Fruncir el ceño ante las injusticias es de buenos ciudadanos y que, como decía un amigo, la alegría es como el dinero: los honrados sólo tienen la justa para ir tirando

Si uno quisiera ponerse metafísico, diría que España es una incertidumbre. Un lugar en el que uno anda de sobresalto en sobresalto, sin saber muy bien a qué atenerse y teniendo que salir de casa al mismo tiempo con ropa de invierno y de verano, con chanclas y paraguas. Preparado para fruncir el ceño o para desparramarse en una sonora carcajada. A veces, aunque sean pocas, toca incluso aplaudir.

Esta semana hemos tenido un poco de todo, y casi el mismo tiempo. Tan pronto despedían a Lopetegui y dejaban a la selección huérfana —que hay que ver lo que le gusta a Florentino causar terremotos en España—, como había que pedir a gritos la dimisión de Máxim Huerta por haber practicado como único deporte el que todo español practica alguna vez: tratar de engañar a Hacienda.

Vaya por delante, eso sí, que el adiós de Huerta me parece estupendo. Creo que poner el listón de la ejemplaridad tan alto habla bien no sólo del PSOE, sino sobre todo del poco aguante que tiene ya la población con sus políticos, incluso cuando se parecen demasiado a ellos. Si al final Urdangarín hubiera evitado una condena que lo llevara a la cárcel, no les quepa duda de que media España se hubiera vuelto repentinamente republicana. 

Pero, al menos para mí, la gran noticia de esta semana ha sido la aceptación en España de las personas recogidas en alta mar por el Aquarius. Buenista como es uno, no llegaba a comprender cómo Italia y Malta —y por extensión cómplice, la Comisión Europea— podían permitir que seiscientas personas permanecieran en aguas internacionales, sin agua ni comida, en condiciones adecuadas para acabar matándose los unos a los otros o acabar todos ahogados.

En unos días en el que los partidos xenófobos han tomado el Gobierno italiano —incluyendo aquí al movimiento 5 estrellas— y en que Austria, sin armar tanto escándalo y con el aplauso de los socialdemócratas, ha dado orden de cerrar varias mezquitas y deportar a varias decenas de imanes y sus familias, consuela ver que este país decide hacer patriotismo empleando algo más que las porras, el himno de Marta Sánchez o los balcones plagados de banderas. Por cierto, cada vez más desteñidas.

Por lo demás, uno sueña con un crucero lleno de millonarios italianos pidiendo auxilio en alta mar y ningún país dispuesto a rescatarlos, ni ningún puerto pronto a recibirlos. Porque no nos engañemos, aquí no se trata de razas. O no sólo. Si el Aquarius hubiera llevado a bordo a seiscientos negros con cuenta en suiza y avión privado, Italia no hubiera tenido problema en acogerlos. Y hasta les hubiera recibido Salvini con una alfombra roja. El problema es que los negros y los blancos del Aquarius eran pobres. Y es cosa sabida que los pobres jamás son bienvenidos en ningún lado. Porque con su hambre, su cansancio y su pena a cuesta nos acusan de muchas cosas, sin tener que decir nada.

De hecho, el gran logro de la derecha xenófoba europea es haber convencido a los pobres de sus países de que lo mejor para ellos es cerrar las fronteras no sea que entren otros más pobres aún y les roben sus trabajos de mierda. Mientras, el 10% más rico de España ha pasado de controlar el 40% de la riqueza del país a más del 50% después de la crisis. Y aquí no pasa nada.

Y así andamos estos días, pasando de la estupefacción a la alegría y de ahí a la indignación, haciendo más muecas que un macaco. Tendremos que recordar, mientras esto siga así, que fruncir el ceño ante las injusticias es de buenos ciudadanos y que, como decía un amigo, la alegría es como el dinero: los honrados sólo tienen la justa para ir tirando. Y el que tiene demasiada debe ser tratado como un sospechoso, porque seguro que se la ha robado a alguien.