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jueves. 06.10.2022

La historia no las contempla. Quizás porque, como canta Silvio Rodríguez en Mujeres, “fueron tan gigantes que no hay libro que las aguante”. No son Evas, Indiras, Teresas o Rigobertas, aunque comparten con estas y otras célebres e inmortales damas, el noble heroísmo de saber que la verdadera revolución consiste en revolucionarse a tiempo.

Yo las he visto no muy lejos de aquí; cargando con hijos a los que nada hacen faltar, aunque en ellas sobren el desgano y la fatiga. Las he visto en el campo español, en donde curran de sol a sol, en cuclillas, arqueadas y sudorosas, desconfiadas del patrón, víctimas -al menos el 40 por ciento de esas cinco millones de mujeres que trabajan la tierra- de un seguro social que las sigue esquivando. Las vi en Mendoza, provincia argentina que celebra cada año su infame fiesta de la Vendimia. Las vi, las oí. Allí narraban su derrotero con voces entrecortadas por la rabia y el hastío: “Las obreras de la vid....” decían en coro, “…trabajamos en las peores condiciones; con las altas temperaturas del verano que superan los cuarenta grados, sin agua, sin baños, sin contrato ni seguro”. Las vi improvisando cunas con cajones de plástico para cargar a sus niños sobre los hombros, exponiéndolos al peligro de los pesticidas y a las interminables horas de sol abrasador. “Mire nuestras manos…”, decían, “...vea nuestra piel agrietada por el sol”. Las vi defendiendo su causa, esgrimiendo espadas y agitando capas que no le correspondían pero que sin embargo se vieron obligadas a exhibir porque “ellos, los patrones, no nos ven como mujeres, sino como simples bestias de carga. La lucha seguirá…”, aseguraban, “…hasta que se nos reconozca; no como esclavas, sino como trabajadoras”. Luego vi esa lucha que -rayana al tango- es siempre cruel y más que mucha. Vi la represión policial, la bestialidad pactada entre patronal y poder político. Vi el coraje de un centenar de ellas que marchaban, estoicas, soportando gases lacrimógenos y balas de goma, aseverando -con la rabia que toda esclavitud esconde detrás de los dientes apretados- que el reclamo no claudicaría hasta que un sindicato se hiciera posible. “Para comenzar a tener derechos y no sólo obligaciones, para que nadie pueda dejar sin futuro a nuestros hijos. Ni el cansancio, ni la frustración ni el dolor nos amedrantará”, decían mientras yo las veía y los mandamases las ignoraban.

Y las vi trabajando más y cobrando menos en Costa Rica. Las vi maltratadas en las fábricas del Perú; y explotadas en cualquier ciudad del mundo en donde se ceban miseria y hambre. Susurrando canciones de cuna a hijos ajenos para sostener al propio, al que no verán crecer. Soportando el horror de perder el fruto de su vientre en ese intento de sueño europeo que a diario se traga el Mediterráneo. Las vi en Angola recorriendo kilómetros de a pie para llenar de agua los estómagos de sus famélicos retoños; en Siria convertidas en escudos humanos para proteger a los suyos del fuego cruzado, y en todas y cada una de esas ciudades que los hombres bombardean mientras ellas, descalzas en las ruinas, buscan siempre una razón para seguir existiendo.

Las vi. Mujeres que se revolucionan con el fin de revolucionar; la única y auténtica revolución posible. Anónimas, pero no menos merecedoras de todos los lauros de quienes las antecedieron en cada revolución que, como libertad y justicia, es también nombre de mujer. Anónimas, decía; pero tan gigantes que, como canta Silvio, “no hay libro que las aguante”



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