interminables por el expolio de los recursos públicos, sino la que va envileciendo el lenguaje y desacreditando el debate de las ideas para enaltecer la capacidad del exabrupto. La corrupción es pasar del “Váyase, señor González” a la tentación de escribir “Váyase a…., señor Rajoy”. Y eso no pienso hacerlo en “mi p…vida” por mucho que me ampare la autoridad y el ejemplo de una vicepresidenta del Gobierno.

Rajoy está muy contento, las cosas van bien