martes 1/12/20

Reflexiones desde la incredulidad

Reconozco que me faltan palabras y reflexiones para aportar algo nuevo, alguna pequeña luz, a lo que estamos viviendo.

Todavía estoy impactada, imagino que como casi todo el mundo. Se diga lo que se diga, se hayan cometido los errores que se hayan cometido, nadie era capaz de prevenir que íbamos a vivir esta pandemia y que su difusión y contagio se extendería a cualquier confín de la Tierra. Yo misma, cuando surgió el problema en China, pensé en viajar en Semana Santa a EEUU porque “estaba suficientemente lejos”. ¿Ingenuidad?

La realidad es que estamos ante una situación realmente insólita, indescriptible, con unas consecuencias en pérdidas económicas y, sobre todo, humanas, que a estas alturas no podemos predecir.

Llevo diez días sin salir de casa (salvo a comprar un día a la semana), trabajando desde casa (como muchísima gente), aprendiendo lo que es estar confinada y encontrando satisfacción en valorar la lentitud del tiempo. Reconozco con humildad que siento admiración de tantas personas que, a través de las redes, no han detenido ni su creatividad, ni sus ganas de socializar ni de compartir ni el ingenio que se derrocha. Yo estoy bloqueada.

Hoy, hay 2.600 millones de personas confinadas. Porque India se ha sumado también a esta dramática situación. No se ve el final de esta pandemia, ni tampoco qué pasará cuándo se vaya levantando el confinamiento, ¿estaremos de nuevo a salvo o volverá a existir contagio?

Y, cuando todo pase, porque pasará, ¿qué haremos? Hay quienes piensan que nada volverá a ser igual, pero me siento incapaz de afirmarlo. Efectivamente, vendrá una época durísima de reconstrucción, y no será fácil volver a los niveles de riqueza y bienestar. Sin embargo, a nivel individual, tenemos la memoria muy corta; en situaciones dramáticas, afirmamos que nunca más repetiremos errores, sobre todo, relacionados a no valorar nuestra vida, a no tener claras las prioridades. Lamentablemente, el consumo es goloso, y las inercias y hábitos producidos por una cultura económica capitalista nos ha moldeado a su imagen y semejanza, o, lo más probable es que también seamos culpables y cómplices de esa rueda consumista efervescente.

No será fácil aprender de lo vivido por muy duro que ahora resulte. Porque la economía deberá ponerse en marcha de nuevo para procurar trabajos, para resarcir las numerosas pérdidas que hoy estamos sufriendo, porque muchísima gente va a estar apuradísima para llegar a fin de mes, y porque el Estado necesitará con urgencia ingresos que le permitan financiar esta crisis.

Y no solo por una cuestión económica. Sino también por nuestros deseos, nuestras ganas de vivir, nuestra necesidad de “socializarnos” de verdad más allá de las redes. Querremos salir, ocupar el espacio público, tocar y oler la naturaleza, viajar, comer, comprar, … disfrutar.

De momento, solo se me ocurren algunas cuestiones que sí han cambiado por consecuencia de la parálisis del mundo, y que quizás merecen alguna consideración:

  • Los índices de contaminación del aire han disminuido una media en España de un 65%. Algunas grandes ciudades han reducido su contaminación hasta un 80% como en Madrid o Barcelona. Nuestro encierro ha permitido que el planeta respire. Lo que no han conseguido cumbres del clima, lo ha conseguido una pandemia. Frenar nuestras vidas significa salvar el mundo. Pero, si todo vuelve a la normalidad (y deberá hacerse así), volveremos a asfixiarnos. Quizás, no sea tan difícil plantearnos, de forma global y coordinada, parar en seco toda actividad una semana al año.
  • Las redes de comunicación nos han mostrado que sirven para mucho más que para enviar bulos o bromas. Se han convertido en una plaza social, un espacio de socialización. Además, el país ha tenido que ponerse las pilas para seguir con su actividad económica, profesional y educacional. El teletrabajo o las clases por red se han implantado rápidamente para cubrir graves agujeros.
  • La concepción de los derechos. He tenido la impresión de que habíamos olvidado lo que eran “los derechos sociales”. Nos movíamos entre derechos colectivos y derechos individuales. Los colectivos se habían convertido en exigencias de identidad grupal, desde religiones, etnias o nacionalismos, sin importar si esos derechos colectivos garantizaban la igualdad de todos sus miembros. Por otra parte, los derechos individuales se habían extralimitado hasta la consideración de ser “deseos”. “Tengo derecho” a todo lo que sueñe, desee o me interese.

Y, hoy, volvemos a ser conscientes de la importancia de los derechos sociales: la sanidad, la educación, la seguridad, el funcionamiento del Estado, … Esos son los que, de verdad, nos aseguran nuestro bienestar.

  • La solidaridad desde el aislamiento. Paradójicamente, el encierro nos ha hecho preocuparnos más y mejor por los nuestros, siendo los nuestros mucho más que los que compartimos techo. Vecinos contagiados, sanitarios a pie de lucha, policías que protegen las calles, cajeros en el supermercado…. Salimos a aplaudir porque necesitamos saber que hay más gente “compartiendo”. Hemos conocido a vecinos, desde nuestro encierro, desde nuestros balcones, que jamás habíamos visto.
  • Las prioridades han cambiado. Sobre todo, en relación a las figuras sociales. Hoy, valoramos mucho más a un enfermero, a una científica, a un maestro, a una policía, … y también a nosotros mismos, que desarrollamos trabajos normales y cotidianos, que no somos superestrellas, que no salimos en la televisión a contar nuestra vida falseada. Porque, de alguna manera, hoy nos importan la vida de verdad: la de los héroes anónimos que tenemos en nuestras propias casas. El trabajo bien hecho, la profesionalidad, la eficacia, la disciplina, ….

Y, aunque hay gente que parece saberlo todo, que todavía grita diciendo que todos se ha hecho mal, no quisiera estar en la piel de los responsables políticos: ni del gobierno de España, ni de los presidentes autonómicos, ni de ninguno de los alcaldes. Quien se considere con capacidad y soberbia suficiente, que tire la primera piedra; pero que tenga cuidado no le rebote como un boomerang. A lo mejor, es tiempo para callar y escucharnos, para saber que dialogar es hablar en voz alta entre varios, y que no es época para monólogos ni frases hechas.

Mi más sincero reconocimiento a quienes están gobernando nuestro país, en cualquier lugar de la geografía, con tanta angustia y desconcierto como yo, pero con la responsabilidad de decidir por mí.

Muchos no podrán olvidar esta pandemia. Sobre todo, aquellos que han sufrido la pérdida de familiares de los que no han podido despedirse.

Y, como la gran mayoría, tengo ganas de abrazar y besar. No me acostumbro a no rozar con mi cuerpo, con mis manos, con mis labios, al otro, sea mi madre, mis hermanos, mi hija, mi marido, o mis amigos. No me gusta ir al supermercado manteniendo la distancia, bajando la mirada, con una sonrisa leve que se supone detrás de la mascarilla de quien trabaja.

No sé cuánto nos durará el aprendizaje. Solo espero que no seamos austeros cuando el peligro pase mostrando nuestro cariño.

Reflexiones desde la incredulidad