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viernes. 03.02.2023

La Constitución, irreformable pero mutilada

Diciembre suele ser un mes “muy constitucional” en el ámbito político. Y desde hace unos años, cuando llega el 6 de diciembre, junto con los actos protocolarios, surge como un tema recurrente la conveniencia o no de reformar la Constitución. Este año, sin muchas alharacas y en un clima de pesimismo y desconfianza ciudadana hacia las instituciones, se ha celebrado oficialmente el 34º aniversario del referéndum constitucional.

Diciembre suele ser un mes “muy constitucional” en el ámbito político. Y desde hace unos años, cuando llega el 6 de diciembre, junto con los actos protocolarios, surge como un tema recurrente la conveniencia o no de reformar la Constitución.

Este año, sin muchas alharacas y en un clima de pesimismo y desconfianza ciudadana hacia las instituciones, se ha celebrado oficialmente el 34º aniversario del referéndum constitucional. La jornada de puertas abiertas ha tenido lugar en esa cámara inútil que es el Senado, porque unas obras -ese ha sido el motivo alegado- no permitían hacerla en el Congreso, que sigue rodeado de un perímetro de seguridad, cuyas vallas son, a la vez, una metáfora de lo que acontece dentro: el debate descartado, el diálogo rechazado, el presidente del Gobierno sigue ausente, o dejándose caer cuando le viene bien. Se diría que esa cámara es un adorno democrático de quienes gobiernan mediante decretos.

Diversos partidos de la oposición han aprovechado la ocasión para señalar la necesidad de reformar la Carta Magna, pero desde el Partido Popular han dicho que la Constitución no se toca. “Funciona bien” ha dicho Cospedal, y para Rajoy,  ni el momento es oportuno ni el objetivo de la reforma está claro, y además “está plenamente vigente”. Rajoy cumple órdenes; Aznar, que la condenó en su años mozos, después se apropió de ella y decidió congelarla. El texto está hibernado,  pero cada semana se derogan artículos a golpe de simples decretos; cada semana se mutilan derechos de los ciudadanos contenidos en la Carta.

De modo que, cuando el régimen político presenta grietas, el deterioro de las instituciones es difícil de negar y la clase política está desacreditada como nunca, la derecha exhibe su inmovilismo para rechazar reformas que hoy día son necesarias y que, a lo mejor, dentro de no mucho tiempo son ya imposibles de abordar. Parece que han aprendido poco de nuestra historia.

La Carta de Bayona de 1808, la Constitución de Cádiz de 1812, el Estatuto Real de 1834, la Constitución de 1837, la de 1845, la nonnata Constitución de 1856, los cambios constitucionales entre 1856 y 1868, la Constitución de 1869, el proyecto de Constitución federal de 1873, la Constitución de 1876, los proyectos de Primo de Rivera, la Constitución de 1931, las Leyes Fundamentales de Franco y, luego, la Constitución de 1978 son los jalones de una España necesitada de vertebración política, pero en la cual la organización del Estado y la articulación de las diversas aspiraciones ideológicas no duraban mucho tiempo.

En la historia constitucional de España, los sucesivos procesos constituyentes pueden ser contemplados como si fueran las crestas de las olas que indican el movimiento profundo de las aguas sociales. Desde la limitada perspectiva que ofrecía el año 1836, la observación de esta azarosa existencia ya inspiró a Larra uno de sus ácidos epigramas: Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto.

Nuestra azarosa trayectoria constitucional puede entenderse con otros nombres pero representa históricamente lo mismo: huída de los Borbones a Francia, invasión francesa y guerra de la Independencia, reinado de Bonaparte, primeras Cortes liberales, primera restauración borbónica y regreso del absolutismo, trienio constitucional, nueva restauración absolutista y década ominosa, guerra carlista y reforma liberal, bienio progresista, década moderada y segunda guerra carlista, revolución de 1854, etapa conservadora isabelina, gloriosa revolución de 1868 y caída de la monarquía, nueva guerra carlista, sexenio revolucionario, cambio de dinastía (Amadeo de Saboya), Iª República, segunda restauración borbónica (Alfonso XII), agonía del canovismo, dictadura (Primo de Rivera) y dictablanda (Berenguer), IIª República, guerra civil, dictadura franquista, una transición y otra restauración borbónica. Y 35 años después, un régimen político exhausto exige cambios en la Constitución, que la derecha se niega a discutir. 

Los Estados Unidos tienen la misma Constitución desde 1787, reformada, evidentemente, mediante sucesivas enmiendas; en España, en los 64 años que transcurren 1812 a 1876, sin contar el Estatuto de Bayona, el Estatuto Real de 1834 ni la non nata Constitución de 1856 y la abortada Constitución federal, hemos tenido cinco constituciones (1812, 1837, 1845, 1869 y 1876). Y en el siglo XX, hemos aprobado dos constituciones, la de 1931 y la de 1978, sin contar las leyes del Directorio militar ni el conjunto de las Leyes Fundamentales de la dictadura, inspiradas en principios permanentes, pero consideradas por Franco una constitución abierta y en evolución.

En la historia constitucional de España se pueden percibir dos lógicas que actúan de modo inexorable: 1) Las constituciones conservadoras son las que están más tiempo vigentes. Las que duran poco son las progresistas. 2) Las constituciones rara vez se reforman; se abolen o se agotan y se reemplazan por otras nuevas.

Parece que la de 1978 lleva el mismo camino. Por las dificultades que conlleva su reforma y la negativa del Partido Popular a hablar del tema, la vigente Carta Magna más parece destinada a pudrirse que a reformarse. 

La Constitución, irreformable pero mutilada