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domingo. 14.08.2022

Maltrecho erario

“La polémica por los viajes de lujo en fines de semana largos y los gastos cargados al erario público habían hecho insostenible su permanencia (la de Dívar) en el puesto” (El País, 21.6.2012). El erario es el dinero público. Por tanto, decir erario público es cuña redundante a la que, paradójicamente, están abonados quienes debieran ser sus más fervientes defensores.

“La polémica por los viajes de lujo en fines de semana largos y los gastos cargados al erario público habían hecho insostenible su permanencia (la de Dívar) en el puesto” (El País, 21.6.2012). El erario es el dinero público. Por tanto, decir erario público es cuña redundante a la que, paradójicamente, están abonados quienes debieran ser sus más fervientes defensores. Es un pleonasmo. Lo mismo que decir que alguien tiene veinte años de edad como subir arriba o bajar abajo, o lo vi con mis propios ojos.

La palabra erario proviene del latín, de aes, aeris, empleada genéricamente para referirse a todos los metales que se extraían de la tierra, excepto el oro y la plata. Significaba metal, y con el tiempo adquirió el valor semántico de dinero. De ahí que se diga “pagar en metálico”, es decir, pagar en efectivo.

El denominado aerarium constituía el tesoro público, es decir, las reservas en metal que permitían al poder acuñar moneda.

En cambio, relacionar ética y política ya no es un pleonasmo, pues si algo falta en la política actual es, precisamente, ética. Asociar política y ética se ha convertido hoy en un oxímoron, en un binomio incompatible, como pueda ser la expresión “inteligencia militar”.

Y es un oxímoron hablar de ética y política cuando, sobre todo, atendemos a la relación que ciertos políticos mantienen con el dinero de los contribuyentes, el llamado erario. Se les nota que se trata de un dinero que ellos no ganan con el sudor productivo de su frente. Si los dispendios que protagonizan saliesen de sus cuentas corrientes, seguro que no serían tan despilfarradores y mirarían con más avaricia que generosidad ciertos gastos que sólo contribuyen en exclusiva a sus, mayormente, vicios o caprichos personales.

Se trata de una relación tan escandalosa que se ha convertido en el origen de muchos cabreos colectivos y que, desde luego, a quien esto suscribe le impide utilizar la ironía y el sarcasmo para referirse a dicha materia. Pues son asuntos tan dolorosos que aconsejan aparcar el sentido del humor para otras ocasiones menos sangrantes.

Lo que cierta clase política está mostrando en su relación con el erario es de tal gravedad que parece hasta mentira que la sociedad en masa no intente agredirla y vapulearla físicamente. Que a la alcaldesa de Pamplona, la bromatóloga Barcina, le tiznaran la permanente con una tarta de merengue francés es una minucia con lo que su manera de encarar su actividad política merece. Sólo dos anécdotas.

Recientemente, pidió a la sociedad que aceptara bajarse los sueldos y ella se lo sube un 33%. Cuando se presentó para presidenta de Gobierno de Navarra y dejó la alcaldía de Pamplona, dispuso de 19 días sin oficio conocido que aprovechó para incorporarse a la Universidad Pública –de la que era y es titular de Bromatología- y poder cobrar así esos 19 días como catedrática. Sí, ya lo sé. La ley estaba de su parte. Pero, ¿la ética? ¿Que todos hubiéramos actuado del mismo modo? Está por ver.

El consejero de Economía del Gobierno de Navarra, Álvaro Miranda, parece bailar idéntica jota del cinismo. En unas declaraciones, afirmó, porque “así se lo pedía el corazón, que se sentía mal pagado”. Es muy probable que, dada su categoría intelectual y económica, el sueldo anual de 80. 000 euros, más cotas adicionales variadas, fuese una minucia para su tren de vida. Ahora, que ha presentado su dimisión en el gobierno navarro, podrá, seguramente, tener un sueldo acorde con su perfil de nuevo rico.

Existe una clase política, cuyos mendas no sabría decir si son más de derechas que de izquierdas, porque hay de todos los colores, que desconoce por completo lo que es la delicadeza y la discreción. Olvidan que sus palabras son actos de habla perlocutivos, es decir, hechos que tienen una repercusión directa en el comportamiento de la ciudadanía. Tanto que muchos de estos actos, por el insulto a los demás que transportan en sus significantes, deberían tipificarse como delictivos.

El insulto se agrava cuando el acto de habla en sí viene acompañado por un hecho para sí, o viceversa. Recordemos el asunto de los retratos de algunos políticos, pagados con dinero público. La degradación ética, en la que estos gerifaltes institucionales han caído, constituye una de las afrentas más escandalosas de la democracia. Lo más ofensivo es saber que ninguno de ellos se hubiera hecho dicho retrato caso de haberlo tenido que pagar de su bolsillo. Al fin y al cabo, ¿cuándo mostraron inclinación alguna por la pintura o por el arte en general?

Dice la prensa que el cuadro de Álvarez Cascos “sólo nos costará 190.000 euros y que el artista elegido para llevarlo a efecto es Antonio López”. Una pena para el artista, que, visto lo visto, bien podría haber cobrado 400.000 euros.

Dicha cantidad la abonará el Ministerio de Fomento, es decir, el erario. Vamos mejorando. El cuadro de Bono costó la mitad. El de Aznar 82.600 euros, que, sumados a los de algunos de sus ministros, elevaron la cuota artística a 400. 000 euros. El de Elena Torres, costó al Parlamento Navarro, es decir, a los contribuyentes, 6980 euros.

Todo ello muy legal, constitucional y democrático. Luego, se extrañarán que cierta ciudadanía esté hasta la coronilla de la legalidad, de la democracia y del sistema constitucional que permite estas frivolidades afrentosas de cierta clase política con el dinero de todos.

Lamentablemente, los políticos no se encuentran solos en esta carencia de saber estar, porque, probablemente, tampoco saben ser. Dos ejemplos.

Primero. Hace días leí que el arquitecto Santiago Calatrava consideraba sus honorarios “muy modestos, y que los 100 millones de euros que cobró por proyectos en Valencia están por debajo de la media”. Seguro que el arquitecto tiene razón. Pero habría estado mejor que el reproche se lo hubiese dirigido a su abuela o a los ectoplasmas.

Segundo. Contaba un periódico que al tenista Rafa Nadal·”le habían robado un reloj valorado en 300. 000 euros, prestado por la marca Richard Mille para lucirlo durante su estancia en la capital francesa”.

La noticia se presta a muchas interpretaciones. En cualquiera de las que se me han ocurrido, la figura del deportista sale mal enfocada. Pero, como ya he dicho, me reservaré el sarcasmo para ocasiones en que los protagonistas posean un encefalograma menos plano.

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