#TEMP
lunes. 08.08.2022

España: un Parlamento sin izquierda

“Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal”, Immanuel Kant

Una conclusión obvia, pero precipitada, en el Parlamento español es la de que no fue posible una alternativa de izquierdas al PP, a este partido que tiene en su seno, cual crisálida, una organización de delincuentes –con miembros con carné del partido y otros sin carné– de la que se aprovecha financieramente todo el partido, de la que todo el partido es, al menos, cómplice. Y sin embargo sí había tras el 20D, al menos aparentemente, una mayoría aritmética de izquierdas. Lo de “aparentemente” no lo digo por la aritmética sino por lo de “izquierdas”. Luego, en el 26J, se esfumó esa mayoría aunque permanecía una posible mayoría suficiente de cambio. Ha quedado para el tópico que el problema ha sido que los dos partidos de “izquierdas” –como supuestamente son el PSOE y Podemos– no se han entendido para conformar esa mayoría, siguiendo también el tópico de la tradición española de la división de la izquierda. Digo lo de tópico porque estoy convencido de que cuando dos partidos de “izquierdas” no se entienden frente a la derecha es porque uno de los dos partidos no es de izquierdas o no lo son ninguno de los dos. Es verdad que ambos partidos han cometido errores tácticos terribles desde el punto de vista de la izquierda. Pero esto no ha sucedido por casualidad y lo que cabe preguntarse es si de verdad, en todos los órdenes que exige la política, son de izquierdas ambos partidos, es decir, si lo son en lo ideológico, en lo estratégico y en lo táctico. Este es el segundo problema político del país que ahora desarrollaré, porque de la respuesta a esa pregunta depende de que, tras esta legislatura, pueda haber una alternativa al partido de los delincuentes, es decir, al partido de Rajoy.

Decía que ese es el segundo problema político de este país, pero no es el primero. El primer problema político de este país es que hay ocho millones de ciudadanos que tienen como modelo de representación para sus aspiraciones, miedos, egoísmos y asentimiento de sus deseos de privilegio al PP, al partido de los delincuentes. Y ahí tiene razón Rajoy cuando dice y replica a Podemos, a Pablo Iglesias, que los que les votan “no son ricos ni despistados”. Que pueda tener razón política un tipo que tiene apenas dos neuronas, una de las cuales la emplea para no morderse la lengua, es síntoma de que algo terriblemente mal está haciendo la supuesta izquierda en este país. Estos ocho millones tienen el mismo derecho jurídico de votar que todos los demás, faltaría más, los mismos derechos que tenían los 17.277.000 votantes que votaron en 1933 al partido de Hitler, pero otra cosa es el punto de vista ético. Sé que la Ética es la paria de la Política, ni siquiera la hermana pobre y depauperada de lo político, y que mueve a la risa cualquier argumento ético, no sólo entre los representantes sino entre los representados, lo que es realmente grave. Pero sin juicio ético no se puede valorar la calidad de la democracia, porque la democracia no es sólo un sistema electoral ni es una vara jurídica universal para valorarla. Sólo desde la Ética. Para mí el principio ético debe ser kantiano. En la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres formuló Kant varias veces –cinco en concreto– ese principio. Lo explicaré. Hasta Kant, la Ética, la tradición de la Ética, desde Platón y Aristóteles, te decía cuál debiera ser tu comportamiento. Aunque tal cosa fuera bien intencionada, no dejaba de convertirse en una dictadura de una fuente de autoridad. Kant rompe todo eso y establece que la Ética, es decir, los principios sobre los que se asienta tu comportamiento, debe partir desde la libertad personal, sin condicionantes, sin fines, sin intereses, sin egoísmos, desde la mera voluntad. Pero eso, por sí sólo, daría lugar, no a una Ética, sino a una suerte de multitud de Éticas contaminadas por intereses y egoísmos personales. Había que establecer, simultáneamente, a la vez que el nacimiento desde la libertad individual, un principio universal. Para ese nacimiento nos dice Kant que esa Ética debe cumplir un segundo requisito: que nuestro comportamiento debe aspirar a ser un modelo de comportamiento universal, que valga para todos, que sea ejemplar, que nunca se utilice como fin sino como medio. Es la Ética que conforma todas las Éticas, que todas deben cumplir. Pues bien, los ocho millones que votan al partido de los delincuentes no cumplen la ética kantiana, porque no puede ser que sus aspiraciones puedan estar representadas por un partido cuyo comportamiento no puede ser universal, aunque sea de derechas, porque la corrupción para el enriquecimiento sólo lo puede ser de unos pocos a costa de todos los demás, porque cuando unos se enriquecen es porque otros se empobrecen, no hay ricos sin pobres, y porque la ventaja financiera del partido la tiene gracias a los Bárcenas, Ritas, Matas, Fabras, Zaplanas, Correas, Crespos, etc., de turno . Además no puede ser ejemplar. En la ética kantiana caben o deben caber las ideologías que no buscan el enriquecimiento de unos pocos, que no busquen el privilegio –que por definición lo es de unos pocos–, que sólo resuelva los problemas de unos pocos. Tal es así que el PP, con su corrupción, hace cómplices de delincuencia –desde el punto de vista de la ética kantiana– a los ocho millones que le votan, porque no cumplen el principio kantiano, porque no puede ser que el modelo de partido para esos ocho millones sea aspirar a ser tan golfos y tan delincuentes como el partido al que votan, que sea este partido, su norte, cuando en realidad es su espejo. Esa es la tesitura que sitúa el PP a sus votantes, y de tal forma que los hace corresponsables de la propia corrupción cuando machaconamente votan al partido de los delincuentes. En otros partidos hay casos de corrupción, en el PP, sin corrupción, no sería el PP ni habría llegado a donde ha llegado porque le habría faltado financiación.

De este primer problema se derivan los demás o están relacionados con él, porque el jefe del partido de los delincuentes argumenta que tiene derecho a gobernar dado que es el partido más votado. Es un argumento falso políticamente dada nuestra Constitución y nuestro sistema electoral, pero Rajoy aspira que el nivel intelectual de sus votantes no les de para poner en duda semejante falsedad. El segundo problema de este país atañe a la supuesta Izquierda. La pregunta es: ¿cómo es posible que la izquierda española no sea capaz de ponerse de acuerdo para, al menos, echar a Rajoy de la Moncloa y del BOE? La respuesta, en mi opinión y en contra de la opinión mostrenca, es decir, generalizada, reinante, es la de que el problema es que no hay partidos de izquierdas en el Parlamento español ni en la política española. El PSOE no es en lo económico un partido de izquierdas desde Suresnes; o al menos desde que Felipe González nombrara ministro de Economía a Miguel Boyer. En 1979 las maniobras torticeras de González llevaron al PSOE a abandonar el marxismo. Pero, ¿fue esto lo que ocurrió realmente? ¿Era este realmente el fin de Felipe y sus secuaces entonces? El PSOE hacía tiempo que había abandonado el marxismo realmente aunque no formalmente. Lo hicieron los partidos socialistas en 1919 en la reconstrucción de la II Internacional (ver La crisis del movimiento comunista, de Fernando Claudín), pero lo que abandonó en 1979 realmente, en la práctica, en la política económica cotidiana, fue el keynesianismo. Es justamente a mediados de los 70 del siglo pasado cuando esta corriente de pensamiento económico, que había sustentado intelectualmente a la socialdemocracia, empieza a ser cuestionada por el stablishment mundial, por los poderes fácticos económicos, bajo la justificación de que no explicaba la recesión, las crisis acompañadas de inflación. Entonces se procede a su sustitución por corrientes monetaristas que defendían que a los gobiernos no les atañe cuestiones como el paro, las crisis o la desigualdad, que esas cosas, o las arreglaba el mercado o no, pero que todavía era peor que las intentara arreglar los gobiernos, el Estado. Y eso se extendía a todo lo público, también a la Educación pública y a la Sanidad pública, que era mejor privatizar estas cosas (ahí estuvieron la Tatcher y Reagan) a permanecer en manos del Estado. Es el neoliberalismo, con padres intelectuales como Hayek y Friedman, premios nobeles precisamente -y no por casualidad- en 1974 y 1976. En España el PSOE no llegó a tanto, pero cometió dos terribles errores desde el punto de vista de una posible y deseable política de izquierdas: dejó parte de la enseñanza secundaria en manos de curas y monjas e inició con leyes la precarización del empleo. Era su caída al neoliberalismo desde el abandono real del keynesianismo bajo la careta del abandono del marxismo. Un ejemplo de ello fue lo del cambio del artículo 135 de la Constitución y las medidas de Zapatero en mayo del 2010 sobre los salarios de funcionarios y las pensiones. El PSOE se ha convertido, como Jano, en un ser bifronte: es de izquierdas en derechos civiles y neoliberal en temas sociales y económicos. Parece que Pedro Sánchez, con torpeza, intentó cambiar eso y de ahí el golpe palacio de Felipe y sus secuaces dentro del partido.

Podemos, por su parte, no ha demostrado aún ser de izquierdas. Al menos el Podemos de ámbito nacional. No lo es tácticamente y no lo es ideológicamente, porque eso de “los de arriba y los de abajo” no son categorías políticas ni sociológicas. Un ejemplo de ese error son precisamente los ocho millones de votantes que votan al partido de los delincuentes, porque dentro de esos ochos millones son muchos y están muchos de los de “abajo”. Podemos pudo echar a Rajoy del Gobierno y no lo hizo cuando no había más opciones que Rajoy o Sánchez. De haberlo hecho, hoy Podemos podría estar en la Oposición contra Sánchez en lugar de estar en la Oposición contra Rajoy, y es y era preferible para las necesidades de los que menos tienen lo primero que lo segundo. Un error imperdonable, que ha servido incluso de mofa en la primera sesión de investidura del 27 de octubre por parte de Rajoy. Insisto, que un tipo tan anodino, tan trivial intelectualmente como Rajoy, pueda tener razón y hacer mofa hacia un partido supuestamente de izquierdas es porque algo está haciendo mal ese partido. Tras la verborrea radical de Pablo Iglesias se esconde un hecho terrible: que Rajoy está ahí gracias a Iglesias, o al menos que lo pudo echar del Gobierno, tuvo esa oportunidad histórica. Eso no exonera al PSOE de su responsabilidad, de sus errores, del golpismo onanista con que ha solucionado su anticomunismo en versión anti-Podemos, pero no explica ni justifica el error de Podemos, que le va a perseguir toda su existencia, incluido al propio Iglesias. De hecho buena parte de la pérdida de esos millón doscientos mil votos se explican por eso. Si Podemos da el sorpasso y aumenta su representación no es gracias a sus méritos tácticos, sino al demérito del PSOE, que  eligió suicidarse cuando echó a su jefe de su puesto mediante un golpe palaciego para evitar que entrara en negociaciones con Podemos para la Investidura.

Tampoco es Esquerra Republicana un partido de izquierdas cuando antepone la cuestión territorial a la cuestión social. En definitiva, no hay partidos de izquierdas en la Cámara baja en España. Menos en el Senado, claro. Y, sin embargo, sociológicamente, España está sesgada ligeramente a la izquierda. Y este es el drama español, una de las “marcas España” que podemos exportar. Cada país tiene su “marca” política, cada una es sui géneris en su concreción política aunque pueda haber una tendencia general. La española se reduce a estas dos: ocho millones de españoles que votan a un partido de delincuentes y una izquierda inexistente en el Parlamento. Al menos inexistente en el Parlamento de la nación.

España: un Parlamento sin izquierda