jueves 05.12.2019

La unilateralidad de la identidad emocional

La modernidad y el liberalismo no apuestan solo por el individuo racional y libre sino también por sus pasiones y emociones, especialmente en su versión nacionalista (o imperialista)

Las identidades no están constituidas solo por afectos y/o razones. Particularmente, es así en la identidad de género, más aún si atendemos a las mujeres concretas. Ello llevaría a una identidad ‘emocional’ o ‘racionalista’, ambas culturalistas. La identidad está constituida por el carácter psicológico, cultural y social de un sujeto, su sentido de pertenencia grupal y su reconocimiento. No solo deviene de la subjetividad, componente fundamental del ser humano y su emancipación, sino que expresa y está mediada por la relación social concreta, por el comportamiento y la interacción, más o menos profunda y prolongada, de individuos y grupos sociales; por las costumbres, experiencias y aspiraciones comunes; por la cultura en sentido amplio, no solo por ideas o sentimientos sino también por prácticas relacionales, hábitos similares o complementarios y trayectorias compartidas.

La sedimentación histórica de todo ello, junto con la experiencia social y los proyectos vitales en un contexto específico, conforman los movimientos sociales, en particular el movimiento feminista, así como los grandes sujetos colectivos y los procesos emancipatorios, nacionales y civilizatorios. La identidad colectiva es inseparable del sujeto social, de su práctica relacional, vivida, sentida y pensada. Los procesos de identificación y pertenencia suponen reconocimiento de sí mismo y de otros sujetos y, al mismo tiempo, diferenciación, cooperación y competencia. La identidad colectiva, la pertenencia a un grupo social, no necesariamente es excluyente, puede ser pluralista, integradora, interseccional y cooperativa; permite la convivencia y la colaboración en tareas y proyectos comunes.

La insuficiencia de la dicotomía razón/pasión

La modernidad y el liberalismo no apuestan solo por el individuo racional y libre sino también por sus pasiones y emociones, especialmente en su versión nacionalista (o imperialista). Por tanto, su alternativa no son solo los afectos, tal como afirman intelectuales posmodernos. Esa idea del sentido alternativo de lo emocional y el deseo no es válida ni en la fundación del liberalismo ni en el actual neoliberalismo postmoderno que utiliza el consumismo y la realización del deseo posesivo como expresión y fuente de mercantilización y ganancia capitalista. 

El postmoderno Michel Foucault es el intelectual que más ampliamente ha justificado los deseos como motor de la vida y expresión del poder. Tiene una amplia influencia en el pensamiento feminista que conviene evaluar desde un enfoque crítico y realista, todavía más ante la relevancia actual del movimiento feminista y su acción igualitaria-emancipadora.

Me centraré en este autor, enmarcándolo en las corrientes ideológico-políticas más generales. Si, como dice, los deseos son la base de la política, pero están construidos por el poder ¿no es una contradicción esperar que el desarrollo de esos deseos sea la base de la liberación propia y el autorreconocimiento? Con ese determinismo político-institucional se cerraría un círculo fatalista de la impotencia transformadora, ya que no habría arraigo o encaje con la sociedad, con las relaciones sociales reales y su cambio práctico a través de la interacción sociopolítica y cultural.

Esa relación deseo/poder puede servir para el tratamiento psicoanalítico particular, siempre que el analista tenga unos criterios interpretativos realistas y la comprensión de una dirección liberadora adecuada. Pero en términos sociológicos, más complejos y con una interacción multidimensional y a distintos niveles y grupos sociales, la debilidad analítica, estratégica y normativa que produce esa unilateralidad del enfoque emocional genera más incapacidad transformadora.

Sobre todo, en su aplicación al campo político genera confusión analítica y, especialmente, estratégica y de alianzas para el cambio de progreso y la vertebración y gestión del poder institucional. ¿El desarrollo de los deseos de la gente (o demandas, aun con la politización o la articulación por una élite discursiva, según Laclau), es lo que conforma la estrategia democratizadora, emancipadora e igualitaria de la mayoría subalterna? ¿Los campos de alianzas se establecen, por un lado, en el bloque llamado populista, basados en los ‘deseos’ del pueblo y, por otro lado, en el bloque llamado tradicional, supuestamente basado en ‘razones’ de la oligarquía? ¿El campo común compartido de los afectos como eje central es el que debe compartir el populismo de izquierda, junto con el feminismo emocional y la extrema derecha pasional? ¿Y no comparten ese factor emocional con el neoliberalismo?

La respuesta es que lo emocional o la simple expresión de los deseos, en abstracto o de forma espontánea, no es un indicador suficiente para definir una estrategia política emancipadora o una actitud de progreso ante el poder establecido sobre las que establecer objetivos y alianzas. Es una insuficiencia del pensamiento postmoderno, compartida por la ambigüedad sustantiva del enfoque populista. Hay que precisar el sentido de cada emoción, su vinculación con determinada racionalidad y su funcionalidad contextual e histórica según la posición social y el proyecto de sociedad de la gente que la encarna.

Por tanto, la identificación basada prioritariamente en los deseos no necesariamente facilita la igualdad, ni expresa el campo común o la intersección de las diversas identidades en la conformación de sujetos colectivos con el objetivo de la emancipación popular y humana. Falta clarificar una característica clave de su contenido sustantivo: Qué afecto o emoción; qué razón o discurso, y como se combinan ambos. Y para definirlos solo caben dos caminos complementarios: Uno, el de la realidad relacional a cambiar con un proyecto social; dos, el de la actitud ética global o universalista, basada en los grandes valores (republicanos o democráticos) de igualdad, libertad y solidaridad. De ahí se construye la práctica social y la subjetividad, ambas componentes de una renovada identidad o pertenencia colectiva multidimensional para un proceso emancipador.

El deseo, la emoción, los afectos o la pasión, y también la razón, las ideas y las aspiraciones, son ambivalentes en su sentido ético, pueden ser buenos y/o malos. Igualmente, en su sentido político: democrático-igualitarios y emancipadores-solidarios o autoritarios-desiguales-segregadores. Son conceptos abstractos que definen una actividad humana. Pero su carácter y su sentido lo adquieren según la posición social, la práctica relacional y el proyecto concreto de la persona o fuerza social que los encarna; es decir, según su configuración como sujeto colectivo de acuerdo con el contexto y su vinculación a una ética universalista: derechos humanos, democracia, justicia social.

Un concepto clave de esta interacción entre identidad y sujeto es la ‘experiencia’ vivida e interpretada (E. P. Thompson) en el que se incluye la situación y la relación social de la gente, con sus necesidades, agravios y desigualdades, así como su respuesta práctica, su actitud y su comportamiento mediados por la cultura acumulada y el sentido de la justicia, junto con el contexto, los condicionamientos estructurales e institucionales, los equilibrios entre fuerzas sociales y los impedimentos y las oportunidades de cambio.  

La pugna entre los dos enfoques, por una parte, el racional (o moderno) y, por otra parte, el emocional (o postmoderno) hunde sus raíces en polarizaciones clásicas en el interior del liberalismo y la modernidad, empezando por el racionalismo francés (Descartes) frente al empirismo británico (Hume), hasta la contienda entre la Ilustración francesa (republicana-estatista-racionalista) frente a la alemana (nacional-romántica); en el siglo XIX continuó la pelea del positivismo liberal contra el romanticismo emotivo. En el plano nacional la pugna se estableció entre el estatismo hegemónico (y el imperialismo o el actual europeísmo dominante), con la justificación racional, jurídica y política cosmopolita o universalista, y el nacionalismo subalterno (o soberanismo proteccionista), con su legitimidad mitológica, cultural y sentimental de carácter particularista. Por último, ya en el siglo XX la tensión se establece entre la modernidad, hegemonizada por la racionalidad liberal, frente a la posmodernidad pasional, el estructuralismo determinista frente al posestructuralismo subjetivista.

Esa dicotomía razón/pasión tampoco expresa bien los ejes y las tendencias del conflicto sociopolítico entre las fuerzas democráticas e igualitarias de progreso, con sus diversas razones y afectos, su arraigo popular-nacional y su ética universalista, y las del poder establecido y su dominación, junto con la deriva nacionalista y segregadora de derecha extrema. También en el campo político, esa polarización es insuficiente y acarrea desorientación analítica y estratégica.

Ambivalencia de las emociones (y las razones)

Ambas facetas de la subjetividad y su interacción son imprescindibles, pero no en abstracto sino explicitando su sentido igualitario-emancipador (o su contrario) según la realidad a la que se enfrentan, el contexto, su trayectoria y su finalidad. Dicho de otra forma, hay razones y existen emociones progresivas y regresivas, democráticas y autoritarias, emancipadoras u opresivas y, éticamente, buenas y malas. Su elección constituye un dilema moral y político basado en la autonomía humana.

Una síntesis de esa falsa dicotomía razón/emoción ya la realizaron los fundadores británicos del liberalismo hace más de dos siglos tras la dura pugna cultural, moral, económica y política de los dos siglos anteriores: el deseo y la imposición del beneficio propio con la fuerte apropiación económica y de poder revestido de racionalidad económica (la prosperidad pública), frente al bien común popular, por un lado, y los privilegios del Antiguo Régimen reaccionario, por otro lado. Esa combinación específica de esos tipos de razón, pasión y poder, aun con conflictos y grietas, ha creado el capitalismo moderno, con sus Estados y gobernanza, incluido dos guerras mundiales, la precarización y desigualdad masivas y la insostenibilidad ambiental. Pero sigue imparable, sin apenas frenos. Y en ello estamos, con la particularidad del neoliberalismo financiarizado y posmoderno, de apariencia individual más libre, emotivo y ‘deseante’, pero con mayor control y subordinación ciudadana al poder establecido.  

Por tanto, aunque esa pugna pasión/razón tiene múltiples aspectos parciales de interés y hay que valorarlos según cada contexto histórico y el sentido y el proyecto de cada fuerza social que los encarna, hay que superar ambos enfoques unilaterales. Se deben recoger los componentes positivos de ambas facetas y tradiciones: romántico-sentimental/racionalismo ilustrado. Especialmente, cuando han estado compartidas por expresiones populares y las experiencias de las mayorías ciudadanas en los conflictos democrático-igualitarios: la importancia de los valores democráticos y republicanos en el mundo de la vida, la interculturalidad y la articulación institucional y convivencial, así como la de una subjetividad realista, crítica, solidaria y cooperativa.

En particular, el republicanismo, la tradición democrática más avanzada, es insuficiente por la dimensión formalista que le suele dar a la igualdad, debiendo ser más sustantiva y real respecto de todas las estructuras de dominación, no solo económicas sino también sociales y patriarcales de subordinación real; y además tiene un componente estatista, en su versión jacobina, centralizador en lo nacional y no demasiado pluralista. También existen tradiciones positivas en distintos movimientos populares y en otras corrientes progresistas o de izquierda democrática, con la necesidad de su conveniente renovación y adaptación y la superación de sus inclinaciones socioliberales y burocrático-autoritarias.

El acento principal, no obstante, debe estar en la elaboración de un renovado pensamiento crítico y realista vinculado a una nueva dinámica sociopolítica tras esos objetivos transformadores democráticos e igualitarios-emancipadores, así como a la sostenibilidad medioambiental del planeta. 

La unilateralidad de la identidad emocional