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lunes. 27.06.2022

Pilar y Ajnatón

NUEVATRIBUNA.ES - 5.3.2010 Cuando se trata de escribir sobre cine la subjetividad de cada uno marca su opinión. Por ejemplo: Johnny Guitar a unos les puede parecer una película del oeste y a otros una novela de amor.
NUEVATRIBUNA.ES - 5.3.2010

Cuando se trata de escribir sobre cine la subjetividad de cada uno marca su opinión. Por ejemplo: Johnny Guitar a unos les puede parecer una película del oeste y a otros una novela de amor. Hecha esta salvedad, escribo sobre Faraón, la película de 1967 del ucranio-polaco Jerzy Kawalerowicz basada en la novela de Boleslav Prus (Aleksander Golwacki). Allá por los años 80 en una tarde perdida y acompañado de mi amigo Enrique entramos al cine atraídos por mi afición a la egiptología como simple aficionado.

Según se iba desarrollando la cinta mi sorpresa aumentaba ante lo que considero uno de los mejores estudios sobre el Poder. El faraón Ramsés XIII se convierte en un rebelde cuando accede al trono. Es un soldado amado por su ejército con el que se bate en cada batalla; gira su reinado hacia un pueblo hambriento mientras los poderosos, sobre todo el clero de Tebas, tienen sus palacios y templos llenos de provisiones; se enamora de una judía (en la película, una tribu inferior); y lo que es peor, abandona el politeísmo religioso para creer en un solo Dios unificador. Demasiado para aquella época si pensamos que los hechos están situados hacia el siglo XVI antes de Cristo. En definitiva, se convierte en un rey populista, un rebelde con causa y un hereje muy lejos del distanciamiento propio de un faraón. Los sacerdotes de Tebas (el poder religioso) con el sumo sacerdote Her-ho a la cabeza, consiguen aislar al faraón en un palacio lejos del pueblo y lo asesinan. Her-ho ocupa su lugar y se convierte en faraón.

Desde el punto de vista estrictamente histórico y científico la novela tiene errores de bulto que el director no quiso cambiar. Tales fallos se explican por la falta de medios del autor para visitar Egipto o consultar una bibliografía suficiente. Quedé tan impresionado por Faraón que en las conversaciones con mis amigos no conseguía añadir luz a la historia ni saber si estaba basada en hechos reales y, en su caso, cuál había sido su influencia en la Historia. Al igual que Prus, mi incultura y mis limitados medios lo impedían.

Así hasta que en Murcia en un descanso de la caravana electoral de IU, en 1989, surgió la conversación entre varios colegas. Una compañera de una radio me dejó perplejo cuando al instante manifestó que la novela y la película estaban basadas en hechos reales. Que se trataba de Ajnatón, o Aknatón, “aquél en quien se complace el disco solar” perteneciente a la XVIII dinastía y que vivió en el siglo XIV antes de Cristo. Continuó explicándome que tales hechos estaban comprobados en excavaciones recientes y que en varias fases de la historia de Egipto se había adorado a un dios único, el sol, en oposición al politeísmo del clero de Tebas.

Mis escasos medios no me han permitido volver sobre el asunto pero siempre quedó en mi cabeza esa lucha entre el poder civil y el poder religioso. La lucha entre “las élites del poder” y el pueblo y sus representantes legítimos, bien sean en forma de rey o de dirigentes populares. Hoy en España los monseñores de la Iglesia Católica están cargando con todas las baterías a su alcance en un nuevo intento de primar el poder religioso sobre el poder civil democráticamente elegido. En su película, Kawalerowicz piensa que el poder de las élites es incontestable, sobre todo si consiguen “aislar” al gobernante sin salir de “las alfombras del palacio”. En mi añoranza hecho de menos seguir discutiendo el asunto con aquella compañera. Pongamos que estoy hablando de Pilar Gassent.

José Luis Egido - Periodista.

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