miércoles 11.12.2019

Por dios, cuanta elegancia la de Dolores y Rafael

Quienes me conocen saben que no soy, ni nunca he sido, comunista, pero sí respetuoso con quienes saben comportarse, adaptarse a los tiempos, e incluso rectificar cuando la objetividad y la educación se impone a los impulsos viscerales.

Hace poco censuraba la cerrilidad de los recién estrenados diputados de Vox cuando se manifestaron desde sus escaños con ruidos destinados a silenciar a ciertos diputados que juraban o prometían y que, para ellos, sólo merecían desprecio y, quien sabe si un castigo ejemplarizante. 

Detesto la nula elegancia de la extrema derechona neofranquista, la herencia parlamentaria de ese nuevos Blas Piñar que regresan al hemiciclo dando de nuevo la cara, aunque antes ya lo hiciera bajo el palio azulado de los populares. 

Dolores y Rafael, dos personalidades comportándose con respetuosa y serena elegancia al comparecer ante una institución que, por fin, comenzaba a ser de todos los españoles

Detesto el españolismo impuesto por la gracia de Dios, sin dar una oportunidad de sentirse patriotas, por ejemplo, a los ateos. 

Detesto el orgullo de raza rancio, con olor a naftalina y con sabor a tauromaquia, a caza, a homofobia y a familia que reza unida. 

Pero también reconozco el derecho de que estas decrépitas ideas tengan su lugar en el Congreso, aunque, eso sí, siempre respetando los derechos y libertades de quienes no piensan como ellos, y siempre que sus intervenciones parlamentarias no nos recuerden a unos cavernícolas recién salidos de sus cuevas, con una corbata en el cuello y gomina en el pelo.

Viene esto a colación de una foto que acabo de encontrar por pura casualidad cuando organizaba mi caótica fototeca. Es la fotografía que ilustra este artículo, y al contemplarla he retrocedido mentalmente al mes de julio de 1977 cuando las nuevas Cortes, tras el franquismo, iniciaban la fase previa a su constitución. 

Todo era emocionante, muy emocionante.

Dolores Ibárruri, diputada por Oviedo, y Rafael Alberti, diputado por Cádiz, ambos miembros del Partido Comunista de España, fueron elegidos vicepresidentes de edad en el Congreso de los Diputados. Y aceptaron. Y fue un honor que lo hicieran, al menos lo fue para muchos, aunque otros tuvieran que fingir un sentimiento democrático que no sentían.

Ignoro lo que tal vez se escondería detrás de algunas miradas mientras ambos ilustres ancianos descendían, casi como en una pasarela desde la historia reciente hacia el presente, avanzando con dignidad hacia la tribuna a través de un breve paseo que rendía homenaje a un larguísimo período de privación de libertades. 

Miro y vuelvo a mirar los rostros Dolores y Rafael, y no percibo rasgos de revancha, rabia, resentimiento ni provocación. Sólo serena dignidad.

Cuanta elegancia se desprende del discreto luto de Dolores. Y que bien le sienta a Alberti el traje de impecable corte que eligió para la solemne ocasión, atrevidamente combinado con una desenfadada corbata de líneas psicodélicas que para nada desentonaba con el momento histórico que ambos protagonizaban. Un momento que quedó plasmado durante la fracción de segundo necesaria para que sus imágenes quedaran a buen recaudo en el negativo de un carrete fotográfico. 

Una fotografía para la posteridad en la que no se perciben gritos reivindicativos, compadreos, exhibición de consignas con camisetas ilustradas, salidas de tono, energúmenos haciendo ruido como único argumento para increpar a sus contrarios, y tampoco ningún diputado que se levante de su escaño y salga a la escalera para abrazar y besar en la boca a los dos ancianos.

Igual va y resulta que me estoy haciendo mayor y no tengo capacidad para adaptarme a los nuevos tiempos. 

Igual va y resulta que no consigo interpretar en su justa medida las servidumbres estéticas que nos imponen las nuevas generaciones, los nuevos partidos, los nuevos tiempos. 

Aunque, bien pensado, ni de lejos soy tan mayor como lo eran los dos protagonistas de este artículo al dar muestra de un respeto reverencial al oráculo de nuestra democracia. 

Dolores y Rafael, dos personalidades comportándose con respetuosa y serena elegancia (como la práctica totalidad de diputados que estaban presentes) al comparecer ante una institución que, por fin, comenzaba a ser de todos los españoles.

Por dios, cuanta elegancia la de Dolores y Rafael