domingo 25.08.2019
RELATOS

Una prima lejana

Una prima lejana

Paró el coche justo en la puerta.

La Posada hacía tiempo que había sido abandonada, no parecía tener ningún uso. No entendía cómo el lugar donde nació la monarca fundadora del Reino tenía tan poco reclamo turístico.

Una mirada sorprendida se tornó en nostálgica y aceleró con brusquedad dirigiéndose hacia la autovía para Madrid.

Realmente lo que le contrariaba era el deterioro; la vejez del lugar donde, por primera vez, había sufrido una excitación sexual “yaciendo” con una mujer. Aunque ambas cosas, sin duda, eran un exceso.

La separación de sus padres le había obligado a pasar mucho tiempo con unos tíos del centro; el primo mayor de su madre, que ejercía como patriarca familiar, casado con una mujer muy devota y disciplinada ama de casa. ¡A la usanza del momento! El matrimonio tenía dos hijos, chico y chica, algo mayores que él. Siempre era mejor pasar los fines de semana con aquellos primos lejanos que en la soledad aburrida y menesterosa de un colegio.

La casa de los primos fue un destino casi obligado los sábados por la tarde desde bien pequeño, hasta las ocho donde juntos iban a misa. La tía había asumido, como obligación, la formación religiosa de toda la familia, por lo menos hasta que los nuevos tiempos que se avecinaban la demostraran que las cosas podían ser de otra manera.

Acompañar al primo al cine del barrio o jugar con la prima con unas muñecas de papel pronto dio paso a otro tipo de distracciones: el fútbol y los billares jugando al Pin-Ball una partida tras otra. Los años van marcando muchas diferencias, en los juegos más aún. Ella, hacía tiempo que había abandonado la pubertad, las faldas tableadas de cuadros, los jerséis de rayas y los zapatos planos.

Cada vez más las visitas a casa de los primos y los tíos fue el deseo de ver a la prima. Cuando los amigos del colegio le preguntaban sobre sus fines de semana le parecía muy infantil lo de ir con mis tíos… ¡pasarlo con la prima daba más misterio!

Las miradas hacia ella eran cada vez menos inocentes, tanto como indiferentes las de ella hacia él. Los pocos centímetros que él había crecido en los últimos años no tenían nada que ver en como ella había aprovechado el tiempo: elevando y redondeado su culo y como la cuenca de sus pechos incitaba en la apertura de su camisa.

Quedaban pocos kilómetros para llegar a casa. Las luces de la ciudad empezaban a reflejarse en el cielo y en las lunas del coche rebotaban con fuerza las notas de canciones pop llenas de recuerdos, un gran momento para traer a su memoria la noche en el antiguo Parador. Todo tenía un tremendo propósito cultural y educativo visitando conventos medievales.

-Disponible una habitación de matrimonio y otra con dos camas individuales más una supletoria.

Mala cosa, a la familia más el sobrino, se había incorporado un compañero de fútbol del chico mayor. ¡Solución increíble! Los dos mayores cada uno en una cama y el pequeño y la chica en la supletoria que abultan menos. Lo del “pequeño” le traía por la calle de la amargura tanto por edad como por tamaño, pero esa vez sonó a música celestial.

Ella salió del baño con un camisón rosa que terminaba a medio muslo y al trasluz de la lámpara de la mesilla dejaba ver un cuerpo menudo, pero para él pareció que rayaba la perfección. Sintió enrojecer su cara al quitarse el pantalón y dejar al aire sus canillas y sus calzoncillos blancos de algodón. Ella ni lo miro, directamente se metió en la supletoria y se puso a leer un pequeño libro. Los chicos se habían quedado jugando al futbolín.

Apagó la luz dándole la espalda. El muchacho no sabía “si” darse la vuelta ni tampoco “cómo”, pues hacía equilibrios en el borde del colchón. Una vez conseguido agudizó el oído hasta escuchar que la profundidad de la respiración le certificase que estaba dormida y así poder aproximar su cuerpo. Fue ganando centímetro a centímetro hasta que notó que alcanzaba la condición de línea fronteriza. A pesar del frío ambiental de la habitación empezó a sentir una tremenda subida de temperatura corporal; las manos empezaron a sudarle y otras partes de su cuerpo comenzaron a sufrir extrañas sensaciones que para él eran nuevas, de golpe la chica tuvo un escalofrió y se arrebujo fuerte contra el cuerpo del chico. Ella soplaba con fuerza y distribuía una fragancia floral que penetraba de las narices hasta el cerebro del chaval, que también soplaba intensamente, pero por motivos diferentes. No sabía dónde colocar los brazos; no sabía si asirla por la cintura, temía que ella se despertará, tenía la boca prácticamente pegada a su cuello, incluso tuvo la osadía de alargar la lengua para conocer el sabor de su piel. ¿Era posible que el cuerpo estallase? Estaba seguro que sí, el suyo lo iba a hacer. Ella giró bruscamente quedando nariz contra nariz. En ese instante los chicos mayores entraron en la habitación y él cerró con fuerza los ojos para ocultar su desvelo. Una vez encamados aprovechó para situar su rodilla entre las piernas de ella, el roce le erizó los pelos, un instante después volvió a girarse y él recuperó la posición de estrecho contacto. Temía que el sueño le venciera y que la magia del momento se fuera al traste y así paso al cabo de un rato.

Haber pasado por la puerta de aquel lugar deteriorado le hizo ver, una vez más, que los deseos no se deterioran con el paso del tiempo.

Comentarios