domingo 15.09.2019

Dos años de Trump

Dada la importancia de esta oleada nacional-populista resulta interesante valorar su experiencia de gobierno en los EE UU

Trump cumple dos años de Presidente de los EE UU. Trump es la referencia de los Bolsonaro, Salvini, Orban y, en general, de toda la extrema derecha que ha logrado llegar al poder en algunos países o que ha obtenido resultados significativos en otros. Dada la importancia de esta oleada nacional-populista resulta interesante valorar su experiencia de gobierno en los EE UU.

Un gobierno caótico. Un grupo de altos cargos, todos ellos elegidos por Trump, ha hecho público un manifiesto anónimo en el que dan su opinión de cómo funciona la administración Trump. Para valorar esta opinión hay que destacar que no procede de los enemigos políticos de Trump, sino de colaboradores elegidos y nombrados por el propio Presidente. Para empezar, consideran que Trump no está capacitado para ejercer el cargo, pero han llegado a la conclusión de que promover su declaración legal de incapacidad (y por ende, sustituirle en la presidencia de los EE UU) es un camino muy difícil y de resultado incierto. Por ello, se han comprometido a actuar desde dentro del Gobierno para evitar (boicotear, de hecho) las peores decisiones del Presidente. Pero resulta llamativo que un grupo de altos cargos nombrados por Trump le considere incapacitado.

En estos dos años, se han sucedido las dimisiones y ceses de altos cargos dando una imagen de inestabilidad y división. Algo que a Trump le trae sin cuidado, ya que intenta gobernar  EE UU como si fuera su propia empresa, despidiendo a quien le da la gana y cuando le da la gana. Él y solo él es quien toma las decisiones (muchas veces improvisadas) que anuncia a golpe de tuits. Muchas de esas decisiones se rectifican días después, lo cual acrecienta la idea de que nadie sabe a qué atenerse, o sea de caos.

Por otra parte, hay unas cuantas investigaciones judiciales en marcha que afectan de un modo u otro a Trump. La principal de ellas pretende esclarecer si la intervención de Rusia en las pasadas elecciones presidenciales (cosa que ya parece constatada) se hizo de acuerdo con Trump y, yendo más allá, si Trump está complicado en negocios con “empresarios” rusos, lo que explicaría el apoyo ruso a su campaña. Lo que sí queda claro a estas alturas es que las empresas de Trump, dirigidas por su familia cercana han prosperado notablemente durante su presidencia: Trump saldrá de la presidencia mucho más rico de lo que entró. En definitiva, lo que la extrema derecha ha traído a la política norteamericana ha sido caos y corrupción. No está mal.

Rebajas de impuestos a las empresas. Muchas de las iniciativas de Trump se resumen en amagar y no dar. Pero algunas de ellas han ido en serio. Cabe destacar dos: la guerra comercial con China y la bajada de impuestos.

Ésta ha consistido en una gran bajada de impuestos sobre los beneficios de las empresas acompañada de leves retoques a los impuestos de las clases medias. La parte del león de la reforma fiscal de Trump ha ido a para a los bolsillos de las grandes corporaciones. La justificación de los republicanos para esta decisión es que si las empresas aumentan los beneficios (después de impuestos) invertirán más, lo cual creará más empleo y esto, a su vez, traerá mejores salarios. Como decía Galbraigth, si das mucha cebada al caballo, algunos granos caerán al camino y de ellos comerán los pájaros.

Lo que ha pasado es que las empresas han aumentado mucho sus beneficios pero eso no ha llevado a incrementar su inversión sino que ha servido para aumentar los pagos a los accionistas o, más frecuentemente, a comprar acciones de las propias empresas a fin de favorecer la subida su cotización en bolsa. En definitiva, la rebaja fiscal de Trump se ha traducido en más dinero para los accionistas de las grandes corporaciones bien sea por mayor beneficio distribuido bien sea por mayor valor de las acciones.

La otra cara  de la moneda es el aumento del déficit (ya importante) como consecuencia de menores ingresos en el impuesto de sociedades. Será más deuda que han de pagar los ciudadanos en general y no tardaremos mucho en oír que para corregir el déficit hay que recortar el gasto social, empezando por la asistencia sanitaria. En definitiva, a lo que lleva esta reforma fiscal es a aumentar la desigualdad, acelerando la tendencia a concentrar la riqueza en pocas manos. Conviene tomar nota de esto porque es la política fiscal de las derechas, extremas o moderadas, en todas partes, también en España

La guerra comercial de Trump. Como advierte el FMI, la guerra comercial con China se ha convertido en uno de los factores que más incertidumbre crea en el desarrollo de la economía mundial. Más a lo llano: la guerra comercial de Trump desacelera la economía mundial. El cuento de la ultraderecha consiste en que una subida de aranceles hará volver a suelo americano fábricas que se deslocalizaron a otros países, volviendo a crear buenos empleos en zonas deprimidas por la desindustrialización, donde Trump consiguió muy buenos resultados. Pero las cosas no son tan simples.

Los iphones que se venden en EE UU se producen en China con componentes procedentes de media docena de países. ¿Por qué Apple decidió fabricar en China? Parece evidente que por su propio interés. Claro que también China se ha beneficiado de esta decisión pero donde voy a parar es a que el impresionante desarrollo industrial de China corre paralelo a los grandes beneficios que han obtenido empresas norteamericanas (y de otros países) que decidieron fabricar allí. O dicho de otro modo: no es que China haya “robado” empleos bien pagados en EE UU sino que empresas americanas (y otras) han decidido ganar más dinero fabricando en China. También los consumidores norteamericanos se han beneficiado de este comercio por razones evidentes. Así es que levantar barreras arancelarias perjudicaría a algunas importantes empresas norteamericanas y  también a los consumidores de ese país. Y no es seguro que los empleos perdidos vuelvan, entre otras cosas porque la mayoría de esos empleos se han perdido por la automatización de los procesos productivos ya que es el cambio tecnológico lo que hace que desaparezcan numerosos empleos industriales tradicionales. Y el cambio tecnológico se está acelerando a marchas forzadas.

Creo que estas consideraciones están en la base del nuevo acuerdo comercial de EE UU con México y Canadá. Después de anunciar a bombo y platillo que el NAFTA había sido un desastre para EE UU y que lo iba a aniquilar, Trump ha negociado un nuevo acuerdo comercial con México y Canadá que es casi el mismo que había, salvo pequeños retoques. El gran cambio que ha introducido Trump ha sido el nombre.

El caso del comercio con China tiene un matiz diferente. Uno de los mayores cambios que hemos vivido en los últimos 50 años en el panorama económico mundial es el enorme desarrollo de China, el tamaño de cuya  economía ya está a la altura de la de los EE UU y muy pronto la sobrepasará. Es una situación radicalmente nueva. Es posible que la guerra comercial con China pretenda entorpecer el desarrollo económico de China, que, es bien sabido, se inició cuando China decidió abrir su economía al comercio mundial. Las inversiones extranjeras en China estuvieron condicionadas a la transferencia de tecnología, lo cual, unido al escaso interés de los chinos por respetar la propiedad intelectual ajena, ha dado lugar a un desarrollo competitivo no solo en productos baratos sino también en alta tecnología. Entorpecer el comercio chino con EE UU puede que ya no sea muy eficaz para frenar el desarrollo chino y, en todo caso, ni serán gratis para EEUU ni, desde luego, devolverán los buenos empleos perdidos a la industria americana. En el punto actual, tenemos negociaciones que aún no se sabe cómo acabarán, pero yo apostaría por un acuerdo, que sería lo mejor.

En todo caso, constatemos que Trump está fracasando en devolver los buenos empleos perdidos a EE.UU. Pero su política está costando puntos de crecimiento al resto del mundo.

Y para postre el medio ambiente. Quizás la decisión más desastrosa de Trump sea sacar a EE UU del Acuerdo de París. Trump se ha apresurado a liquidar piezas importantes de la regulación medioambiental de la administración anterior, lo cual coloca a EE UU a la contra de las tendencias generales en el mundo. La industria del petróleo y la del carbón le están muy agradecidas: seguirán por un tiempo haciendo un buen dinero, pero no será nada bueno para la industria americana que perderá el paso respecto de otros países que siguen en la línea de la transición a una economía sostenible.

Este balance me hace concebir esperanza de que Trump sea derrotado en las próximas elecciones. Prueba de ello es que los demócratas han ganado las elecciones a la Cámara de Representantes. Algún ingenuo puede preguntarse cómo es que a pesar de un balance así los republicanos tengan casi la mitad de los votos. La respuesta es compleja, pero conviene que tengamos in mente un factor que me parece determinante: la crisis ha creado una sociedad nueva (peor) y está haciendo crecer una plutocracia con un poder terrible, una plutocracia que se ha reforzado con Trump. Pero la democracia americana sigue funcionando y en eso confiamos.

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