sábado. 02.03.2024
Kautsky

@Montagut5

En este reportaje nos acercamos a una figura capital de la socialdemocracia alemana y del socialismo en general, nos referimos a Karl Kautsky. Abrimos el estudio con un análisis de los debates internos de la socialdemocracia alemana donde fue uno de sus protagonistas, y con otro en la Segunda Internacional sobre las alianzas políticas donde también jugó un papel determinante.

Los debates de la socialdemocracia alemana

En el SPD se produjo un intenso debate a finales del siglo XIX, muy paradójico y complejo, como tendremos oportunidad de comprobar, y en el que tomaría carta de naturaleza una forma de conjugar socialismo y democracia, alejándose de tentaciones totalitarias o autoritarias, en todo caso. Posteriormente, en distintas fases y con matices o adaptaciones propias de cada lugar, los partidos hermanos adoptarían este modelo. Pensemos, por ejemplo, y en relación con esta cuestión de las particularidades, en la existencia de los conflictos nacionalistas que tuvo que abordar la socialdemocracia austriaca, o la relación peculiar con fuerzas liberales y burguesas de algunas socialdemocracias nórdicas. También es importante para entender estas especificidades la cuestión de las complejas relaciones con el anarquismo, algo que marcaría mucho a los socialistas españoles e italianos.

A finales del siglo XIX era evidente que el socialismo europeo estaba profundamente dividido entre la ortodoxia y el revisionismo, entre la revolución y el reformismo.

El revisionismo tomó carta de naturaleza con las propuestas teóricas de Eduard Bernstein en Alemania. En 1899 publicó Las Premisas del Socialismo y las tareas de la Socialdemocracia. Bernstein pretendía acabar con la contradicción entre las propuestas revolucionarias del SPD y la praxis política del mismo, claramente reformista. Algunas de las formulaciones del revisionismo ya se podían rastrear en el prólogo de Engels en La Lucha de Clases en Francia de Marx, cuando expresaba que los elementos revolucionarios prosperaban más empleando los medios legales, es decir, cuando entraban en el juego político, en el parlamentarismo, que cuando usaban los medios ilegales o subversivos. Otra influencia ideológica o camino paralelo del revisionismo se puede encontrar en las formulaciones fabianas británicas de reforma política y social, aunque el laborismo tendría un carácter muy particular. Bernstein pensaba que el desarrollo social podría producirse sin cataclismos. Si la catástrofe social no era inmanente a las cosas, no era, por lo tanto, necesaria históricamente. En la época de crecimiento económico en la Europa de su tiempo no se había producido lo que había vaticinado Marx, porque la situación del sistema económico había cambiado. El principio de inevitabilidad no valía ni existía la voluntad política de llevar a cabo la revolución social.

En el Congreso de Hannover del SPD del año 1899 se debatieron las ideas de Bernstein y fueron derrotadas, así como en sucesivos congresos. En el SPD se generaron tres grandes corrientes. El ala derecha, en torno a la revista Cuadernos Mensuales Socialistas, y con líderes como Schippel, Heine, Calwer, entre otros, defendía el revisionismo. El ala izquierda del Partido, representada por Rosa Luxemburgo, Franz Mehring y Clara Zetkin, fue también derrotada en los Congresos del SPD. Dio lugar a la Nueva Izquierda, que proponía un planteamiento claramente revolucionario y antimperialista. Y, por fin, estaría la tendencia que podríamos calificar de centrista y que era la mayoritaria, con Kautsky como principal valedor del pensamiento marxista. Este sector, vinculado al aparato del SPD, sostenía un inestable equilibrio ideológico entre el programa y discurso plenamente revolucionario y la práctica política claramente reformista, como apuntábamos más arriba. Para Ignaz Auer, secretario del SPD, cambiar el discurso ideológico del Partido como pretendía Bernstein y seguir con la práctica política pragmática era un esfuerzo inútil y peligroso porque podía generar graves tensiones internas. Es curioso como Auer expresó a Bernstein que nunca debía haber hecho públicas sus formulaciones, que se aplicaban en la práctica, porque no se podía hacer otra cosa en un partido de masas. En conclusión, las tesis de Bernstein fueron derrotadas oficialmente, pero se aplicaban a rajatabla en el quehacer del Partido.

En realidad, Bernstein estaba plasmando la tendencia de la integración progresiva de la socialdemocracia en las sociedades y sistemas políticos cada vez más democráticos de Europa. La lucha por el sufragio universal en toda Europa occidental fue objetivo de la socialdemocracia porque se podía convertir en un arma poderosa para el proletariado. Intensas fueron las luchas en la propia Alemania o en Bélgica. Pero, además, se podía intentar contar con el apoyo de una parte de la burguesía, ya que el desarrollo económico había generado muchas diferencias internas, apareciendo las clases medias. En el cambio de siglo comenzó el debate sobre el posible acercamiento a esos sectores progresistas y acerca de las colaboraciones parlamentarias y hasta gubernamentales. Los franceses en la III República, con un gran debate interno y con derivaciones externas, fueron pioneros. El PSI vivió un enfrentamiento interno casi continuo de una intensa vehemencia en sus congresos en el comienzo de siglo XX, provocando escisiones. En el caso español hubo que esperar a las consecuencias de la Semana Trágica de 1909 para que el PSOE decidiera tender puentes con el republicanismo, al que había fustigado desde la fundación del Partido por considerarlo una fórmula netamente burguesa. Estos debates fueron también muy intensos en el seno de la Segunda Internacional no sólo en relación con la estrategia política, sino también en las discusiones sobre el nacionalismo, el colonialismo y la huelga general.

El socialismo podía o debía sustituir al capitalismo de forma paulatina, a través de conquistas alcanzadas en el juego político, con reformas, sin llegar a la revolución

Por otro lado, el análisis revisionista parece claramente vinculado con la coyuntura económica de principios de siglo. Superada la Gran Depresión de 1873 parecía que el capitalismo se había librado de las periódicas crisis. El socialismo podía o debía sustituir al capitalismo de forma paulatina, a través de conquistas alcanzadas en el juego político, con reformas, sin llegar a la revolución. Pero el pensamiento marxista más ortodoxo respondió al revisionismo formulando la teoría del imperialismo, y que permitía salvar la cuestión de la revolución y adaptar las ideas de Marx y Engels, propias de la época del librecambismo de la primera Revolución Industrial, a la realidad de la Segunda Revolución Industrial. El imperialismo que se vivía en aquellos momentos solamente habría aplazado en el tiempo la crisis y el colapso final del capitalismo. Hobson, Rosa Luxemburgo y Lenin estaban detrás de esta formulación. El capitalismo se había extendido gracias a la mundialización del mercado, la exportación de capitales, el expolio de las colonias, el triunfo del proteccionismo y de las concentraciones empresariales y financieras. Al final, estallaría una guerra mundial que debía posibilitar la revolución.


Otro factor a tener en cuenta en relación con la aparición del revisionismo tiene que ver con un aspecto poco conocido y que se refiere al distinto grado de penetración de las ideas marxistas en los partidos socialistas que se fueron creando en el último tercio del siglo XIX. Algunos estudios han permitido comprobar que dicha penetración no fue tan intensa ni tan completa como se ha venido pensado tradicionalmente. Los casos francés y español pueden ser significativos, aunque no únicos.

Por fin, habría que tener presente la tendencia a la burocratización de los partidos socialistas, especialmente del SPD, una enorme formación política con innumerables organizaciones, y que sirvió de modelo a otras socialdemocracias de su ámbito germano y nórdico. El revisionismo sería la práctica diaria de muchos dirigentes políticos y sindicales socialistas, aunque muchos de ellos no fueran conscientes, un aspecto harto interesante, habida cuenta de la importancia del concepto marxista de conciencia de clase. El estallido de la Gran Guerra supuso un terremoto que afectó a la socialdemocracia de pleno por su colaboración institucional bajo la fórmula de las uniones sagradas. El segundo terremoto llegaría con el surgimiento del comunismo y el ejemplo de la Revolución de Octubre de 1917. Pero esto supone la entrada en otra etapa de la Historia de la socialdemocracia en el período de entreguerras donde tuvo que competir no sólo con los nuevos partidos vinculados en distinto grado con los bolcheviques, y que nacieron por escisiones en los partidos socialistas, sino también con el fascismo que, en el contexto de una gravísima y profunda crisis, atrajo el voto de amplias capas populares.

La Segunda Internacional y el debate sobre las alianzas políticas en 1900

En el Congreso de París de la Segunda Internacional del año 1900 tuvo lugar una intensa discusión sobre la posible colaboración o alianza de los Partidos Socialistas con otras fuerzas políticas, y su entrada en los gobiernos, coincidiendo con el ingreso del político Alexandre Millerand, que había comenzado su carrera en el radicalismo para acercarse al socialismo, en un gobierno presidido por el radical Pierre Waldeck-Rousseau. La Segunda Internacional reafirmó la independencia del proletariado, que debía estar representado por los partidos socialistas, en su proceso de emancipación, pero abrió la puerta a determinadas posibilidades de colaboración con otras fuerzas de signo progresista.

En el Congreso de París se presentaron dos proposiciones contrarias a la entrada en gobiernos “burgueses”, tanto de Guesde como de Ferri, pero Kautksy defendió una tercera distinta, que abría la posibilidad de colaboración en casos “forzosos, transitorios y excepcionales”, y siempre previo acuerdo de los partidos, es decir, no de forma individual, además de que aquellos elementos que entrasen debían estar a las órdenes de sus respectivos partidos socialistas.

La proposición de Guesde establecía un principio fundamental del socialismo que tenía que ver con que la conquista del poder político se entendía como una suerte de expropiación política de la burguesía, de la clase capitalista. Esa expropiación podía realizarse de forma violenta o pacífica. Pero el poder solamente podía alcanzarse por las propias fuerzas organizadas del proletariado en un partido de clase, por lo que no cabía la colaboración socialista en gobiernos burgueses, contra los cuales siempre había que adoptar una oposición beligerante.

Por su parte, Kaustky insistía en el principio socialista de la conquista del poder político por parte del proletariado para conseguir su emancipación, una lucha que solamente se podía realizar por ese proletariado organizado en un partido de clase, es decir, dentro de la ortodoxia socialista. La lucha sería contra los partidos burgueses. Pero, y aquí comenzaba la diferencia con Guesde y con la línea tradicional socialista, eso no era impedimento para que en determinados casos se pudiera marchar de acuerdo con los “partidos de la democracia burguesa”, para debilitar a un gobierno hostil al proletariado, ya fuese para emprender reformas urgentes, ya para combatir atentados contra la clase obrera o contra los derechos y libertades. Pero las alianzas de los partidos socialistas con las formaciones burguesas no podrían ser permanentes, ya que podrían comprometer la independencia de los primeros, con graves consecuencias para la lucha de clases.

Kautsy sostuvo que en los estados democráticos modernos ya no cabía la conquista del poder de forma violenta, sino a través de la obra “larga y penosa” de la organización política y económica del proletariado

Kautsy explicaba que en los estados democráticos modernos ya no cabía la conquista del poder de forma violenta, sino a través de la obra “larga y penosa” de la organización política y económica del proletariado, conquistando paulatinamente los puestos electivos en los parlamentos y en los municipios, pero había una diferencia en relación con el poder ejecutivo. Aquí no valía una conquista de forma fragmentaria.

En consecuencia, la entrada de un socialista en un gobierno de signo burgués no podría concebirse como un comienzo normal en el proceso de la conquista del poder, sino como algo transitorio y excepcional y, en cierta medida, forzado por las circunstancias. Sería una cuestión de táctica, pero no de principios. En este sentido, el socialdemócrata alemán opinaba que sobre esto no tenía por qué pronunciarse el Congreso, pero, en todo caso, no debía esperarse nada positivo. Esta entrada de un socialista debía realizarse siempre por acuerdo mayoritario del partido, y su actuación tendría que estar supeditada al mismo.

El problema surgía cuando el ingreso se realizaba de forma independiente al partido o cuando solamente representaba a una parte del mismo. Esa situación generaba confusión, amenazando con debilitar la organización socialista, además de poner obstáculos a la conquista obrera final del poder.

Plejanov presentó una adición a esta propuesta, a la que se adhirió Jaurès. El francés opinaba que, en todo caso, aún en situaciones extremas un socialista debía dejar el gobierno cuando el partido observara que aquel daba pruebas evidentes de parcialidad en la lucha entre el capital y el trabajo.

En el debate el socialista belga Vandervelde, en nombre de la Comisión, resumió el consenso sobre la excepcionalidad de las alianzas. Habló del caso italiano en la lucha por la defensa de la libertad, de la lucha por la conquista del sufragio universal en Austria y Bélgica, además del francés por la “defensa de los derechos de la humanidad”. En todo caso, sabemos que el caso francés generó no poca polémica en el seno del socialismo francés y europeo.

La cuestión de las alianzas fue resuelta por la Comisión votándose por unanimidad que el Congreso recordaba que la lucha de clases prohibía todo tipo de alianzas con cualquier parte de la clase capitalista. Aún admitiendo que la existencia de circunstancias excepcionales hiciesen necesarias las coaliciones, aunque sin confusión de programa y táctica, estas alianzas, que el partido socialista correspondiente debía reducir al mínimo hasta su eliminación completa, no debían ser toleradas mientras que su necesidad no fuera contemplada por el propio partido, en clara alusión a que no valían soluciones individuales de colaboración.

En una sesión posterior Ferri se opuso a la entrada de socialistas en los gobiernos. En relación con las alianzas contempló su posibilidad en aquellos países donde el partido obrero fuera lo suficientemente fuerte para establecerlas, siendo transitorias y excepcionales. Esas alianzas tendrían como objetivo la defensa de las libertades públicas o los principios fundamentales de la civilización, ante la posibilidad de un golpe de estado. Al parecer, la intervención de Ferri suscitó grandes ovaciones.

Jaurès volvió a intervenir en el debate para defender la postura de Kautsky. Guesde, en cambio, combatiría la misma.

Al final, las secciones votaron la moción de Kautsky, que fue aprobada. Hay que aludir que la española se pronunció a favor. En este sentido, debemos recordar que en el Congreso del PSOE, celebrado el año anterior en Madrid, se había aprobado una resolución parecida, al establecerse que en las luchas electorales de todo tipo -generales, provinciales y municipales- los socialistas debían cumplir con el acuerdo que tomase el Partido con relación a las mismas, a propuesta del Comité Nacional. Se excluirían a las colectividades e individuos que hicieran pactos o alianzas con partidos burgueses o con sus candidatos, o trabajasen a favor de dichas candidaturas. Pero, el PSOE, consciente de que las libertades eran necesarias para la lucha del proletariado y para alcanzar todas las mejoras posibles en el orden social vigente, no veía obstáculo para cooperar con partidos, denominados por el socialismo español, como avanzados dentro del “campo burgués” cuando los principios democráticos corriesen serio peligro.

En todo caso, el proceso para que el socialismo español colaborase con las fuerzas republicanas sería arduo, ya que el intento de cambio de política electoral de 1903 propuesto por la Agrupación Madrileña favorable a cierto entendimiento fue rechazado por el Comité Nacional, y claramente por Pablo Iglesias. Las circunstancias excepcionales derivadas de la represión y la política llevadas por Antonio Maura a raíz de la Semana Trágica terminarían allanando el camino para formar la Conjunción Republicano-Socialista.

Hemos consultado como fuente histórica el número 761 de El Socialista.

Kautsky en su 75 cumpleaños

En el 75 cumpleaños de Karl Kautsky (16 de octubre), El Socialista español homenajeó su figura con un artículo del socialista belga Louis de Brouckere, y una pequeña biografía realizada por el periódico. Recordamos, pues, por nuestra parte, a este capital socialista alemán, aunque sea a vuelapluma.

Brouckere ensalzó la variedad de asuntos que había tratado el alemán, pero además con erudición e ingenio. Pero su larga trayectoria estaría marcada por la unidad. Kautksy habría sabido evitar la inmovilidad y las “crisis sucesivas a las cuales sucumben los débiles y los visionarios”. Esa unidad no estaría, y siempre según nuestro autor belga, reñida con la variedad, como hemos visto señalar.

Ningún autor socialista vivo habría escrito tantos libros ni tenido tantos lectores en tantos idiomas. Pero la popularidad de Kautsky se debía no sólo a sus escritos, no había sido un hombre encerrado en su torre de marfil. Había vivido con los trabajadores la vida de su partido, interviniendo en todos sus movimientos, interesándose por sus problemas. En ese sentido, la mayoría de sus obras tenían que ver con la realidad, con las circunstancias de cada momento, con las dificultades que se producían en los Congresos y discusiones en el seno del Partido o en los Sindicatos. Brouckere aprovechaba para opinar que las obras relacionadas con las circunstancias eran las mejores, las más profundas.

A Kautksy le festejarían los millares y millares de trabajadores, aun los que no habían seguido sus escritos y pensamiento, pero sí conocido su trayectoria, el ejemplo de su vida

A Kautksy le festejarían los millares y millares de trabajadores, aun los que no habían seguido sus escritos y pensamiento, pero sí conocido su trayectoria, el ejemplo de su vida. Kautsky, además, había sido un hombre cercano, que daba consejos, ánimos y ofrecía energías; es más, aludía al hombre que, en los momentos difíciles, como los de la Gran guerra y la posguerra, había descendido a la lucha.

En la pequeña biografía del periódico español se reseñaba que Kautsky había nacido en Praga en 1854, y que en su primera juventud había sido un nacionalista checo, pero la Comuna de París despertaría en él su inclinación hacia el socialismo y el internacionalismo. En 1873 se afiliaría a la Socialdemocracia cuando era estudiante en la Universidad de Viena.

En 1880 se trasladaría a Zúrich para colaborar en Social-Democrate, y después de una estancia en Londres, donde entabló amistad con Marx y Engels, así como con Bernstein, fundó Neue Zeit, la gran revista de la Socialdemocracia alemana.

En ese momento comenzarían sus aportaciones al socialismo, como vulgarizador y comentador del marxismo, pero eso no significaría que no fuera profundo en sus análisis y comentarios, además de ser un maestro en la expresión.

En 1892 planteó el programa de Erfurt al SPD, modelo para las demás formaciones socialistas.

Famosa sería su controversia a finales del siglo con su amigo Bernstein sobre el revisionismo. La Gran Guerra provocó, como es sabido, una crisis en el SPD. Kautsky se separó del SPD para unirse a los independientes que combatían al gobierno imperial y los créditos de guerra. En todo caso, Kautsky no abrazó la causa comunista. Además, sería uno de los primeros en preconizar la unidad del Partido Socialdemócrata alemán. En el Congreso de unificación de Nuremberg fue elegido por unanimidad presidente de la comisión encargada de elaborar el nuevo programa del Partido. Por nuestra parte, sabemos que en 1922 había regresado al SPD, eso sí, después de que Lenin le atacara como “oportunista” y “renegado”. Además, debemos recordar que falleció en 1934 en Ámsterdam, en el exilio.

El artículo citaba entre sus numerosas obras las siguientes: La cuestión agraria, Exposición de la economía marxista, La dictadura del proletariado, Evolución y revolución, El materialismo histórico, y un libro sobre las responsabilidades de la guerra. Por nuestra parte, debemos recordar que su obra El Programa de Erfurt (la lucha de clases), publicado en Stuttgart 1892, fue publicada en castellano por Besteiro en Madrid, en 1933.

Hemos trabajado con el número 6457 de El Socialista, del sábado 19 de octubre de 1929.

Kautsky y la pequeña propiedad

Hemos rescatado un pequeño texto de Kautksy donde reflexiona sobre la cuestión de la pequeña propiedad, que pasamos a comentar en este breve apunte.

Para el socialista alemán la propiedad de los medios de producción para los pequeños productores no era un dique contra la pobreza, sino una especie de cadena de esclavitud, todo lo contrario que había sido antes de la evolución del capitalismo. En el pasado la pequeña propiedad había constituido un objetivo que proporcionaba estabilidad al labrador y al artesano, pero este tiempo había terminado.

En el pasado la pequeña propiedad había constituido un objetivo que proporcionaba estabilidad al labrador y al artesano, pero este tiempo había terminado

Todavía se aludía a que, aunque la pequeña propiedad no proporcionaba riqueza sí cierta independencia a su poseedor, al pequeño patrono y al labrador. Les permitía, en fin, una libertad que no poseía el asalariado. Pero el problema se presentaba cuando la pequeña propiedad competía con la grande, no tardándose en ponerse aquella al servicio de ésta. El pequeño patrono se transformaba en un trabajador a domicilio, trabajando por cuenta del capitalista, y su casa se convertía en una dependencia exterior de la fábrica. También podía ocurrir que el pequeño propietario se convirtiese en una especie de hombre al servicio del capitalista, vendiendo los productos de la fábrica de éste y ganando algo con los arreglos, reparaciones o composturas de los productos.

Pero en ambos casos el pequeño propietario pasaba a depender del gran propietario, del capitalista. Y eso también ocurría en el ámbito rural con los labradores.

Así pues, ni independencia ni libertad. Cierto es que el pequeño propietario se diferenciaba del obrero en que poseía una pequeña propiedad, una “sombra de propiedad” en palabras de Kautsky, pero, precisamente la pequeña propiedad les impedía poder beneficiarse de la posibilidad de salarios altos cuando se producían. La propiedad, en este caso, insistía, era una esclavitud, y convertía a sus poseedores en dependientes.

Así pues, la propiedad de los medios de producción aumentaba no sólo la pobreza de los trabajadores sino también la sujeción de los propietarios pequeños. Si esa pequeña propiedad en el pasado había sido un medio para alcanzar la libertad, ahora era, con el desarrollo del capitalismo, como apuntábamos arriba, el camino hacia la esclavitud.

Hemos empleado como fuente el número 19 de mayo de 1912 de Vida Socialista.

Conviene acercarse, por su parte, a su obra La cuestión agraria, que podemos encontrar en la red, porque allí desarrolla claramente su tesis. Pensemos en el siguiente párrafo de esta obra citada:

“Aunque las personas viven en el presente, trabajan para el futuro (...) El obrero asalariado industrial que todavía cree que la artesanía tiene un futuro, o el jornalero que se imagina a sí mismo como un futuro maestro, es diferente de aquel que ha abandonado toda esperanza de llegar a ser independiente dentro del actual modo de producción”

La interpretación de Kautsky sobre la unidad socialista en el Reino Unido

Kautsky publicó el 26 de diciembre de 1913 un artículo en Neue Zeit, la principal revista teórica del SPD, y que en España se pudo leer en El Socialista, unas pocas semanas después, en enero de 1914 sobre la unidad del socialismo británico, y sobre el carácter del laborismo.

La Segunda Internacional siempre luchó para que en cada país solamente hubiera un partido socialista, por la unidad organizativa. En este sentido, se empeñó en que se terminara con la intensa división en Francia, una recomendación que fue seguida con la creación de la SFIO en 1905. En este sentido, muy importante fue la resolución tomada por el Congreso de Ámsterdam. En dicho Congreso se aprobó una resolución sobre la unidad. Para que la clase obrera tuviera fuerza en su lucha contra el capitalismo se hacía indispensable que hubiera un único partido socialista en cada país, enfrente de los partidos burgueses, como había un único proletariado. En consecuencia, todos los militantes, fracciones u organizaciones que se considerasen socialistas tenían el deber de trabajar para conseguir la unidad sobre la base de los principios establecidos por los Congresos internacionales. La Segunda Internacional y los Partidos de las naciones donde existiese tal unidad tenían el deber de ponerse a disposición para ayudar a que este acuerdo tuviese éxito.

Pues bien, la Oficina de la Internacional, que se había reunido en Londres en 1913 para preparar el Congreso de la Internacional de Viena, también había tratado sobre la unidad socialista en Gran Bretaña y en Rusia, aprobándose que la Socialdemocracia alemana, pilar de la Segunda Internacional, debía ayudar con su ejemplo y estímulo a los socialistas de ambos países para conseguir la unidad organizativa.

Así pues, Kautsky se había puesto manos a la obra, y había escrito el trabajo aludido. Su análisis es de una gran lucidez, partiendo siempre de un análisis de la realidad económica, social y política británicas desde el siglo anterior, intentado adaptar el modelo de organización política socialista a dicha realidad, sin intentar imponer el alemán o continental.

El líder alemán consideraba que en Inglaterra faltaba una teoría común que ayudase a que se realizase la unidad. Allí habían nacido la Revolución Industrial y el capitalismo, y por eso, se había desarrollado antes que en ningún sitio la lucha política de la burguesía y del proletariado, pero antes de que se hubiera producido una investigación teórica profunda de la sociedad. En consecuencia, el país más avanzado económicamente había conservado los modos más antiguos de pensamiento. El proletariado británico se movía en unas líneas de pensamiento premarxista, sin un gran interés por la teoría, algo que compartía con la burguesía. En el Reino Unido la práctica precedió a la teoría, generándose un evidente menosprecio a la misma y a todo tipo de política que no trajese ventajas prácticas. Kautsky estaba aludiendo, evidentemente, a la falta de marxismo en Inglaterra, a pesar de que allí escribiera gran parte de su obra Marx, y al sentido práctico británico, que compartían todas las clases.

El pensamiento de muchos socialistas británicos seguía bebiendo del radicalismo, una corriente que, como bien sabemos, se desarrolló en la segunda mitad del siglo XVIII, y de una evidente filantropía de origen burgués. Kautsky citaba a Owen, Comte, Carlyle, Stuart Mill, Spencer y Henry George. Hasta el marxismo británico era peculiar. Los dos grandes marxistas, Hyndman y Ernest Belfort Bax rechazaban realmente la interpretación materialista de la Historia.

En la Europa continental, y especialmente en Alemania, en cambio, el movimiento social se había desarrollado después que el político, y los sindicatos, aunque organizaciones independientes del Partido, estaban íntimamente ligados al mismo. En Inglaterra, por su parte, el movimiento obrero solamente se había desarrollado desde mediados del siglo XIX a través de los sindicatos, que dirigían tanto las luchas económicas como las políticas de la clase trabajadora. Otro aspecto importante a destacar es cómo el Partido Liberal británico había conseguido seducir a los trabajadores durante un tiempo.

Pero los problemas de la industria británica en los años setenta del siglo XIX trajeron cambios en relación con el panorama descrito. Los sindicatos comenzaron a estancarse, y se desarrolló una intensa miseria en el seno de la clase trabajadora no organizada. Kautsky observaba un fenómeno que conoce bien la historiografía en relación con la crisis de 1873. En principio, la bajada de precios benefició a todos los grupos sociales, como se puso de manifiesto en la alimentación. La carne, un lujo durante gran parte del siglo XIX, comenzó a aparecer en la mesa de los obreros. Hubo un evidente estímulo del comercio, surgiendo tiendas y almacenes en los barrios. También hubo un abaratamiento del transporte público, como el popular tranvía. Los salarios de los obreros cualificados, a pesar de la deflación, se mantuvieron relativamente altos gracias al poder y presión de las Trade Unions. La huelga, ya legal, era un instrumento muy eficaz y temido. Los sindicatos contaban con bolsas de resistencia para las huelgas, por lo que ya no era tan fácil romperlas. Además, tenían un enorme control sobre la formación profesional e impedían que los patronos pudieran contratar a mano de obra menos cualificada para los puestos que necesitaban una formación alta. En conclusión, los obreros más cualificados resistieron muy bien la crisis. Estaríamos hablando de una verdadera aristocracia obrera.

Pero los trabajadores no cualificados, que eran la mayoría, no disfrutaron de las mismas ventajas. Aunque no vieron bajar sustancialmente sus salarios, las pagas siguieron siendo inseguras y las jornadas laborales muy largas, como mínimo de diez horas. Pero el problema principal era el aumento vertiginoso del paro. Se calcula que en tiempos de la Gran Depresión hasta un 30% de la población de la capital londinense tenía serios problemas para subsistir.

Esta situación explosiva de gran parte de la clase obrera, no atendida por el sindicalismo clásico, motivó el surgimiento de un nuevo tipo de sindicato para los más desfavorecidos y que se centró en tres grandes objetivos. Si el sindicalismo de los trabajadores cualificados buscaba el mantenimiento y/o mejora del status de sus afiliados, el nuevo sindicato recuperó y actualizó las antiguas reivindicaciones del movimiento obrero: mejora salarial y reducción de la jornada laboral. Aunque la principal demanda sería el mantenimiento del puesto de trabajo. Era un sindicalismo mucho más radical y eso asustó a la patronal, a las autoridades y hasta la clase media, ya acostumbrada al otro sindicato, compuesto por miembros que no se encontraban tan alejados de su propia condición socioeconómica.

La tensión volvió a Gran Bretaña cuando ya se había casi olvidado la que se había desatado en la época del cartismo, casi medio siglo antes. El 13 de noviembre de 1887 tuvo lugar el conocido como Bloody Sunday, es decir, el Domingo Sangriento. Una manifestación convocada en pleno centro de Londres, en Trafalgar Square para pedir la libertad del líder nacionalista irlandés Parnell terminó con más de cien heridos y dos muertos. Dos años después, en 1889, se produjo la primera gran huelga de trabajadores sin cualificación profesional. Era la huelga de los estibadores del puerto londinense. En 1890 se celebró la primera manifestación del Primero de Mayo. En 1893 los mineros de Yorkshire, las Midlands y del Lancashire paralizaron las minas durante casi cuatro meses, algo inaudito. En ese año se alcanzó un récord de horas perdidas por huelgas.

Esta conflictividad generó una intensa represión, pero también la reacción de los políticos y pensadores más conservadores. Para los gobiernos y la patronal el estallido de huelgas sería la causa de la crisis económica y las dificultades por las que pasaba el Taller del Mundo, cuya hegemonía era ya seriamente cuestionada por la potencia económica de Alemania y de los Estados Unidos. En este clima se agudizó también el darwinismo social.

Para Kautsky la SDF había hecho un gran trabajo para expandir el pensamiento socialista, pero no se había conseguido crear un partido de masas, como el alemán o el de otros países europeos

Pero también es cierto que esta conflictividad supuso la entrada en una nueva etapa del movimiento obrero en Gran Bretaña, la que permitió el nacimiento del socialismo de tipo anglosajón, ya que surgieron pensadores que consideraron que esta agitación se terminaría si se alcanzaba la justicia social y el fin de la evidente miseria que se vivía junto con la opulencia más ostentosa. Esto es a lo que se refería Kautsky cuando decía que en los años ochenta comenzó a surgir la necesidad de crear un partido socialista. Así pues, en 1884 un grupo de seguidores de Marx fundaron la Social Democratic Federation, de la que se escindiría la Liga Socialista de Morris. Para el político y pensador alemán la SDF había hecho un gran trabajo para expandir el pensamiento socialista, pero no se había conseguido crear un partido de masas, como el alemán o el de otros países europeos. Y no lo había conseguido porque los trabajadores británicos seguían creyendo en el sindicato, antes que nada. Las organizaciones políticas socialistas se habían quedado en sociedades de propaganda. Kautsky no alude explícitamente a la Sociedad Fabiana, pero podríamos encuadrarla en este contexto.

Los padres del marxismo británico habrían buscado un camino distinto para llegar a constituir un partido del trabajo, que uniera las sociedades marxistas con los sindicatos, y que fuera totalmente independiente de los partidos existentes, como el liberal, algo que Kautsky consideraba muy distinto al modelo socialdemócrata alemán o europeo continental. Un partido del trabajo formado por los sindicatos, en alusión explícita al Partido Laborista, era distinto al SPD, partido socialistasde masas al lado de los sindicatos. Esa era la causa que, en su opinión, no terminaban de cuajar la SDF británica en este modelo de partido.

Un sindicato o federación de sindicatos no podía adoptar una actitud tan decidida y clara como una organización puramente política, porque los sindicatos tendían a aglutinar en su lucha económica a elementos de opiniones políticas distintas y hasta indiferentes a la política. Si la tradición era sindical, era muy complicado que un partido de sindicatos (el Partido laborista) pudiera superar dicha tradición.

Pero Kautsky, aunque claramente partidario de su modelo, no era un defensor de que se aplicase a Inglaterra porque contradecía un principio defendido por Engels, y que era la consideración de que la situación del proletariado dependía de características históricas de cada lugar, que había que tener siempre en cuenta, por lo que intentar aclimatar lo que se había hecho en Alemania o en la Europa continental, como habían intentado los marxistas británicos era un claro fracaso. Así pues, la cuestión no era elegir entre un modelo u otro, sino atender a la realidad británica, y que no era otra que la del partido de sindicatos para conseguir un partido de masas. Kautsky había defendido siempre que el Partido del Trabajo inglés fuera admitido en la Segunda Internacional.

Kautsky consideraba que, si un día los trabajadores británicos llegasen tan lejos intelectualmente como los alemanes, serían los más poderosos del mundo

En contraposición, los marxistas ingleses se habían enfrentado al Partido del Trabajo, como si fuera simplemente un partido social avanzado como otros del continente europeo, pero Kautsky no interpretaba el laborismo así, aunque tuviera elementos de tipo liberal. Que el Partido no fuera declarado socialista no significaba que los socialistas debían mantenerse alejados del mismo, sino trabajar unidos. Kautsky consideraba que, si un día los trabajadores británicos llegasen tan lejos intelectualmente como los alemanes, serían los más poderosos del mundo. Si en Alemania la lucha política se dirigía a la conquista del poder, en Inglaterra era por conquistar a los trabajadores.

Esa lucha solamente alcanzaría éxito dentro de la única organización política de masas británica, el laborismo. Si los marxistas británicos querían influir en el mismo debían integrarse. Kautsky era, en conclusión, un firme partidario de la unidad.

Hemos trabajado con el número 1686 de El Socialista.

Kautsky y su interpretación de la Primera Internacional

Kautsky reflexionó en 1924 sobre el aniversario de la creación de la Primera Internacional, aportando, en primer lugar, su opinión sobre la situación del internacionalismo, y de los partidos socialistas, pero, especialmente, un análisis histórico del origen de la misma.

No olvidemos la importancia de este personaje, tanto como líder del SPD, como en la Segunda Internacional y, por fin, en el seno del marxismo europeo. Por estas razones, acercarnos a su opinión tiene un gran interés

Si el quincuagésimo aniversario de la AIT había coincidido con la Gran Guerra y, por tanto, en medio de un fracaso evidente del internacionalismo en lo organizativo, pero, sobre todo, del espíritu solidario obrero, reemplazado por el odio violento generado por el nacionalismo, la situación, para el socialista alemán, era mucho mejor diez años después, aunque bien sabemos de las divisiones en el seno del movimiento internacionalista al terminar la Primera Guerra Mundial. Y era mucho mejor, según Kautksy, porque habría una organización que había sucedido a la Internacional, aunque lo principal era el cambio que tenía que ver con la correlación de fuerzas en el seno del socialismo europeo. En 1914 el principal partido era la Socialdemocracia alemana, mientras que el laborismo británico era muy débil aún. En 1924, en cambio, el partido obrero inglés era la principal fuerza del internacionalismo, por lo que, curiosamente, se volvía al punto de partida de la Primera Internacional.

Y, esa afirmación tenía que ver con el hecho de que dicha organización nació en Inglaterra. Cuando el 28 de septiembre de 1864 se acordó la creación de la AIT, no había en Europa organizaciones obreras de la importancia de las británicas. Kautsky achacaba esta debilidad a la presión policial, y a la reacción acontecida a raíz del fracaso de las revoluciones de 1848, aunque, no cabe duda, que, en nuestra opinión, también influyó el más alto desarrollo industrial británico.

Por otro lado, nuestro protagonista añadía que el cartismo también se había “enfriado” durante la reacción al 48, y la obtención de la jornada laboral de diez horas de 1847. En compensación, las Trade Unions se habían desarrollado. Cuando la reacción disminuyó surgió el momento en el que los trabajadores se encontraban ya preparados para luchar por sus intereses, para el nacimiento de la Internacional.

Los obreros británicos comenzaron a temer que sus evidentes avances pudieran peligrar por la competencia que les podían hacer los obreros europeos continentales que estaban desorganizados

En el continente, en cambio, no existía el nivel organizativo obrero de los británicos, ni legislación obrera de importancia. Pero en Alemania estaba la asociación creada por Lassalle, que se acercaba a lo que podía ser un partido obrero. En ese contexto, los obreros británicos comenzaron a temer que sus evidentes avances pudieran peligrar por la competencia que les podían hacer los obreros europeos continentales que estaban desorganizados. Kautsky estaba aludiendo al fenómeno que precipitó la creación de la Internacional: la contratación de trabajadores continentales en las huelgas en Gran Bretaña. Pero, según el alemán, los trabajadores de las Islas estaban imbuidos también de los principios de la libertad de comercio y no pensaron en exigir que sus autoridades impusieran medidas legales proteccionistas en relación con la mano de obra extranjera. Así pues, vencería el espíritu solidario de los trabajadores británicos, que quisieron hacer extensivas sus conquistas a los obreros continentales.

Mientras se producía este proceso, Marx y Engels estaban desarrollando sus teorías en un sentido casi paralelo. Kautsky aludía al “Manifiesto Comunista’ de 1848, y a la importancia de la unión de los proletarios de todos los países en su lucha común. Marx conocía la situación británica a raíz de su viaje en 1850, y el pensador ponía a los trabajadores ingleses como ejemplo al resto de los obreros europeos en sus luchas.

Con motivo de la reunión del Consejo General de la Primera Internacional, Marx trabajaría con los líderes de las Trade Unions. Se encargaría de la redacción de los informes y resoluciones que dicho Consejo presentaría a la Internacional. Para Kautsky esos textos, relativos a sindicatos, cooperativas, legislación y educación tenían plena vigencia cuando escribió este análisis en 1924.

Pero la Internacional no se limitó a realizar formulaciones teóricas, sino que se planteó la lucha práctica con los sindicatos británicos en sus reivindicaciones que, aunque no permitieron el reconocimiento del sufragio universal sí consiguieron mejoras salariales.

El internacionalismo apoyó en Europa la creación de sindicatos con mayor o menor éxito en función de las legislaciones respectivas

Los internacionalistas en Prusia también lucharon por el sufragio universal, y se enfrentaron con Bismarck. En el caso francés el enemigo era el Segundo Imperio. El internacionalismo apoyó en Europa la creación de sindicatos con mayor o menor éxito en función de las legislaciones respectivas. También estallaron numerosas huelgas, muchas de ellas coronadas por el éxito, precisamente, y siempre según nuestro analista, porque habían sido lideradas por los internacionalistas. Curiosamente, en este análisis aludía a otro factor que explicaría el éxito, y que tenía que ver con la sorpresa que a los patronos continentales les produjo la propia Internacional. Es más, consideraban que los huelguistas disponían de fondos casi ilimitados, algo que, en realidad, no era cierto. La leyenda que se generó provocó un miedo y un odio que recorrió media Europa, entre la patronal y los gobiernos.

La Primera Internacional fue asimilada a una sociedad secreta, como las que habían existido en Italia y Francia, seguramente, pensando en los carbonarios, o en otras fraternidades obreras y ligas. Pero Kautsky afirmaba que la Primera Internacional había sido una las organizaciones más pobres que habían existido jamás, llegando el caso de no poder financiar la publicación de sus resoluciones, ni poder publicar un Boletín, ni disponer de una caja de resistencia para las huelgas. Otro aspecto que destacaba el socialdemócrata alemán era que Marx se había negado en rotundo a que la Internacional fuera una sociedad secreta, frente a lo defendido por Mazzini, un hombre que, como bien sabemos, pertenecía a la época de las conspiraciones y sociedades. En esta cuestión se encontraría la causa de la oposición que los blanquistas franceses desarrollaron hacia la organización internacional.

Es evidente que la Comuna supuso una crisis fatal para la Internacional, y Kautsky era consciente de este hecho. Los internacionalistas se opusieron temiendo que los revolucionarios se encontrasen ante una lucha que rebasase sus medios. En ese sentido, el propio Marx fue, como sabemos, y expresa nuestro protagonista, muy crítico. En el análisis exponía que Marx había defendido que el proletariado francés debía haber aprovechado las libertades republicanas para avanzar en su organización para conseguir lo que no se había podido alcanzar en tiempos de Napoleón III. En este sentido, estaba claro que el marxismo era muy crítico con un movimiento tan espontáneo, sin organización. En todo caso, los internacionalistas, solidarios con los revolucionarios, una vez que estalló la Comuna, participaron en la misma. Curiosamente, serían los más reprimidos cuando el movimiento fracasó.

El antiparlamentarismo había adoptado en ese tiempo la fórmula del proudhonismo, que abogaba por el abandono de la política por parte de los trabajadores

Kautsky explicó la intensa represión que, a raíz de la Comuna, sufrió la Primera Internacional, además de producirse una escisión Los obreros de los países latinos perdieron la confianza en la política por la poca eficacia de las elecciones. El antiparlamentarismo había adoptado en ese tiempo la fórmula del proudhonismo, que abogaba por el abandono de la política por parte de los trabajadores y su consagración a las cuestiones económicas, y abogando por el mutualismo. Ese antiparlamentarismo era pacífico, pero las convulsiones de la Comuna y la evolución del movimiento obrero llevaron al surgimiento de un antiparlamentarismo de raíz violenta de la mano de Bakunin, defensor de la destrucción del poder por medio de la insurrección armada, preparada a través de las conspiraciones.

Por otro lado, en el seno del movimiento obrero británico se produjo un creciente desinterés por las cuestiones políticas no por influencia de las ideas antiparlamentarias pacíficas o violentas del continente, sino porque algunas de las reivindicaciones laborales se habían obtenido, así como el reconocimiento del derecho al sufragio a la élite de los obreros. Pero, además, los sindicatos se habían hecho poderosos para conseguir los fines de los trabajadores, y un sector de los partidos pretendía atender parte de sus demandas. La Internacional, por lo tanto, se estaba convirtiendo en un obstáculo para los líderes del movimiento obrero británico que aspiraban a ser reconocidos por los partidos.

En este contexto, Marx se enfrentaba a los bakuninistas, defendiendo la participación política, pero también a los líderes del movimiento obrero británico porque era partidario de una intervención política independiente al margen de los denominados partidos burgueses. Al final, esta idea cundiría en la creación de la Socialdemocracia alemana, pero no en el ámbito latino ni en el anglosajón. En este sentido, estaría pensando, seguramente, en el auge del anarquismo en el sur europeo, y en la tardanza en la creación de un partido obrero en Gran Bretaña donde sabía de las dificultades de la penetración de las ideas marxistas, solamente planteadas desde la Social Democratic Federation.

Hemos consultado el número 6126 de El Socialista

Karl Kautsky