lunes. 04.03.2024

Fue una de las instituciones del gobierno de la Antigua Roma. Funcionaba como órgano de consulta de los magistrados de Roma y estaba compuesto por los funcionarios públicos más experimentados de la ciudad y la élite de la sociedad.

Sus decisiones tenían un gran peso, aunque no siempre se convirtieron en leyes en la práctica. El Senado siguió ejerciendo su influencia en el gobierno en la época imperial aunque en menor medida.

Los romanos utilizaban el nombre de senatus para su sede de gobierno más importante. A veces se llamaba a sus miembros padres o patres, lo que hace del Senado un órgano destinado a proporcionar una orientación razonada y equilibrada del Estado romano y a su pueblo.

El puesto de senador significaba ciertos privilegios como el derecho a llevar una toga con una franja púrpura tiria, un anillo senatorial, un calzado especial, un epíteto que más tarde serían de tres rangos: clarissimi, spectabiles e illustres. Había restricciones, ya que ningún senador podía salir de Italia sin la aprobación del Senado, poseer grandes barcos o presentarse a licitaciones estatales.

  1. El senado en la República
  2. El senado en el Imperio
  3. El orden senatorial
  4. La reforma del Senado

El Senado se reunía en varios lugares de Roma o de sus alrededores, a menos de una milla del límite de la ciudad, pero este lugar debía ser sagrado, es decir, un templum. El candidato obvio era un templo, pero lo más habitual era que el Senado se reuniera en la Curia, que era un edificio público de Roma.

El primero fue la Curia Hostilia, utilizada en los primeros tiempos del reino, luego la Curia Cornelia, construida por Sulla y finalmente la Curia Julia construida por Julio César, terminada por Octavio Augusto y utilizado a partir de entonces. Las sesiones estaban abiertas al público con una política literal de puertas abiertas, que permitía a la gente sentarse fuera y escuchar si lo deseaban.

La función normal del Senado era asesorar en todo a los magistrados con decretos y resoluciones. Sus decisiones tenían más peso por el hecho de que muchos senadores eran a su vez ex magistrados con experiencia práctica de gobierno, por lo que, en la práctica, los vetos eran raros. Los magistrados también debían tener en cuenta que ellos mismos volverían al Senado tras su primer año de mandato.

Una vez aplicados, los decretos se convertían en leyes. Durante las crisis presentadas por la caída de la República, el Senado podía emitir decretos de emergencia y de hecho lo hizo, cuando consideraban necesarios para proteger al Estado.

El Senado nació como una institución consultiva de la monarquía romana, formado exclusivamente por treinta patricios que eran un representante de cada gens al principio, y luego trescientos.

A partir del siglo V a. C., el Senado toma más poder en la política pública a medida que disminuía la de las asambleas populares y los magistrados. El Senado decidía sobre asuntos como la política interior, lo que incluía el mundo financiero y religioso con propuestas que posteriormente serían debatidas en las asambleas populares.

Se consideraba como política exterior el escuchar a los embajadores extranjeros, decidir la distribución de las legiones y crear provincias y decidir sus fronteras. Se discutía las leyes existentes y sus deficiencias. El Senado tenía el poder de favorecer a los hombres más poderosos de Roma, especialmente en la concesión de triunfos por campañas militares exitosas.

Se levantaba actas de todos los debates y se publicaban para que el público las consultara en el archivo público. Esta práctica fue abandonada por el emperador Octavio Augusto. Los Senadores siempre podían acceder a estas actas y los escritores, que casi siempre eran senadores, no dudaban en citarlas en sus obras.

Estuvo compuesto durante la mayor parte de la República por trescientos miembros extraídos de los antiguos magistrados, aunque tras la dictadura de Sila y en época imperial ese número llegó a aumentar hasta novecientos. 

Adquirió mayores prerrogativas con la República, pasando a refrendar a través de su autoritas los actos de los cónsules y extendiendo su competencia a los actos de otros magistrados y comicios, temas religiosos, conflictos entre magistrados, policía, crímenes con pena capital cuando esta era conmutada, cuestiones militares y financieras y tratados internacionales.

Los censores elaboraban una lista de miembros cada cinco años, pero los senadores solían mantener su cargo de por vida, a menos que hubieran cometido un acto deshonroso. Se estableció un sistema, que creó una nueva y poderosa clase política que dominaría el gobierno romano durante siglos.

A mediados de la época republicana, el Senado estaba compuesto por todos los ciudadanos que habían ejercido magistraturas curules, cónsules, pretores y ediles, los conscripti, así como de los patres, las cabezas de las familias patricias descendientes de los primeros senadores romanos establecidos por Rómulo y sus sucesores, que formaban el grupo social privilegiado, opuesto a los plebeyos.

Desde el siglo III a. C., eran 300 los miembros del Senado y tras las reformas de Sulla en el año 81 a. C. aumentó a 500 senadores. Julio César impulsó reformas a mediados del siglo I a. C., y repartió el número de miembros entre sus partidarios y lo amplió para incluir a personas importantes de ciudades distintas de Roma, de modo que entonces había 900 senadores.

Octavio Augusto redujo el número de miembros a unos 600. Los senadores estaban dirigidos por el princeps senatus, que siempre hablaba en primer lugar en los debates. El cargo perdió importancia en los últimos años de la República, pero volvió a cobrar protagonismo con Octavio Augusto.

Los censores podían incluir senadores que no habían ejercido magistraturas, aunque estos tenían restringido su derecho a tomar la palabra y se los denominaba senatores pedarii. Los antiguos tribunos de la plebe no obtuvieron el acceso automático, o bien hasta el año 149 a. C. por la ley Atinia, o bien tras el tribunado de Cayo Graso.

Con el acceso a los derechos ciudadanos de los plebeyos, el Senado perdió el derecho de acreditar los actos de los Comicios Centuriados. Por el contrario, adoptó el derecho de nombrar dictador y pronto legisló sobreponiéndose a los Comicios Tributos, alcanzando un gran poder.

En el siglo III a. C., el Senado sufrió las modificaciones propias de la nueva situación. Los asientos senatoriales continuaron en manos de los censores y todos los magistrados curules que abandonaban su cargo accedían al Senado.

El senado en la República

El Senado pasó de ser un cuerpo consultivo de los cónsules, al principio de la República y subordinado a estos en muchos aspectos, a ser una corporación de gobernantes, sin dependencia de nadie. El Senado dirigía la guerra a través de los cónsules y toda la política de la República. José Manual Roldán Hervás dice:

"La significación del Senado en la vida pública se elevó muy por encima de su real función jurídica. Como reunión de ex-magistrados, el Senado personificaba la tradición pública romana y toda la experiencia de gobierno y administración de sus componentes [···] Frente a los magistrados anuales, el Senado se destaca como el núcleo permanente del Estado, el elemento que otorgaba a la política romana su solidez y continuidad. No es extraño, por tanto, que, a pesar de su función puramente consultiva, sobre la magistratura y sobre las asambleas, se superpusiera el Senado como el auténtico gobierno, ante cuya experiencia y prestigio aquellos se plegaban”.

El Senado asumió el nombramiento de diversos cargos curules con el paso del tiempo, lo que implicaba la designación de sus propios miembros, y además influyó cada vez más en los censores. Se mantuvo la distinción entre senadores patricios y plebeyos.

La desaparición de la figura del dictador permitió al Senado ocupar ciertas funciones en casos graves, en especial el conferir a los cónsules facultades especiales, similares a la dictadura, por tiempo limitado.

El senado en el Imperio

La gran parte de los emperadores valoraban, que el Senado era muy importante para la elite de Roma y un reflejo de su necesaria participación en el funcionamiento del Imperio.

Augusto volvió a reducir el número de senadores a seiscientos, aunque mantuvieron algunos de los nombramientos de Julio César, que tenían la consideración homines novi, pero las proscripciones por ellos emprendidas vaciaron los bancos del Senado, que fueron llenados con la promoción de partidarios de los triunviros extraídos del ordo ecuestre y del ejército.

Terminada la guerra entre Octavio Augusto y Marco Antonio en el año 31 a. C., Augusto procedió a elaborar la lista de senadores, intentando recuperar a los supervivientes de las familias tradicionales, pero favoreciendo también a sus partidarios, sin tener en cuenta su origen.

El Senado seguía siendo muy influyente incluso después de que Octavio Augusto se convirtiera en emperador. Los senadores debatían y a veces no autorizaban lo realizado por el emperador. El Senado tenía importantes derechos y nombraba gobernadores de las provincias senatoriales, que no estaban bajo control del emperador.

Incrementó los poderes nominales del Senado, trasmitiendo los poderes de elección de magistrados de las asambleas o comicios al Senado, aunque realmente redujo sus poderes, ya que casi todas las provincias con ejército pasaron al control directo del emperador, las magistraturas se convirtieron en cargos honoríficos y los candidatos a ellas necesitaban del visto bueno del emperador, quien asumió la potestad jurisdiccional de los Comitia Tributa, por lo que los edictos imperiales se superpusieron a los senadoconsultos.

Octavio Augusto pedía como requisito para ser miembro del Senado la posesión de una determinada riqueza, por lo que solo los hijos de los senadores o aquellos a los que el emperador otorgaba el status podían llegar a ser senadores. Con el transcurso del tiempo, como el imperio se extendía más y más, hacía que entraran también otros senadores de lugares de todo el imperio.

A partir del emperador Claudio, numerosos provinciales, especialmente hispanos, fueron admitidos en el Senado, aunque a estos nuevos senadores se les imponía el requisito de invertir el censo mínimo senatorial de al menos un millón de sestercios en propiedades rústicas en Italia, culminando el proceso con la elección de un emperador procedente de una familia senatorial provincial hispana, Trajano.

A lo largo del Alto Imperio, las relaciones entre los emperadores y los senadores fueron las de un tira y afloja continuo, si bien es cierto que muchos colaboradores de los emperadores eran senadores, lo cierto es que estos, aun los más respetuosos, tendían a dejar de lado las expectativas y deseos de los senadores.

Los senadores tendían a ignorar que la verdadera fuente de poder del Estado romano era el ejército, por el cual pasaban por cortos períodos de tiempo. La consecuencia fue que algunos emperadores sostuvieron relaciones muy difíciles con el Senado y promovieron la persecución de muchos de sus miembros.

El número de miembros del Senado no dejó de aumentar: a principios del siglo III podía contar con ochocientos o novecientos miembros.

Con el advenimiento de la dinastía Severa, de origen militar, el Senado fue progresivamente arrinconado en favor del orden ecuestre y de la nueva burocracia imperial nacida del ejército, hasta que el emperador Aureliano excluyó a los senadores de los puestos militares.

El Senado había perdido influencia, pero los emperadores seguían recibiendo formalmente su poder y por tanto su legitimidad para gobernar. El Senado también tenía la última palabras sobre el reinado de un emperador y declararlo enemigo público o borrar su memoria oficialmente.

Las reformas de los emperadores Diocleciano y Constantino I procedieron a dar muchos cargos públicos de los senadores a los ecuestres y de esta forma difuminan la distinción entre ambas clases sociales.

En el Bajo Imperio, el Senado de Roma fue duplicado con otro igual a él, creado por Constantino I, en la nueva capital, Constantinopla y se convirtió en un simple club de notables. El emperador residía en Constantinopla, mientras que el Senado continuaba en Roma y se dedicaba en ocuparse únicamente de los asuntos locales. El Senado sobrevivió incluso al propio Imperio romano, pero ya nunca recuperará el poder y el prestigio que tuvo.

El Senado romano desapareció en los turbulentos años del siglo VI, en los que las tropas del rey ostrogodo, Totila luchaban a la desesperada contra las tropas imperiales de Justiniano I, dirigidas por el general Belisario, mientras que en el resto de los reinos bárbaros nacidos de la ruina de Roma, los senadores fueron fundiéndose progresivamente con la nobleza germánica dirigente.

El orden senatorial

La designación de las vacantes del Senado, designadas primero por los cónsules, pasó a los censores. Su funcionamiento fue regulado por la Ley Ovinia.

Las promociones al orden quedaron abiertas a todos los ciudadanos que hubieran sido antes edil curul, pretor o cónsul. El censor estaba obligado a incluir en la lista de nuevos senadores a los cónsules que habían dejado el cargo, salvo que por precepto legal pudieran proclamar su exclusión motivada.

Como los ciudadanos que podían ocupar un puesto en el Senado no eran suficientes para cubrir las bajas que se producían por fallecimiento o exclusión y el número de senadores no podía bajar de trescientos, los censores podían elegir libremente entre aquellos que no habían ejercido una magistratura de las citadas.

Los designados debían haberse distinguido por su valor, haber matado a un jefe enemigo o salvar a un ciudadano romano. A estos senadores se les llamaba subalternos y tenían derecho a voto pero no participaban en la discusión.

El Senado era el que dominaba en materia de elección y de gobierno, siendo sobre todo un órgano con poder ejecutivo. Tenía la potestad de nombrar y controlar las más altas magistraturas del Estado y controlaba al ejército y llevaba a cabo la política exterior.

No era propiamente una cámara legislativa pues por un lado los tribunos de la plebe tenían el poder de vetar cualquier propuesta del Senado y en general eran dichos tribunos los que desarrollaban la función legislativa, redactando los proyectos de ley, que solían ser sometidos previamente al Senado, para después convocar los plebiscitos en los que finalmente eran aprobadas las leyes. Las leyes romanas, por tanto, eran promovidas a propuesta de los tribunos, no del Senado, y sancionadas directamente por el pueblo.

El paso de las leyes por el Senado no era algo obligatorio, pero sí fundamental, pues al disponer del poder ejecutivo, podía poner o no en ejecución un plebiscito votado, de manera que cualquier tribuno que deseara ver desarrollado adecuadamente el programa de leyes que había promovido, se veía forzado a llegar a acuerdos con el Senado.

En los casos urgentes o de conflictos bélicos, el Senado podía legislar, sin que las leyes fueran ratificadas por la Asamblea, sin perjuicio de ulterior ratificación, que para el final de la República ya casi nunca era solicitada.

El Senado se atribuyó la designación de dictador, cuyo nombramiento correspondía antes a los cónsules, y asumió también la prórroga de cargos, donde el cónsul cesante que no se encontraba en Roma en el momento del cese, seguía en funciones como procónsul.

Lo mismo ocurría con los pretores que continuaban como propretores, lo que llevó en la práctica a una reelección encubierta, desde el año 307 a. C., un senadoconsulto bastaba para prorrogar una magistratura.

La aristocracia apoyaba en las elecciones a la magistratura a los candidatos del Senado y, como el sistema electoral era censitario y el peso que otorgaba a la aristocracia era superior al de la plebe, su elección estaba casi garantizada.

El Senado decidía sobre la guerra, la paz, las alianzas, la fundación de colonias, las asignaciones de tierras públicas, los trabajos públicos, el sistema de rentas, la asignación de departamentos a los magistrados, el contingente del ejército, el presupuesto de los departamentos, etc. Los cuestores no podían hacer pago alguno sin un senadoconsulto.

La reforma del Senado

El Senado varió su composición. Inicialmente estaba formado por trescientos miembros de la nobleza y todos los senadores, salvo excepción, eran patricios. Más adelante, se reservaron 164 asientos a los plebeyos o nuevos admitidos. Esta distinción se mantuvo al menos en los formalismos de tal forma, que la alocución para dirigirse a la cámara era patres et conscripti, aún mucho después de que tales diferencias dejaran de ser importantes

Los senadores eran consuetudinariamente vitalicios, pero la costumbre derivó en ley para los patricios. Como el Senado representaba a la nobleza patricia y había en él miembros plebeyos, se relegó a estos a un papel secundario dentro de la institución. 

Si alguno se oponía, en las revisiones cuadrienales de senadores que efectuaban los cónsules, eran o podían ser eliminados. Los plebeyos que entraban en el Senado, no lo hacían por mérito, sino por su riqueza y en estas circunstancias, sus intereses coincidían con los de la nobleza patricia.

Se distinguían entre los senadores dos grupos:

  • Los provenientes del ejercicio de magistraturas.
  • Los que no las habían desempeñado.

El nombramiento de los senadores correspondía desde el inicio de la República a los cónsules o dictadores. Más tarde, esta fue una atribución específica de los censores.

Al Senado correspondía el refrendar todas las propuestas importantes políticas o administrativas de los cónsules y otros magistrados que hubieran obtenido el voto afirmativo de las asambleas correspondientes.

Al principio las decisiones del Senado fueron llamadas consulis senatusque sententia, más tarde los dictámenes del Senado dejaron de ser consultivos y adquirieron fuerza, siendo llamados senatus consultum y senatus sententia.

El cónsul debía obedecer al Senado, pues en caso contrario podía ser privado de fondos, se podía nombrar a un dictador o decidir otras medidas que daban preeminencia al Senado sobre los altos magistrados.

Correspondía al Senado decidir sobre los siguientes asuntos:

  • Religiosos.
  • Elección de magistrados extraordinarios.
  • Resolución de conflictos entre magistrados.
  • Cuestiones de policía.
  • Algunos casos criminales que comportaban pena capital, cuando el acusado era perdonado, o era conmutada su sentencia, o bien era liberado.
  • Cuestiones militares.
  • Cuestiones financieras.
  • Negociaciones con Estados extranjeros y firma de tratados después de la paz. El Senado debía aprobar los cambios territoriales pactados por los cónsules u otros magistrados con el enemigo.

El Senado era convocado por cualquiera de los magistrados que podían consultarle, principalmente dictadores, cónsules, prefectos de la ciudad, pretores, tribunos de la plebe y después tribunos consulares con potestad consular. El convocante presidía la reunión.

La convocatoria se hacía bien públicamente mediante pregones o edictos, o bien mediante un aviso a cada senador, que era obligatorio que tuvieran residencia en Roma. A veces, en una reunión se convocaba la siguiente.

Los que no asistían sin justa causa podían ser sancionados con multa. Las reuniones se celebraban en edificios públicos, generalmente en el Capitolio, el Comitium o el templo de Júpiter Capitolino. Los senadores permanecían sentados y el presidente ocupaba un lugar central sobre una silla elevada.

Las reuniones no podían coincidir con la celebración de comicios y duraban de sol a sol. Las votaciones debían celebrarse antes del ocaso. La sesión se abría con unos sacrificios religiosos para consultar a los auspicios. Los asuntos a tratar eran determinados por la presidencia, pero los religiosos tenían preferencia.


BIBLIOGRAFIA

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El Senado romano, su labor política