miércoles. 17.07.2024
Isabella_Weber
Isabella Weber. Foto: Xander Heinl/Photothek

Crítica a la teoría de la "inflación del vendedor", cuyos fundamentos aparecen en un artículo en sinpermiso*.


Con referencia a la llamada inflación del vendedor, Weber y su estudiante de doctorado Evan Wasner argumentan que se desarrolla en cuatro fases:

“Primera fase: estabilidad. [...]

Segunda fase: impulso. La escasez real de productos básicos clave, cuyo coste entra en la producción de muchos otros, provoca un shock de precios. [...]

Tercera fase: repercusión. Las empresas protegen sus márgenes de beneficio del aumento del coste de los insumos subiendo sus propios precios. [...]

Cuarta fase: el conflicto. Los trabajadores luchan por unos salarios más altos para compensar las pérdidas de poder adquisitivo, lo que supone un aumento de los costes para las empresas, que a su vez incrementan los precios. [...]

No es sraffiano, aunque lo parezca. Se sigue basando en un análisis marginalista de utilidades: la del Capital y la del Trabajo.

¿Por qué la escasez real de productos básicos clave, cuyo coste entra en la producción de muchos otros, provoca un shock de precios? No es así para Sraffa.

Sraffa no se basa en teorías marginalistas, donde la escasez de oferta o el incremento de demanda sirven para entender la fluctuación de precios, sino que razona y muestra cómo los precios responden a la capacidad de apropiación del excedente (ya sea por distribución primaria o por redistribución, todo vía el concepto sraffiano del salario ex-post) por cada uno de los actores, Capital y Trabajo.

El análisis de Weber es, además de marginalista, psicológico: “las empresas pueden imponer más fácilmente subidas de precios a sus clientes cuando éstos están acostumbrados a oír todos los días en los medios de comunicación nuevos choques de costes y crecientes presiones inflacionistas”.

Y en esto Weber acierta para entender, no ya la subida de precios, sino la anomia de la ciudadanía ante la subida de precios, que da poder al Capital y se lo resta al Trabajo: eso está contenido en la teoría sraffiana y no precisa de la teoría marginalista para explicar dicha subida de precios. Ese necesario análisis psicológico muestra, sin embargo, que las relaciones de poder también se establecen en el mundo cultural y psicológico.

La teoría de Weber, sin embargo, no se basa en si los márgenes de beneficio son elevados por término medio, sino que afirma más bien que el poder de fijación de precios a corto plazo permite a las empresas protegerse de los choques de costes y, por tanto, que los beneficios contribuyen más que los salarios al aumento de los precios”.

Buen análisis, mala conclusión.

El análisis que hacen es correcto: “los beneficios contribuyen más que los salarios al aumento de los precios”, la conclusión es marginalista: “el poder de fijación de precios a corto plazo permite a las empresas protegerse de los choques de costes”.

Lo cierto es que no se puede negar la realidad:

La distribución de la renta entre salarios y beneficios es un proceso social y, por tanto, ignora cualquier ley natural. El hecho de que las empresas puedan repercutir tan fácilmente los choques de costes, mientras que los asalariados sufren pérdidas reales de su poder adquisitivo, atestigua aún más la debilidad de los sindicatos y la fuerza del capital.”

Pero si intentamos concluir el problema con un análisis marginalista, acabamos diciendo una barbaridad como proponer: “controles estratégicos de precios gestionados por el Estado”. El marginalismo te lleva a esto, que no es lo mismo que promover políticas económicas alternativas, eficientes y de mercado, como lo es la creación de servicios públicos (pensemos en la Seguridad Social, gracias a la cual los seguros médicos particulares son excepcionalmente baratos en España, excepto lo que no cubre con eficiencia: salud dental y salud mental) tales como una banca estatal (distinto de nacionalizar la banca) o proveedores de servicios públicos de ciertas commodities (energía, telefonía, agua... tampoco sugiero nacionalizar estos servicios) que compitan en buena ley en el mercado, tal y como la Sanidad Pública hace para con la Sanidad Privada. Esto último sí es sraffiano en el sentido de que, como pasa con los servicios médicos, la creación de servicios públicos eficientes es una eficaz manera de empoderar al Trabajo.

El problema es que si Weber, con “su teoría de la inflación impulsada por los beneficios”, no se desprende del análisis canónico y del mainstream marginalista, se cae en la otra cara de la moneda de las políticas monetarias:

la atención se ha desplazado ahora a instrumentos políticos como el control de precios y los impuestos sobre los beneficios extraordinarios, y por tanto sobre el capital”, la opuesta a la teoría monetaria de “centrarse en los ajustes de los ingresos de la clase trabajadora derivados del desempleo inducido por la política monetaria”.

Por otra parte, es curioso que hablen de Kalecki, y no de su precursor Sraffa, cuando, con toda la razón, el artículo casi cierra diciendo:

El economista de mediados del pasado siglo, Michał Kalecki, sostenía que los vendedores de fuerza de trabajo sólo negocian sus salarios nominales, dado que sus salarios reales están estructuralmente determinados por el poder de fijación de precios de las empresas, es decir, por la fuerza relativa de las grandes empresas, los sindicatos y las instituciones estatales en el mercado laboral. Dicho de otro modo, los salarios reales dependen del estado de la lucha de clases.

Y aunque abunden -obviamente, pues estamos en el ecosistema de sinpermiso- en que “la política económica progresista no puede prescindir de la exigencia de un cambio en la estructura del mercado que cree el poder necesario para repercutir los aumentos de costes. Esto significa acabar con los monopolios, reforzar los sindicatos”, o sea: es la lucha de clases la que determina los precios [r=R(1-w), ver artículo propio en Nueva Tribuna], como a la postre el tufillo marginalista sigue ahí, el artículo sobre Weber acaba hablando de “eliminar el exceso de beneficios mediante impuestos extraordinarios y mantener reservas estratégicas de insumos críticos”, cuando, si pensamos en los términos de la teoría de la distribución propugnada por Sraffa, el incremento de los impuestos, sin un Trabajo fuerte y musculoso, será otro coste que empujará (marginalismo) o será evitado (lucha de clases) a través de la fijación de precios, y las reservas estratégicas sólo tienen razón de ser, en referencia a la fijación de precios, bajo la visión teórica de una política económica canónica: la marginalista.

* Artículo original: sinpermiso.com

Isabella Weber, ¿asusta? a los economistas