lunes 23.09.2019

Carácter de los sujetos

El sujeto social, como dice el historiador E. P. Thompson, se forma a través de su experiencia relacional en el conflicto socioeconómico, la pugna sociopolítica y la diferenciación cultural respecto de las clases dominantes.

La cuestión es en qué medida la teoría social crítica permite acertar con los mecanismos estratégicos de intervención adecuados para una transformación democrático-igualitaria a partir de un diagnóstico realista, superando los prejuicios deterministas e idealistas y sin caer en la adaptabilidad socioliberal. De ahí, que este debate sobre el sujeto de cambio tenga una gran transcendencia, no solo analítica o teórica sino, sobre todo, política, aunque nos situemos ahora en el primer plano interpretativo.

El concepto de sujeto colectivo

Antes de avanzar, una consideración previa sobre el concepto sujeto. En las democracias liberales existe la soberanía nacional o la soberanía popular, en las que el sujeto (soberano) es la nación o el pueblo que constituyen el demos. El sujeto político es la ciudadanía con derechos políticos (excluyendo, por tanto, a los extranjeros residentes), que se expresa (aunque no solo) como electorado. No voy a entrar en ese aspecto general de la soberanía del Estado moderno, que está también vinculado a los procesos de cosoberanías y gobernanzas multinivel, la realidad plurinacional y su articulación, los derechos de las personas inmigrantes o el universalismo de los derechos humanos.

El sujeto político es la ciudadanía con derechos políticos (excluyendo, por tanto, a los extranjeros residentes), que se expresa (aunque no solo) como electorado

Me centro en el tema más específico del sujeto social o sociopolítico como la parte de la sociedad que puede ejercer una dinámica de cambio progresista, en particular la clase social en cuanto actor o agente sociopolítico y, de forma similar, la problemática de los movimientos sociales, la activación cívica y la formación de unidad popular en cuanto sujetos colectivos. Dejo al margen otros movimientos y sujetos como el nacionalismo y las dinámicas conservadoras o reaccionarias.

El concepto sujeto (individual y colectivo) que tiene una impronta moderno-hegeliana (y liberal, republicana y marxista) no debe asociarse a una interpretación esencialista, vinculado mecánicamente a una categoría sociodemográfica, ya sea la clase social, el sexo/género, la nación o la raza y con una misión teleológica, una finalidad imperiosa. Frente a esa idea determinista, influyente en muchos campos, el sujeto es el resultado histórico y relacional de una interacción social prolongada de un determinado actor, agente, grupo social o movimiento, una experiencia común al percibir, vivir, solidarizarse y combatir injusticias concretas compartiendo demandas y aspiraciones dentro de una dinámica liberadora e igualitaria.

Esa activación cívica genera vínculos de pertenencia e identificación (propia y ajena); o sea el sujeto, según su papel sociopolítico y relacional, va conformando y modificando su propia identidad, las características que le proporcionan un determinado perfil de autovaloración y reconocimiento público. La formación del sujeto, además del componente práctico-relacional y de agencia, presupone un vínculo social, un sentido de pertenencia colectiva a un grupo humano y unos objetivos y trayectorias compartidos. Todo ello configura una identidad (o suma de identidades y rasgos parciales) más o menos fuerte, diversa o múltiple, así como variable y no inmutable, con componentes más o menos expresivos según momentos y circunstancias.

El concepto clase social también expresa una relación social, una diferenciación con otras clases sociales. Su conformación es histórica y cultural y se realiza a través del conflicto social. Por tanto, es un concepto analítico, relacional e histórico. Existe una interacción y mediación entre posición socioeconómica y de poder, conciencia y conducta, aunque no mecánica o determinista en un sentido u otro. Pero, frente al esencialismo identitario, hay que analizar a los actores en su trayectoria, su interacción, su multidimensionalidad y su contexto.

Frente al esencialismo identitario, hay que analizar a los actores en su trayectoria, su interacción, su multidimensionalidad y su contexto

Este enfoque realista y crítico de clase (o movimiento) social como actor o sujeto se opone a dos posiciones influyentes entre las izquierdas y fuerzas alternativas. Una, la versión determinista del marxismo economicista de tipo althusseriano, que prioriza las ‘condiciones objetivas’ en su definición y desarrollo, habitual en sectores de izquierda de tradición comunista. No obstante, hay que citar que Alberto Garzón, coordinador de IU, se ha distanciado de esa idea rígida, revalorizando la práctica social y siguiendo a Thompson. Dos, el enfoque constructivista o idealista de ‘pueblo’, que sobrevalora la acción discursiva en su formación, según la teoría populista de E. Laclau, influyente en algunos dirigentes de Podemos.

Además, hay que señalar la diferenciación respecto de otros dos enfoques, de influencia liberal y postmoderna. El primero, la simple estratificación social como un continuum de agrupamiento de individuos, con una explicación funcionalista o adaptativa. El segundo, la simple constatación de la fragmentación postmoderna, individual o grupal, teñida de una justificación mixta o ecléctica de determinismos esencialistas (institucionales, biológicos o étnicos) y culturalismos idealistas.

La experiencia de unidad popular

Los grandes movimientos sociales progresistas o los procesos de protesta social más masivos han tenido una composición popular (o interclasista, transversal y frente-populista) de clases trabajadoras y clases medias (incluso de algún sector de las élites dominantes). Esa base social popular es evidente en el movimiento antifranquista de los años setenta, así como en los llamados nuevos movimientos sociales (pacifista, ecologista, feminista -incluido en este 8 de marzo-, vecinal, de solidaridad, etc.), para terminar en el nuevo movimiento popular configurado por el ciclo de protesta social democrático-progresista (años 2010-2013) simbolizado por el 15-M.

Este último proceso de activación popular, en el contexto de la gestión prepotente y regresiva de la crisis socioeconómica y nuevas dinámicas reaccionarias, ha tenido un estilo participativo y unitario y una orientación democratizadora, igualitaria y anti-austeridad frente a la clase gobernante y sus políticas autoritarias y antisociales. Incluye no solo la gran expresión pública en torno al 15-M de 2011 y meses posteriores, sino también las tres huelgas generales (años 2010 y 2012), las distintas mareas (enseñanza, sanidad… de carácter mixto, laboral y sociopolítico en defensa de lo público) y grandes manifestaciones unitarias… hasta las más recientes de las movilizaciones de pensionistas y, especialmente, la masividad del movimiento feminista, particularmente en torno al 8 de marzo de 2018 y 2019, con  un proceso de autoafirmación feminista, sobre todo de mujeres jóvenes, con los objetivos de la igualdad y contra la discriminación y la violencia machista.

En su conjunto y con sus altibajos, ha constituido en esta última década, la experiencia democrático-progresista más masiva, con un mayoritario apoyo ciudadano, que ha modificado el sistema político-representativo y su agenda político-social, ha facilitado la configuración de las fuerzas políticas del cambio, así como ha producido un cambio cultural hacia actitudes más justas y participativas y mentalidades más cívicas y solidarias. Ese proceso de activación cívica por la justicia social, la igualdad y la democracia ha conformado un sujeto diverso o conglomerado de actores con una base social de progreso, llámese movimiento popular, ciudadanía crítica, pueblo, espacio del cambio o bloque social democrático, incluido su expresión electoral y su representación política e institucional.

Integrar posición de clase (trabajadora) e identidad popular

Doy un paso más en esta clarificación. El propio movimiento sindical (incluidos grupos corporativos) también tiene una composición y un perfil popular, no solo de clase. Hoy día no es solo obrero o de clase trabajadora, como el viejo movimiento obrero, sino más amplio y general. Así, incorpora y defiende a capas medias (técnicas y profesionales del sector público y privado). Además, tiene cada vez más importancia para su representación y orientación la llamada élite o burocracia sindical, compuesta por asesores, expertos y dirigentes con un estatus socio-profesional y una función de mediación y gestión institucional similar a la de la clase media ‘pública’, al igual que otras organizaciones sociales y políticas relevantes, incluidas las grandes ONGs.

Es falsa o unilateral la distinción interesada durante estas décadas entre viejos movimientos de ‘clase’ trabajadora (el sindicalismo, la vieja izquierda) y nuevos movimientos de clase media (pequeñoburgueses, nueva izquierda)

Por tanto, es falsa o unilateral la distinción interesada durante estas décadas entre viejos movimientos de ‘clase’ trabajadora (el sindicalismo, la vieja izquierda) y nuevos movimientos de clase media (pequeñoburgueses, nueva izquierda). Entre las justificaciones se caracteriza a los primeros como económicos y a los segundos como culturales; por supuesto, desde el sesgo economicista, jerarquizador de la prioridad de las transformaciones económicas y sus genuinos representantes (obreros), o bien, de la posición contraria, la sobrevaloración culturalista o posmaterial. No obstante, ambos tipos de movimientos, organizaciones y expresiones públicas tienen (o pueden tener) los dos componentes básicos de redistribución (socioeconómica y de poder) y reconocimiento (simbólico-cultural y de empoderamiento individual y colectivo). Es decir, ambos tienen un impacto sociopolítico y cultural, así como, en la medida que son amplios y profundos, una repercusión estructural e institucional, o sea, en las relaciones de poder y dominación-liberación.

En definitiva, esta dinámica de la contienda popular progresista abarca, por una parte, la transformación económica, social y política y, por otra parte, el empoderamiento personal y colectivo y la afirmación cultural y simbólica. Los procesos de dinamización y unidad popular y los de institucionalización son interactivos y se complementan y reequilibran mutuamente.

Mientras tanto, en estas décadas la socialdemocracia se desplazaba hacia la representación prioritaria de las clases medias. Es el giro centrista de la tercera vía o el nuevo centro. Pero su particularidad no es la simple búsqueda del ensanchamiento de su base social, sino la vinculación con el poder establecido y sus intereses y demandas que culminan en su gestión gubernamental neoliberal.

En lenguaje marxista podríamos decir que tienen un carácter de clase mixto (popular y oligárquico) y una posición política ambivalente: dominadora y elitista frente a representativa y progresista. La crítica principal desde posiciones alternativas, aunque mantenga cierta representatividad popular, es por ese papel de imbricación con el poder establecido en una dinámica de políticas públicas regresivas con debilitamiento democrático. Esa ambivalencia, de querer estar, al mismo tiempo, con el poder establecido y representar a las capas populares, conciliando con el primero en los momentos decisivos, es la causa global del declive de la socialdemocracia europea.

La división y el sectarismo

Veamos otros factores que dificultan la unidad popular, como proceso participativo e identitario de todo el conglomerado progresista frente a los poderosos. Uno de ellos es el sectarismo. En la tradición de las izquierdas y sectores alternativos se han producido pugnas de distintas élites (viejas y nuevas, o tradicionales y emergentes) por la representación y el liderazgo de ese campo sociopolítico progresista, al menos desde la explosión del mayo francés y el otoño italiano y los movimientos por los derechos civiles en los años sesenta. Ha sido una disputa por conseguir la hegemonía cultural y asociativa y ser eje articulador del conjunto, de tener ventajas de legitimidad para dirigir los procesos de cambio y afirmar el estatus asociativo y político-institucional de las élites respectivas.

En los procesos de conformación de unidad popular o representación político electoral se han generado tensiones y falta de entendimientos unitarios, aunque no en todas las ocasiones ha sido así

Así, en los procesos de conformación de unidad popular o representación político electoral se han generado tensiones y falta de entendimientos unitarios, aunque no en todas las ocasiones ha sido así. En nuestra historia reciente se han constituido dinámicas de confrontación global con los poderosos, aceptación de un interés colectivo o proyecto común y credibilidad de una representación y un cauce articulador unitario, aunque el motivo desencadenante y la representación sociopolítica fuese parcial.

Hay ejemplos significativos de configuración de unidad popular amplia con distintos niveles de pertenencia, así como con representaciones sociopolíticas, articulaciones asociativas o coordinaciones político-mediáticas coyunturales y flexibles, como he avanzado antes: desde el movimiento antifranquista, hasta el movimiento pacifista contra la OTAN (con el apoyo de más del 40% de la población en su referéndum contra todo el poder establecido, e incluyendo mayoría ciudadana en Cataluña y el País vasco) o frente a la guerra de Irak, la gran huelga general del 14-D-1988 contra la precariedad laboral y por el giro social o, en fin, los más recientes del movimiento 15-M por la democratización y la justicia social y el movimiento feminista del pasado 8 de marzo por la igualdad.  Son ejemplos de formación de un campo, espacio o sujeto de progreso, más o menos consistente, diverso y duradero, pero con un poso de experiencia compartida.

La peor fuente clásica de desencuentros ha sido el intento de subordinación de los nuevos movimientos, supuestamente de clase media, al viejo movimiento, supuestamente de clase trabajadora, o la izquierda tradicional, que no ha sido capaz de articular toda esa diversidad. Esa pretensión de injustificado hegemonismo de una vanguardia con el pretexto de auto representar a la clase (económica), evidente durante décadas en Europa, está ya bastante desacreditada, a pesar de su resurgimiento actual. El otro problema, aparte de la dificultad por superar su fragmentación, incluso el embellecimiento del particularismo es la pugna conservadora y neoliberal por reorientar su trayectoria alternativa para diluir su sentido emancipador-igualitario. 

La tarea interpretativa más importante es el análisis del conflicto social y su expresión sociopolítica desde una óptica de la polarización de intereses y la diferenciación de posiciones sociales, comportamientos, demandas y pautas culturales. La interpretación de ese diagnóstico tiene impacto en la legitimidad de los liderazgos políticos y sociales. Por tanto, hay una interrelación entre análisis y política. En todo caso, es imprescindible el rigor intelectual y evitar la instrumentalización partidista.

Este tema de la formación del sujeto sociopolítico de cambio, su carácter y el sentido de su trayectoria sociocultural y político-institucional no solo tiene interés analítico o interpretativo. El tipo de diagnóstico es crucial para determinar una línea política transformadora, para encarar el bloqueo y las dificultades del movimiento popular progresista y poder avanzar las fuerzas alternativas en un cambio de progreso. Es decir, afecta a la capacidad estratégica y la legitimidad y el liderazgo de su representación político-institucional, al sentido del proceso político y su carácter democrático-igualitario.

La interpretación debe ser realista, relacional y crítica. Es insuficiente la sociología convencional sobre los movimientos sociales, vistos muchas veces de forma sectorial o fragmentada, y avanzar en una visión más global. Hay que superar el determinismo economicista (y el biologista o etnicista) y el idealismo discursivo en la explicación del sujeto popular de cambio de progreso, sobre todo, para definir mejor la tarea de su consolidación.


Carácter de los sujetos (1) Extracto reelaborado de la Comunicación presentada al XIII Congreso Español de Sociología (Valencia, 3-6 de julio de 2019).

Carácter de los sujetos