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domingo. 26.06.2022

China y occidente en África: La nueva guerra fría

Nadie duda de que en el origen inmediato de las revueltas que recorren el Norte de África,  esté el descontento de una población cada día más pobre que agoniza bajo la bota de unos tiranos sanguinarios que hasta ahora gozaron de la protección de las grandes democracias. Es evidente que el pueblo no sale a la calle a protestar día tras día, sin temor a la policía ni a los tanques, si su situación no es extrema.

Nadie duda de que en el origen inmediato de las revueltas que recorren el Norte de África,  esté el descontento de una población cada día más pobre que agoniza bajo la bota de unos tiranos sanguinarios que hasta ahora gozaron de la protección de las grandes democracias. Es evidente que el pueblo no sale a la calle a protestar día tras día, sin temor a la policía ni a los tanques, si su situación no es extrema. Sin embargo, la situación no es mucho peor que hace unos años, si bien los precios de los productos básicos han aumentado, no es la primera vez que eso ocurre, sino algo a lo que los habitantes de esos países están acostumbrados desde hace décadas sin que tales carencias hayan provocado nunca movimientos capaces de llevarse por delante regímenes a los que hemos oído llamar dictatoriales sólo en las últimas semanas.

Lo siento pero no me cuadra, esa ecuación tiene demasiadas equis como para despejarlas de una manera tan simple como la que a diario escuchamos en los medios oficiales: Hambre+tiranía= Revolución, cuando conviene. Las dictaduras se llaman así porque tienen medios para eliminar del modo que sea cualquier discrepancia, dándoles igual a sus titulares la cantidad de muertos que para ello necesiten. El hambre y la necesidad son consustanciales a todo el continente africano, las dictaduras, también, ninguna de las dos premisas son suficientes para explicarnos lo que está ocurriendo en los países mediterráneos de África puesto que si así fuera, hace muchos tiempo que nuestros amigos Mubarak, Gadafi, Ben Alí o Mohamed V habrían fijado su residencia en París, Nueva York, Londres o cualquier paraíso fiscal de los que tanto abundan en este planeta saqueado. Además, para que una revolución prenda y llegue a triunfar es necesario que aparte de esos dos factores antes enunciados, exista un interés de clase que, al menos, en la parte más baja de las sociedades árabes en movimiento no existe, por su escaso desarrollo y porque el papel de la religión sigue siendo determinante. Entonces, ¿qué está ocurriendo en África?

Vaya por delante que estamos seguros de la vulnerabilidad de nuestra opinión, por ello la exponemos como una mera hipótesis, como una conjetura sujeta –como todas las opiniones- al debate, al juicio, la aprobación o rechazo de los lectores. Desde hace más de diez años, China comenzó una penetración silenciosa en el continente africano sin pararse a considerar el carácter ni el color de los gobiernos con los que trataba. La estrategia era bien sencilla, mediante la inversión de cantidades enormes de dinero en la construcción de hospitales, carreteras, presas, viviendas, escuelas e infraestructuras telefónicas, el gobierno chino fue trabando fuertes lazos de amistad con países como Angola, Zimbabwe, Namibia, Costa de Marfil, Ruanda, Etiopia o Sudán, todos ellos subsaharianos: De sobra sabían que el Mediterráneo era cosa de Occidente, se trataba, pues, de introducirse tranquilamente en aquellos países más dejados de la mano por el Imperio. En una década, China ha gastado más dinero en ayuda al desarrollo de los países africanos que todas las grandes potencias occidentales juntas, se ha convertido en el principal suministrador de bienes de consumo y se ha hecho con importantes yacimientos petrolíferos como los de Sudán, país que sumido en cien guerras civiles había sido abandonado por Occidente.

Desde que China comenzó a crecer de forma impresionante gracias, entre otras cosas, a las inversiones de europeos, japoneses y norteamericanos, las autoridades de aquel país vieron que tenían un problema para que ese desarrollo pudiese ser duradero: El suministro de materias primas y de combustibles. África tenía ambas cosas, se trataba de encontrar la forma de hacerse con ellas sin llamar demasiado la atención. Los Estados neoconservadores y los grandes inversores vieron con muy buenos ojos la apertura económica china, pues ello les permitía deslocalizar sus empresas y evitar los costes salariales y sociales de la producción en sus respectivos países, de modo que hasta hace no mucho nadie quiso darse cuenta de que poco a poco China se había convertido en el país más influyente del mundo en la parte de África que hay debajo del desierto del Sahara.

   La primera reacción imperial fue la ocupación militar de Irak y el asesinato de miles de iraquíes para controlar un enclave vital en la ruta del petróleo, pero el genocidio anunciado a bombo y platillo por Bush, Blair y Aznar no fue suficiente, el gobierno chino no se dio por aludido y continuó con su labor de zapa. Y es ahí, tras el ascenso de Obama al poder, cuando se produce la nueva reacción occidental. Evidentemente, Obama no estaba dispuesto a invadir país tras país, ni a imitar la conducta sanguinaria de su predecesor tejano pero sí a contribuir a un cambio moderado en la zona que aprovechase el descontento de la población para establecer regímenes más occidentalizados y, de esa forma, poner una clara frontera a Irán –ese gran escollo en la ruta del petróleo- y a la penetración china: Todo el territorio comprendido entre Afganistán y Marruecos, quedaría bajo la influencia absoluta de Estados Unidos y, en menor medida, de sus socios europeos. Nacía así un nuevo reparto del mundo y una nueva guerra fría con múltiples focos calientes en toda África y en la zona sur-occidental de Asia.

En nuestra opinión, las protestas que se suceden en los países mediterráneos africanos no habrían llegado a mayores si las sacamos del contexto hasta aquí expuesto. China ha llegado a un grado de desarrollo industrial tal que necesita cantidades crecientes de petróleo, carbón, coltán y cobalto. En breve, a lo más tardar cinco años, se convertirá en la primera potencia económica mundial. La Administración Obama lo sabe, igual que sabe que su hegemonía estará entonces en peligro y que el petróleo y el coltán son las armas que decidirán el futuro. En vez de optar por la guerra preventiva ante la amenaza fantasma, Obama, de acuerdo con sus aliados europeos, ha apostado por la occidentalización de su área de influencia africana. Ni con las economías europeas y norteamericana en crisis, hay energías fósiles para todos, estamos, pues, ante una toma de posiciones en el continente africano que puede terminar con el establecimiento más o menos sólido de un nuevo status quo o ante el principio de algo más incierto.



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