jueves 26/11/20

El linchamiento de Garzón

Nunca me hicieron gracia los jueces estrella porque atraen sobre sí una atención que no les corresponde, una atención susceptible de dañar –por las turbulencias políticas y mediáticas- la ecuanimidad que debe caracterizar a cualquier juez o magistrado. Habría querido no conocer los nombres de los jueces, saber de los pleitos y procesos por la justeza de las sentencias, nada más.

Nunca me hicieron gracia los jueces estrella porque atraen sobre sí una atención que no les corresponde, una atención susceptible de dañar –por las turbulencias políticas y mediáticas- la ecuanimidad que debe caracterizar a cualquier juez o magistrado. Habría querido no conocer los nombres de los jueces, saber de los pleitos y procesos por la justeza de las sentencias, nada más. Sin embargo, eso son pareceres personales y la realidad es que tenemos una Audiencia Nacional -que es un cuerpo extraño dentro del entramado judicial español, una especie de tribunal especial- y jueces estrella. Entre estos últimos, es Garzón el astro que más ha brillado en el firmamento judicial español, porque ha llevado y dirigido operaciones enormemente complejas que, indudablemente, necesitaban de un hombre de su decisión, valentía y tesón para sacarlas adelante con éxito. Operaciones contra los narcotraficantes gallegos y gaditanos, contra la barbarie etarra, contra la corrupción en las Fuerzas de Seguridad del Estado, contra la tortura en tiempos difíciles, contra las dictaduras uruguaya, argentina y chilena, el procesamiento de Pinochet, el caso Gurtel y la apertura de la causa contra el genocidio franquista son parte del currículum de una persona que ama la Justicia sobre todas las cosas, pero que es humano y que, como tal, ha podido cometer los errores consustanciales a una especie llena de imperfecciones. Sin embargo, pese a lo dicho y a lo que dicen, nunca pensé que un hombre al que daba igual la noche que la mañana que la madrugada, que estaba siempre dispuesto a estar en el teatro de las operaciones que dirigía a cualquier hora del día, asumiendo todos los riesgos, quisiese ser un juez estrella, sino un ejemplar trabajador de la Justicia. Fueron las arriesgadas instrucciones y operaciones que dirigió, mientras otros tocaban la gaita, la causa primera de su celebridad. Luego, los medios convencionales hacen y deshacen a su antojo según las directrices de sus propietarios en cada momento.

Pero bueno, equivocaciones aparte –que las cometemos todos y algunos varias veces al día-, Garzón ha sido un magnífico servidor de la Justicia, un hombre que ha arriesgado su vida en muchas ocasiones para que sea una realidad y que ha sido vapuleado severamente por ello. La última con ocasión de la apertura de la causa contra la matanza de españoles dirigida por uno de los mayores asesinos que ha conocido Europa, la Europa de nuestro entorno, de nuestra historia. Cuando Garzón decidió procesar y pedir la extradición de Augusto Pinochet, dictador chileno que no era más que un imitador del nacido El Ferrol, apenas recibió críticas y fueron muchos los que aplaudieron. No pudo conseguir sus propósitos, pero su acción, estoy convencido de ello, sirvió para que uruguayos, argentinos y chilenos diesen por muertas sus respectivas leyes de punto final y emprendiesen el camino de ponerse en paz con la Historia y con sus conciencias. Era competente, dijo la Audiencia Nacional, dijeron los medios nacionales e internacionales, incluso se habló de proponerlo para el premio Nóbel de la Paz.

Empero, todo cambia cuando al célebre magistrado se le ocurre abrir diligencias para, en cumplimiento de la conocida como Ley de la Memoria Histórica, del Ordenamiento Jurídico Internacional sobre Derechos Humanos –sesenta y cuatro años se cumplen en éste de su proclamación, todavía papel mojado en la mayor parte del planeta-, y de las leyes patrias que impiden que nadie esté enterrado en lugar desconocido y anónimamente, posibilitar la apertura de las fosas comunes del oprobio franquista –donde yacen más de ciento diez mil españoles torturados y asesinados por defender el Orden Constitucional-, permitir que sus familiares terminen con una pesadilla hasta ahora interminable y, quien sabe, si condenar, siquiera simbólicamente, no puede ser de otra manera, a los verdugos, a los autores y promotores de aquel exterminio: En definitiva, cerrar un capítulo dolorosísimo de nuestra historia que sigue abierto, me temo que por mucho tiempo. Entonces, desde la Fiscalía General del Estado –el Sr. Conde Pumpido tuvo un papel nefasto-, desde determinados medios, desde una parte de la clase política, de entre sus propios compañeros de profesión, comienza un linchamiento insólito que ha colocado al magistrado en el lugar del criminal. Que si Garzón es un incompetente, que si –como dijo Herrero de Miñón- su actuación es tan desdichada que no la habría firmado un estudiante de primero de Derecho, que si se ha extralimitado, que si conculca no sé cuantos artículos de la Ley de Enjuciamiento, del Código Penal o de las leyes procesales, que si reabre heridas... En definitiva, que el juez español que más ha luchado por los Derechos Humanos es un lego en la materia, un hombre capaz de todo con tal de salir en las revistas. Y no es eso, señores, no es eso. Garzón, no es el delincuente, el corrupto insaciable, el criminal, el genocida, y en este caso ha querido cerrar una tremenda herida, cerrarla definitivamente, pero aquí, parece ser, hay cosas que ni se tocan ni se nombran, y a Franco y sus criminales, no los toca ni Dios como bien han demostrado la mayoría de nuestros políticos y los informativos de todas las televisiones, incluida la pública, con motivo del fallecimiento del franquista Fraga Iribarne, encargado, por no hablar de otras cosas, de introducir a los hombres del viejo régimen en el seminuevo para que, en el fondo, las cosas no cambiasen demasiado.

Garzón ha sido condenado ya. Hoy martes 17 de enero de 2012 comienza su calvario personal y el de muchos demócratas, quizá también el de la democracia misma. Se le juzgará por investigar a presuntos delincuentes de la trama Gurtel, una trama que no merece tal nombre por lo burdo, patanesco y zafio de su urdimbre y de sus urdidores, un asunto que demuestra que los modos y hábitos franquistas siguen muy vivos entre nosotros, que continuamos en plena transición, aunque ahora puede que sea hacia atrás. Después vendrá el juicio por la causa abierta al franquismo, más tarde el de las conferencias en América. Da igual la sentencia, Garzón ya ha sido apartado de la Justicia por los franquistas y sus corruptos hijos naturales. Lo que no da igual, independientemente de la suerte de Garzón, es que los corruptos brindarán durante muchos días y que nadie juzgará el exterminio ideológico llevado a cabo por Franco y sus compinches, que seguiremos andando sobre caminos llenos de cádaveres, que el veneno de aquel régimen abyecto continuará circulando por nuestras arterias. Hoy es el día de la vergüenza. Recuerdos a Goebbels.

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