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martes 17/5/22

Periodistas

Nada tengo, ni a favor ni en contra, de Telma Ortiz, la hermana de la Princesa de Asturias. Sigo, con interés puramente periodístico sus avatares con una parte de la profesión que, he decir de antemano, no me gusta. No sé y pido disculpas por mi ignorancia- si tiene o no razón en su demanda contra medio centenar de medios de comunicación.Pero, desde un punto de vista profesional, el caso de Telma Ortiz despierta, cuando menos, mi curiosidad.
Nada tengo, ni a favor ni en contra, de Telma Ortiz, la hermana de la Princesa de Asturias. Sigo, con interés puramente periodístico sus avatares con una parte de la profesión que, he decir de antemano, no me gusta. No sé y pido disculpas por mi ignorancia- si tiene o no razón en su demanda contra medio centenar de medios de comunicación.

Pero, desde un punto de vista profesional, el caso de Telma Ortiz despierta, cuando menos, mi curiosidad. El caso es que Telma Ortiz y su pareja es curioso que en este país tan dado al machismo sea ella la protagonista- han pedido al juez medidas cautelares para que la dejen en paz los periodistas que la persiguen para captar su imagen.

Dicen que puede perder la demanda o la denuncia o la figura jurídica que sea. No importa. Porque el caso plantea una de las cuestiones más debatidas de esta profesión: la libertad de expresión o el derecho a la propia intimidad.

Desde hace unos años, amparándose en el derecho sagrado a la libertad de información, los periodistas algunos, por lo menos- hemos saltado cualquier línea que, tradicionalmente, ha separado lo que es el derecho a informar de la difusión del rumor, el morbo o el simple y llano cotilleo.

Hemos convertido en producto informativo desde los asuntos de entrepierna a la privacidad más íntima. Hemos entrado a saco y sin respeto alguno en el área más privada de las personas, amparándonos en que eso, eso precisamente, es lo que exige el ciudadano. Ahora es noticia por la relevancia del personaje, pero hace tiempo que hemos arrastrado por el fango de la información vida y sentimientos de gentes que, en muchos casos, sólo tenían entre sus manos la fama efímera de una imagen, de un titular, de una palabra.

Nunca sabremos si hemos sido los medios de comunicación los que hemos creado esa demanda informativa, o si han sido los consumidores los que nos han demandado saber de novios, amantes, hijos o hermanos de los que llamamos personajes públicos. Es verdad que hay una curiosidad malsana o no- en conocer la vida de los demás. Pero también es verdad que siempre ha habido una cierta responsabilidad de los medios a la hora de suministrar información que nada o muy poco aporta al conocimiento real de la vida social.

Hay lectores, televidentes u oyentes de los medios de comunicación a los que les encantaría conocer el lado más sórdido de una violación, un crimen o un suicidio. Pero los medios no dudan en estos casos y evitan aquellas informaciones que sólo sirven para alimentar la curiosidad malsana de sus consumidores. Nadie se cuestiona este principio. Porque los medios de comunicación social tienen entre sus objetivos informar verazmente, pero no contribuir a cebar aún más el carácter enfermizo de ciertas demandas.

Dudo, por tanto, que el hecho de que Telma y su compañero salgan a pasear con su hija por un parque y su correspondiente y su posterior difusión contribuya a ofrecer una visión más veraz de la sociedad en la que vivimos.

Es más, me parece razonable que esta pareja y cualquier otra- tengan todo el derecho a disfrutar de un paseo, de unas compras, de unos besos en público, sin tener a sus espaldas las cámaras de cualquier periodista que haga de ello carnaza y objeto informativo y económico. Otra cosa es que, si hacen uso de privilegios que si afectan de manera discriminatoria al resto de los ciudadanos, sean los medios los encargados de denunciarlos.

No sé cuál será la sentencia definitiva de los jueces. Y sé que tienen una difícil papeleta. Pero siempre defenderé que todo ser humano tiene el sagrado derecho a vivir en paz, a moverse libremente, a no sentirse atosigado o acosado por nadie. Aunque sea la hermana de la Princesa de Asturias o la ex mujer de un torero.

Tal vez haya llegado el momento de que los periodistas, como profesión, abramos ese debate en torno a lo que es información, a lo que es la esencia de una profesión que, desde luego, no tiene entre sus objetivos, ni el encanallamiento, ni la crueldad, ni el cotilleo. Hace un tiempo leí un trabajo de un famoso catedrático en torno a estos temas. Decía que quienes se dedican a esto se les puede llamar de muchas formas, pero nunca periodistas. No puede ser la vida sucesión de imágenes robadas, intimidades reveladas, murmullos en la oscuridad de las esquinas.

Porque, si es así, habría que decir con Paco Brines:

“Si tan ruda
es la vida, tan incivil el sentimiento,

tan injusta la pena,
y en ello no hubo enmienda con los siglos,
no hagas tú como aquél,

no pretendas hacer digna la vida:
tan torpe tiranía
no merece sino tu natural indiferencia”.

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