domingo. 14.07.2024
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Protesta de los trabajadores. Sindicato UAW

El neoliberalismo, a lo largo de más de medio siglo, creyó haber arrumbado para siempre antiguallas como “trabajo organizado en lucha”, “sindicalismo con dimensión socio-política”, “lucha por la redistribución de la riqueza”, “solidaridad de clase”, “relación de fuerzas”, etc.

Fueron tantos tontos de buena fe los que llegaron a creérselo que hasta sembraron dudas en tontos de mala fe como yo.

El neoliberalismo fue un invento siniestro a ambos lados del Atlántico a cargo de dos personajes -primos hermanos en todos los terrenos- que acabaron sus días chocheando. Me refiero, como habrán adivinado, a Ronald Reagan y a Margaret Thatcher.

Pero por esas cosas de la dialéctica de la Historia, o sea, la persistencia de los hechos reales, y la tenacidad de los perdedores que no se resignan a serlo siempre, el neoliberalismo empezó a irse al carajo a raíz de la pandemia del covid 19. Y líderes, entre otros, tan determinantes como la Canciller Merkel o el Presidente Biden se plantaron ante un dilema que no admitía duda: O seguir alimentando el afán de lucro insaciable de este monstruo llamado capitalismo salvaje, o impedir que nos devore y acabe con la vida humana sobre la Tierra.

Y como no había discusión posible, pues se pusieron a inyectar dinero social a toneladas -a través de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo- para que prevaleciera la salud y la vida humana. Tanto fue así que el riguroso John Maynard Keynes se mostró reticente desde su nube.

Y en esas estamos.

Y mira por donde aquellas antiguallas que creyó haber arrumbado el neoliberalismo rebrotan con fuerza y amenazan con que sea éste la antigualla irreparable para siempre.

Y tuvo que ser, lógicamente, en los Estados Unidos de Norteamérica, cuna y patria del neoliberalismo, del capitalismo más salvaje y combativo. Cuna y patria, en consecuencia, del movimiento obrero y sindical más esforzado y sufrido. El de los Mártires de Chicago, el 1º de Mayo y la jornada de 8 horas, el de la Federación Americana del Trabajo, el de John Reed, el de Sacco y Vanzetti …

Y sucedió. Como un rugido y un recordatorio rotundo de que las supuestas antiguallas tienen más fuerza y vigor que nunca, 150.000 metalúrgicos -la aristocracia obrera- se declaran en huelga en las tres compañías automovilísticas -Ford, General Motors, Chrysler- más importantes del mundo.

Y tiemblan los cimientos del sistema que tienen en el auto privado su mayor aliciente económico y su peor lastre medioambiental.

Esos 150.000 seres humanos a tres bandas no reclaman cualquier cosa. Reclaman un aumento de salarios articulado, amén de otros temas sobre condiciones y cualidad de su trabajo, que los equiparen al aumento que se han asignado los altos directivos de las compañías y los corta-cupones de las mismas. O sea, un aumento del 40% de sus salarios en varios tramos anuales, simétrico a la tasa de beneficios declarados. Vamos, un órdago a la grande con una fundamentación social y moral muy clara para todos aunque muy repulsiva para el capitalismo salvaje: El Trabajo Humano, como el Sur, también existe y, como mínimo, tiene la misma centralidad, o más, que el capital y la tecnología.

Este órdago huelguístico, de alcance histórico sin la menor duda, dirigido con mano de hierro y una capacidad inmensa de unir e integrar voluntades obreras muy diversas por la UAW (Unión de Trabajadores del Automóvil), uno de los mayores gremios industriales filial de la potente AFL-CIO … no es una casualidad ni un regalo del cielo. Tiene que ver con ese proceso de disipación del neoliberalismo al que me he referido, y con el hecho de que hay un gobierno progresista en los EEUU presidido por Joe Biden y el Partido Demócrata, que lleva cuatro años con gestos y políticas de fondo al lado de los trabajadores y del sindicalismo.

Seguro que recuerdan cuando un grupo de grandes empresarios se quejaban ante Biden de que no encontraban trabajadores cualificados y dispuestos. Y Biden les respondió: “¿Han probado a pagar buenos salarios y a explotar menos su trabajo?” … Pues eso.

Permanezcamos atentos a la pantalla que estos compañeros del metal de la UAW (se pronuncia “guaaauuu”, pero como rugido sostenido) nos reservan gratas sorpresas. Ojalá.

Por cierto, cunado saque un rato les contaré mi peripecia personal y sindical con el presidente de la UAW. Corría 1975 y aún no había cascado Franco.

Vuelve el trabajo y el sindicalismo... sobre ruedas