martes. 23.04.2024

Minutos después de ganar la Copa del Mundo de fútbol con Argentina, Leo Messi subió al escenario montado para recibir el trofeo, como capitán de la selección albiceleste, de manos del Emir de Qatar, Al Thani. El soberano qatari se le acercó en actitud de camaradería y complicidad, le pasó el brazo por el hombro y le musitó unas palabras. Luego hizo una indicación a uno de sus asistentes, que acto seguido colocó al astro argentino una túnica sobre su camiseta. Ataviado de esta guisa, Messi tomó la estatuilla que ha perseguido desde que era un niño y se fue a cumplir con el rito de levantarla al cielo junto a sus compañeros. La foto que será testimonio imperecedero de la hazaña deportiva nos deja a un Messi extravagantemente dispuesto para la posteridad, casi disfrazado, alienado en una vestimenta que, por lo demás, ocultaba parcialmente la prenda que encarna por excelencia la pertenencia, el compromiso, la identidad del futbolista: su camiseta. Messi protagonizó el momento climático de la noche velado por un capricho de su nuevo dueño, el jeque que lo fichó para el Paris St. Germain, club que adquirió sobre un fondo de sospechas, en una operación aun subjudice, que facilitó la concesión a Qatar de esta magna cita deportiva.

Este Campeonato ha sido pródigo en conexiones y consecuencias políticas, ya comentadas aquí. Las polémicas previas sobre las condiciones laborales o el desconocimiento de derechos de las minorías propiciaron un clima enrarecido e incómodo, que la FIFA manejó con torpeza. Para remate, en los últimos días de competición saltó el escándalo de corrupción en el Parlamento europeo, aún por esclarecer, con Qatar (y Marruecos) como inductor. 

El sentimiento patriótico tan exageradamente exhibido queda ahogado en un patrioterismo retórico que apenas trasciende el canto colectivo del himno nacional antes de cada partido

A Messi, extrañeza pasajera aparte, no pareció importarle demasiado que le colocaran esa túnica. Estaba en la nube, cumplía el sueño que ha tenido desde que se escapaba de la escuela para jugar a la pelota en su Rosario natal y confirmaba su condición de Dios del fútbol, como lo jalea hiperbólicamente la prensa deportiva. Hace mucho tiempo que ha dejado de ser un simple jugador. Es ya una marca, una mercancía. Lo sabe y lo acepta. Ayuda mucho la lluvia dorada que cae sin cesar sobre él. A primeros de año suscribió un contrato para promocionar el turismo en Arabia Saudí y hacer lobby para que este país organice el Mundial de 2030. Por este “partido” cobrará 30 millones de dólares anuales (1).

Messi sucede ya sin discusión a Maradona. Es algo más que un cambio de corona en el Reino del fútbol. Se trata de la consagración ceremonial del tránsito desde un deporte originario de las clases populares al fabuloso negocio de estos tiempos, capricho y/o promoción de millonarios sin escrúpulos y oportunistas descarados, que han convertido el juego en espectáculo y a los futbolistas más deseados en una especie de mercenarios.

Uno de los compañeros de Messi en el equipo campeón, el portero Divu Martínez, héroe de la noche con sus paradas agónicas al final del partido contra Francia y en la decisiva tanda de penaltis, recordaba con lágrimas en los ojos cómo tuvo que salir de su país cuando era un jovencito pobre, para buscarse la vida en Inglaterra. En pocas palabras este jugador resumía su destino y el de tantos como él. De la pobreza a la riqueza, del olvido a la fama. Un sueño personal que a duras penas, forzadamente, se quiere compartir con unos compatriotas enfervorecidos en un empeño sublimado de gesta nacional.

Como era de esperar, en Argentina se ha desatado la locura. El fútbol ofrece satisfacciones de las que carece pese a sus inmensos recursos naturales y humanos. Se sacraliza el fútbol, se diviniza a sus figuras y se viven sus éxitos como tesoros colectivos. No es de extrañar: ha sido útil compañero de viaje del peronismo, de la dictadura militar, de la débil democracia recobrada y, ahora, de esta República post-peronista, de nuevo endeudada y empobrecida. 

Messi se deja enfundar en la túnica de quien le paga, pero el misero campesinado peruano del otro lado del subcontinente vive aplastado debajo el poncho

Estos héroes de infancia mísera y presente millonario juegan lejos del solar patrio. El año en que Argentina ganó el primer Mundial, el organizado bajo la Junta Militar, todos los jugadores pertenecían a clubes nacionales, menos uno (la superestrella Mario Kempes, que militaba en el Valencia). En el segundo triunfo mundial (1986), ya eran cinco los integrantes de la selección que hacían fortuna lejos del país, con Maradona a la cabeza. En Qatar sólo uno de los 26 futbolistas del plantel juega en Argentina (el tercer portero que, dicho sea de paso, no ha disputado ni un solo segundo); el resto tiene contratos sustanciosos con clubes europeos (uno con un norteamericano). El sentimiento patriótico tan exageradamente exhibido queda ahogado en un patrioterismo retórico que apenas trasciende el canto colectivo del himno nacional antes de cada partido. 

PERÚ: EL GRITO DE LA MISERIA

Mientras Argentina delira con el éxtasis deportivo, en la no tan cercana Perú se viven días de agitación social. Allí, ni siquiera se puede aplicar el bálsamo balompédico, porque la selección nacional quedó fuera de la fase final y atraviesa por una larga decadencia deportiva. 

La destitución y encarcelamiento del Presidente Castillo, tras un desesperado y todavía no explicado intento de reconducirse en el poder frente a la hostilidad del Congreso, ha dado lugar una enérgica protesta social en las regiones andinas más pobres. No está claro que los protagonistas de la revuelta sean necesariamente partidarios o militantes próximo a Castillo. Más bien parece que se trata de un pronunciamiento contra los aparatos tradicionales de un poder elitista y desprestigiado hasta la náusea. La corrupción o el abuso de poder han sido los instrumentos que la casta gobernante ha esgrimido en sus internos ajustes de cuentas en los últimos años. La pulcritud institucional, que el Presidente había vulnerado con la disolución apresurada del Legislativo, no les dice nada a quienes deben luchar cada día para sobrevivir. 

La victoria de Castillo, hace poco más de un año, se interpretó como una corriente de aire fresco, que se quedó en soplo. Este profesor de primaria ha sido poco más que un aprendiz de iluminado sin partido real, sin bases estructuradas, sin equipo coherente. Una presa fácil para los lobos que habitan en los círculos de poder real en Lima. Sus gruesos errores, las malas compañías y unos colaboradores sin un mínimo concepto de lealtad han enterrado su quimera milenaria. Una muerte política anunciada.

La gobernante interina es la hasta ahora Vicepresidenta, Lucia Boluarte, una funcionaria de cierta consideración en el Estado peruano, que pasó de ser compañera de viaje a encarnar lo que los partidarios de Castillo consideran como “traición”. En los primeros momentos de la crisis quiso estirar su mandato hasta el límite que tenía asignado el presidente depuesto (2026), pero la revuelta social le ha obligó a acortar los plazos electorales a 2024 (2). Habrá que ver si es capaz de mantener los planes. De momento, la policía se está empleando con una virulencia que ya ha sido denunciada como excesiva (3). Lo de siempre. 

El estallido social de estos días en Perú es la expresión, quizás efímera, de un hartazgo social, de algo fieramente opuesto a ese orgullo deportivo que enardece estos días a los argentinos

En 2008 visité Perú para hacer un programa sobre un país al que sus élites promovían como la nueva joya del Pacífico. Con orgullo, se disponía a acoger la Cumbre anual de los países de la APEC, una zona intercontinental de libre cambio. Gobernaba por entonces el APRA, el partido más estable desde la independencia, adscrito confusamente a la Internacional Socialista, pero en la práctica declaradamente liberal, como tantos otros de la misma divisa, en América y en Europa. El primer ministro del momento, Jorge del Castillo, me desgranó las venturosas cifras que sancionaban los éxitos de su política económica. Pero no podía explicarme por qué el índice de pobreza, marginación y atraso se reducía tan despacio, apenas imperceptiblemente. Tuve ocasión de visitar entonces precisamente algunas de las zonas que ahora se revuelven contra una operación política de la que desconfían profundamente, aunque no tomen un partido definido en la reciente disputa. La inmensa mayoría de la población de esas regiones eran entonces completamente ajenas a la satisfacción de su jefe de gobierno. Como tampoco entienden o les importan los remilgos de unos legisladores más preocupados de salvaguardar sus intereses que de ofrecer soluciones para los más desfavorecidos del país.

El estallido social de estos días en Perú es la expresión, quizás efímera, de un hartazgo social, de algo fieramente opuesto a ese orgullo deportivo que enardece estos días a los argentinos. Messi se deja enfundar en la túnica de quien le paga, pero el misero campesinado peruano del otro lado del subcontinente vive aplastado debajo el poncho (al cabo, una túnica andina) que ha sido el emblema de una miseria de siglos.


NOTAS 

(1) “What Lionel Messi reveals about geopolitics”. CATHERINE OSBORN. FOREIGN POLICY, 2 de diciembre.
(2) “Castillo’s ouster is not the end of Peru’s political crisis”. SIMEON TEGEL (periodista británico residente en Lima), FOREIGN POLICY, 16 de diciembre.
(3) “Deriva autoritaria en la crisis institucional del Perú”. IPS, 19 de diciembre.

La túnica de Messi y el poncho de Perú