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lunes. 08.08.2022

El embrollo sirio

La crisis siria se complica cada día que pasa. La violencia se extiende. Los opositores al régimen parecen ganar posiciones, lo que provoca un recrudecimiento de las operaciones del Ejército leal al régimen. La vía diplomática se atasca. Se negocia un acuerdo de compromiso que, cuando se alcance, podría verse rebasado por unas circunstancias que evolucionan muy rápidamente.

La crisis siria se complica cada día que pasa. La violencia se extiende. Los opositores al régimen parecen ganar posiciones, lo que provoca un recrudecimiento de las operaciones del Ejército leal al régimen. La vía diplomática se atasca. Se negocia un acuerdo de compromiso que, cuando se alcance, podría verse rebasado por unas circunstancias que evolucionan muy rápidamente.

Espiral de violencia

Durante meses, se ha confiado en que la contestación siria encontrara unos cauces que excluyeran la salida violenta. Al principio, eran las propias potencias occidentales las que se mostraban renuentes a favorecer el refuerzo militar de los rebeldes. No se apreciaba con claridad el programa político de la oposición, se temía un baño de sangre sectario similar al ocurrido en Irak, y se temía sobremanera el contagio de la inestabilidad regional. Los líderes occidentales ensayaron la persuasión con el Presidente Assad. Hasta que se dieron cuenta de que, o bien el supuesto líder sirio no era verdaderamente el líder del sistema, o bien que su supuesta moderación no respondía a la realidad, sino a puras conveniencias de imagen del joven Jefe del Estado.

Se han publicado en las últimas semanas ciertos perfiles de Bashar el Assad y análisis presuntamente bien fundamentados sobre la toma de decisiones del Gobierno sirio, el equilibrio de poderes interno, las relaciones familiares y, naturalmente, la aparición de episodios de venganza y revancha en alguna de las ciudades contestatarias y el presumible efecto de un cambio en la estructura de poder de las distintas confesiones existentes en el país. Las conclusiones inquietantes han sido generalizadas y crecientes. Consecuencia: mantenerse a la espera de los acontecimientos sobre el terreno.

Y lo que ha ocurrido sobre el terreno es el avance de los rebeldes, más rápido y efectivo de lo previsto, debido en gran parte a las fracturas en el ejército, la repugnancia de muchos efectivos a disparar contra la población civil y el temor a que un vuelco en la situación desencadene una fiebre de represalias, como, en cierta medida está ocurriendo en Libia.

Una reacción tardía

Esta evolución aparente hacia un escenario de final de régimen hizo que las potencias occidentales se mostraran más decididas a apoyar decisiones que contribuyeran a acelerar el proceso. El incremento de la violencia represiva como respuesta a la ampliación de la contestación introdujo el llamado 'factor humanitario', un concepto por lo demás muy tramposo e hipócrita, pero que ha sido profusamente utilizado en este tipo de crisis.

Entretanto, el régimen parece haberse atrincherado y emite señales muy claras de que su caída tendría consecuencias graves para toda la región. Ésta es, probablemente, su última línea de defensa. 'O yo, o el caos', podría titularse el mensaje subliminal de Bashar el Assad. En realidad, se trata de una forma más conocida de caos, frente al caos absolutamente desconocido.

Lo peor para el presidente sirio es que este tipo de 'faroles' suelen ser de corto recorrido. La alianza de conveniencia entre las potencias occidentales y los regímenes conservadores árabes (muchos de ellos de similar catadura moral que el sirio, aunque con otras maneras y, desde luego, con otros amigos) está prefigurando un acuerdo a lo yemení. Es decir, Assad y su familia salvaría el cuello, dejaría el poder a su vicepresidente y se convocarían elecciones. Una fórmula muy civilizada, pero de dudoso encaje en el actual clima envenenado en que parece haberse deslizado el país. Los clanes gobernantes más poderosos pueden contar con disfrutar de un exilio dorado, pero otros muchos asociados alauíes que han cumplido tareas subsidiarias no tienen las mismas expectativas, ni mucho menos. Esas minorías, que hasta ahora ocupaban posiciones de cierto privilegio en las fuerzas armadas y en la administración, miran hacia su frontera oriental y ven en el convulso y sangriento Irak un escenario que harán todo lo posible por evitar. La violencia sectaria que ha corroído el país y convertido el petulante proyecto de los neocon en palabrería e irresponsabilidad puede reproducirse en Siria, incendiar rápidamente Líbano y obligar a Israel a un esfuerzo de vigilancia inoportuno, ahora que sigue empeñado en encontrar la manera de neutralizar a Irán.

Las pretensiones de Rusia

En este panorama de internacionalización de la crisis, Rusia decide adoptar un papel más activo y neutralizar la iniciativa arabo-occidental, con la vista puesta en sus propios intereses estratégicos. Siria sigue siendo su aliado más firme en Oriente Medio, la garantía de que, ante cualquier nueva vuelta del interminable laberinto negociador en la zona, Moscú no se quedará fuera. Por si no quedara claro el interés ruso en no ser marginado de la solución a la crisis siria, el Kremlin ordenó el envío de un buque de guerra frente a las costas sirias a comienzos de enero.

Rusia no se ha limitado a atrincherarse en su posición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU: por tanto, con derecho a veto. No le ha costado mucho recabar el apoyo de China y de la India para obstaculizar el plan árabe apoyado por Estados Unidos y Europa. Contaba esta semana el New York Times las sutiles intervenciones de los diplomáticos chinos e indios. Sobre todo en Pekin, cualquier iniciativa que suena a injerencia externa pone los pelos de punta. La crisis siria ha servido para que los BRIC (Brasil se ha mantenido al margen en esta ocasión, contrariamente a lo que hizo con Irán) ensayen un ejemplo de acción diplomática coordinada, algo de lo que no siempre han sido capaces.

Decía el ministro de exteriores ruso, Lavrov, aquí no se trata de Assad si o Assad no, sino de que sean los sirios los que decidan la solución a la crisis. No quiere Moscú que se repita algo similar a lo que pasó con Libia, que la autorización para la protección civil derivó en intervención militar de la OTAN clara y decisiva. El argumento ruso es aparentemente impecable. Pero la hipocresía está repartida. Porque es verdad que Occidente no se limitó a cumplir la resolución de la ONU. Pero no es menos cierto que a Moscú no le preocupa precisamente el derecho de los sirios a decidir. Los rusos saben que las actuales circunstancias dificultan aún más, si cabe, la capacidad de los sirios para decidir civilizada y pacíficamente esa cuestión. De hecho, el propio régimen se ha mostrado esquivo con el intento de mediación rusa. Da la imprensión de que el régimen de Damasco sólo acepta las gestiones diplomáticas como medio para ganar tiempo.

No es sólo hipocresía lo que motiva la posición rusa. Moscú sabe perfectamente que la caída del régimen es más que probable y por eso quiere abrir un canal de entendimiento con la oposición, por dividida, confusa y sospechosa que le parezca. Por eso ha invitado a unos y otros a negociar en Moscú. Una forma de controlar el proceso, de recuperar prestigio (si todo saliera bien) y de asegurarse influencia en Damasco, gane quien gane.

La oposición lo ha rechazado vivamente, porque cree contar ahora con otros apoyos más solventes en la comunidad árabe y en Occidente (pero ni mucho menos garantizados). Los países árabes conservadores no quieren oír hablar de un mayor protagonismo de Moscú. Y Occidente podría encontrar una oportunidad, naturalmente si se moderan las pretensiones rusas de ser una especie de árbitro (sin reconocerlo). De fondo, aparece la crisis de Irán. Rusia podría ofrecer una posición más flexible en la presión contra Teherán, si se le permite conservar su peón sirio. Lo que no está claro es que la élite alauí en Damasco se resigne a ser moneda de cambio.

El embrollo sirio
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