domingo 31.05.2020

Creo que te equivocas, compañero Garzón

El compañero Garzón, exonerando a parte de los votantes de su responsabilidad, cae en un 'buenismo' incompatible con una democracia como mejor y único sistema compatible y coherente con los principios de soberanía, de igualdad económica y de universalidad ética

Creo que la gente de izquierdas de este país tiene en gran estima a Alberto Garzón, sea cual sea la tradición de izquierdas de la que procede. Incluso hasta gente de derechas también le valora aunque nunca le votaría. Garzón ha escrito un artículo en el diario Público titulado “La normalización de la extrema derecha” nada más producirse los resultados electorales en Alemania, donde el partido de extrema derecha, Alternativa por Alemania, ha obtenido el 13% de los votos emitidos. Es realmente preocupante si, además, le añadimos que más de 60 millones de norteamericanos votaron al actual presidente de USA, Donald Trump, una especie de Hitler a la americana que anda loquito por empezar la III Guerra Mundial con el pretexto de lo de Corea del Norte. Además seguimos con el Brexit y en Francia gobierna una nueva -¿o es la de siempre- derecha encabezada por Macron, una especie de Albert Rivera pero con personalidad e inteligencia. En España seguimos con el PP y Rajoy, la herencia del franquismo, partido que no ha dejado sitio a la extrema derecha ni a partidos neo-franquistas porque los ha abducido en su seno.

El compañero Garzón –perdón por trato tan coloquial pero propio entre gente de izquierdas- ha dicho en el artículo varias cosas de interés. Eso sí, creo que las ha dicho casi sin proponérselo, como de pasada. Dice que el ascenso del partido neonazi alemán se debe “a que existen las condiciones económicas y culturales para ello”. También dice en el artículo que “defender la unidad de España no es necesariamente de derechas”. Cuidado con estas cosas porque también decía Zapatero que bajar los impuestos también podía ser de izquierdas. Las ideologías no son un saco de ocurrencias sino que son fruto de cristalizaciones históricas, de experiencias históricas, que, nos guste o no, marcan un camino que depende también de las otras ideologías y de experiencias contrapuestas y no autónomas, de experiencias heteróclitas. Nos guste o no, la unidad de España se la han apropiado los filofascistas españoles, como han sido los franquistas en general, los falangistas en su momento y el PP actualmente. Es verdad que el PSOE también la defiende, pero de forma impostada y por motivos electorales. La izquierda y la derecha no pueden defender el mismo concepto de unidad de España porque eso es letal para la izquierda y para España. La historia ha decantado esa diferenciación como el lenguaje decanta la ortografía, la gramática y los significados de las palabras. Por otro lado hablar de la unidad en la diversidad, o es trivial, o es un imposible, o es una contradicción. La izquierda tiene que crear –porque no existe- una solución al problema territorial que enlodaza la política española desde hace tres siglos, incluso antes de que existieran los partidos políticos tal como los conocemos (antes de la Revolución francesa). Y tiene que crear su propio lenguaje para este problema. La derecha no lo necesita porque el PP sabe que gana votos en su cochiquera conceptual de la España antes roja que rota. Por eso es un error siempre apoyar al PP, haga lo que haga el PP, porque este partido -con Rajoy al frente- no busca soluciones sino votos, sea con el terrorismo etarra, islámico, la cuestión catalana, la crisis económica, etc.

Volviendo a Garzón y su artículo, parece que el joven diputado explica –e inevitablemente justifica- ese ascenso al problema económico, la crisis de los refugiados, etc. Nada de medias tintas, porque los 6 millones de alemanes que votan a Alternativa por Alemania no son menores de edad, saben lo que hacen, lo mismo que sabían lo que hacían los 13 millones largos que votaron al partido de Hitler en 1933, lo mismo que lo saben los más de 60 millones de norteamericanos que han votado a Trump. En el caso de Hitler llevaba ese partido y sus camisas pardas, negras y de colores varios más de una década cometiendo fechorías, atentando contra las judíos, los comunistas, los homosexuales, desfilando con sus uniformes como sustituyendo al Ejército oficial. En el caso de Trump los que le han votado, los asalariados, obreros, pequeño-burgueses y ricos que le han votado saben que ha prometido acabar con la reforma sanitaria de Obama, echar a los latinos de USA, recuperar la doctrina de defensa americana de América para los americanos y el resto del mundo también, construir un muro en la frontera con México, etc. Ni Hitler ni Trump han engañado a sus votantes. Y si estos siguen votando y apoyando a estos tipos se convierten en cómplices, corresponsables subsidiarios, de las fechorías de sus votados. Eso es la democracia, libertad y responsabilidad del votado y del votante. Decía Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres que “yo no debo obrar más que de modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal”. Al estudiar Kant la historia de la Ética se encontró con dos defectos: o eran dictatoriales o eran peregrinas, incluso con la mejor de las intenciones. Por eso dio una solución genial: la Ética, que estudia el comportamiento de los individuos desde la óptica del deberse ser –no desde lo que es, que para eso está la psicología o, posterior a Kant, el psicoanálisis-, debe partir desde la libertad individual, pero debe aspirar simultáneamente, y superando la contradicción con lo anterior, a que ese comportamiento debe valer universalmente, no vale para soluciones interesadas, egoístas, coyunturales. Se me ocurre el siguiente ejemplo. Supongamos que impera la lógica kantiana en el planeta o, al menos, en la conducción de vehículos. Yo voy a cruzar un paso de cebra y puedo hacer dos cosas: mirar antes de cruzar o no hacerlo y cruzar. Bajo la lógica actual, la egoísta, debo mirar porque habrá algún conductor que no respete la señal y me puede atropellar. Descartamos atropellos por error e impericia. Bajo la lógica kantiana debería cruzar la calle ¡sin mirar! por el paso de cebra porque el imperativo kantiana es universal, atañe a todos los conductores sin excepción. Y además les atañe por cuestiones de principio. Vayamos con esta lógica a los votantes del PP, el partido más corrupto de Europa con enorme diferencia, al partido de Hitler en 1933 o al partido republicano de Trump ahora. Si los votantes quieren el bien común, bajo una óptica kantiana, no deberían votar al partido más corrupto, al partido de la porra en 1933 o al tipo que aspira a echar a 50 millones de latinos en USA, porque si todos votaran a esos partidos –y tienen el mismo derecho- sería una catástrofe. Por eso defiendo que al Estado de Derecho, fruto en gran medida de la Revolución francesa, y al Estado de Bienestar, surgido en la Alemania de Bismark, se ha de incorporar el Estado Ético, que debe regular comportamientos desde una ética kantiana como tercer pilar del Estado. Y todo eso lo deben incorporar los partidos de izquierda, porque los de derecha no lo van a hacer. El camino de Marx está agotado al menos históricamente, el camino de Voltaire, Locke, Tocqueville ya no es suficiente. Faltan incorporar a la política real a Kant, a Gramsci, a Ghandi, a Mandela, a Sraffa, a Teresa de Calcuta, recuperar a Keynes y mandar a los infiernos –intelectuales- a los Friedman, Hayek, escuela austriaca, etc.

El compañero Garzón, exonerando a parte de los votantes de su responsabilidad, cae en un buenismo incompatible con una democracia como mejor y único sistema compatible y coherente con los principios de soberanía, de igualdad económica y de universalidad ética. Eso no exonera a los votados, a los políticos, de su enorme responsabilidad en su quehacer cotidiano, pero pone a los ciudadanos ante el espejo de sus actos como eso, como ciudadanos que son, en la esfera económica, a la vez productores y consumidores de bienes comunes, de bienes públicos; les pone –nos pone- ante el espejo de nuestros egoísmos. Y el problema es que aún las democracias están construidas bajo la hegemonía de los egoísmos en detrimento de principios éticos solidarios. De momento A. Smith gana a I. Kant y eso ha de cambiarse.

Creo que te equivocas, compañero Garzón