CRÍTICA LITERARIA

¿Por qué mataba ETA?

Desde el día 7 del mes de junio del año 1968 hasta el 7 de marzo de 2010 ETA mató mucho.

Desde el día 7 del mes de junio del año 1968 hasta el 7 de marzo de 2010 ETA mató mucho. Asesinó por el bien del pueblo vasco. Es un decir. Un guardia civil español fue la primera víctima mortal de los terroristas vascos. Un policía francés, Jean-Serge Nérin, la última. Los años de plomo en Europa comenzaron en aquel año 68, en aquel para tantos mítico año 1968. El libro Pardines. Cuando ETA empezó a matar está dedicado al momento fatídico en el que el vendaval de odio se hizo sangriento y al tiempo en el que ello tuvo lugar. Pardines es un libro de Historia. Conviene decirlo. Por eso recoge todo el interés que la sociedad civil española tiene en las décadas en las que los terroristas nacionalistas vascos fueron la más grande amenaza a la convivencia entre españoles, primero durante la inconveniente dictadura y después durante los años de la democracia, el Estado de Derecho y la política.

Pardines. Cuando ETA empezó a matar ha sido editado por Tecnos y ha aparecido recientemente. Los coordinadores del grupo de historiadores que han escrito el libro son Florencio Domínguez Iribarren, director del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo, y Gaizka Fernández Soldevilla, responsable del Área de Archivo, Investigación y Documentación del mismo organismo. La obra está compuesta por diez capítulos, una introducción a cargo de Domínguez Iribarren y un prólogo magnífico escrito por Fernando Aramburu, el autor de la deslumbrante y afortunadamente famosísima novela Patria

En la citada introducción, Florencio Domínguez Iribarren sitúa este libro, ya indispensable, que jalona los muchos textos que los autores de Pardines vienen publicando, por ventura, desde hace algunos años:

"La memoria que tenemos que afianzar es una memoria basada en una exhaustiva y rigurosa investigación académica, en la Historia, en la certeza de lo ocurrido y no en la sentimentalidad que iguala todos los sufrimientos, ya sean accidentales o provocados, sin distinguir en las causas que los han generado".

ETA en el contexto histórico mundial

El terrorismo de lo que cada vez se da más a menudo en llamar años de plomo no es un fenómeno eta1únicamente español. Desde finales de la década de 1960, un reducido pero a la vez considerable número de jóvenes no sólo europeos pretendieron que el uso de la violencia estaba legitimado en su deseo de llevar a cabo una revolución social, varias, distintas, revoluciones sociales. Sigo al historiador Juan Avilés Farré y a su contextualización del nacimiento del fenómeno etarra en el capítulo titulado ‘La resaca del 68. El inicio de los años de plomo en Europa’. Y hago, con él, un spoiler. Ninguno de aquellos terrorismos consiguió triunfar. Únicamente lograron llenar de dolor los territorios donde actuó, los países donde consiguió, más o menos, muchísimo o poco, aterrorizar. ETA aterrorizó muchísimo.

Avilés Farré hace suya la periodización que del terrorismo hizo el politólogo estadounidense David C. Rapoport, que sitúa el arranque de la acción de ETA en la tercera oleada. Según esa teoría existirían cuatro fases u oleadas de terrorismo: una primera que arranca en Rusia a finales del siglo XIX, originariamente socialista revolucionaria extendida a Occidente con un mayor énfasis anarquista y en algunos casos nacionalista; una segunda anticolonialista que se dio a raíz de la Primera Guerra Mundial; la tercera en la que se incardina el terrorismo vasco, propia de los años 60 del siglo XX y de carácter socialista revolucionario, a veces combinada con movimientos nacionalistas o repelida por grupos contrarrevolucionarios especulares (IRA norirlandés, Brigadas Rojas italianas, Fracción del Ejército Rojo alemán, ETA…); y una cuarta nacida en los 80 de la centuria anterior a la nuestra, de carácter yihadista. Leamos a Avilés Farré:

“El terrorismo de la Nueva Izquierda pudiera considerarse como uno de los productos, ciertamente muy minoritario, de la contestación contracultural, con la que compartía la rebeldía hacia lo establecido y el voluntarismo idealista.”

En aquellos años se dio en algunos casos, como en el País Vasco, que vivía bajo la dictadura franquista (como el resto de España), el paso de la protesta pacífica al terrorismo fanático. Y una de las causas generales de ese cambio fue la “reacción excesiva de las autoridades frente a la contestación no violenta”.

Si bien todo el libro es altamente recomendable (es, como me gusta decir, un libro imprescindible, útil), me voy a limitar a centrarme, tras contextualizar el nacimiento de ETA en la España del llamado segundo franquismo, en el capítulo de Gaizka Fernández Soldevilla, titulado ‘A sangre fría. El asesinato de José Pardines (y sus antecedentes)’.

Tiempo de contrastes. El País Vasco en la década de 1960

Este es el título exacto del capítulo segundo del libro, escrito por Santiago de Pablo, dedicado a explicar el “marco en que se produjo el primer asesinato de ETA”. Su lectura es perentoria para enclavar aquel eta2primer asesinato etarra en el segundo franquismo, “cuando la represión era compatible con cierta apertura”, cuando las principales acciones del Tribunal de Orden Público y de los once estados de excepción proclamados por el régimen entre 1956 y 1975 afectaron al País Vasco, la región que, junto a Asturias y Navarra, concentraba la mayor actividad antifranquista. Un tiempo en el que los ideólogos de la ocupación española de Euskadi pudieron ahondar en la formulación que de dicha ocupación ya había hecho el superpadre nacionalista Sabino Arana. En cualquier caso, parece poco discutible que “la mayoría de la población vasca vivía acomodada al franquismo”, bien de forma más o menos convencida o bien como mero ejercicio de las llamadas resistencias silenciosa emocional¿Aquiescencia, acomodación, neutralismo? Ni el País Vasco estaba invadido por nadie ni sus habitantes, el pueblo vasco, se enfrentaban de ninguna de las maneras a la dictadura del general Francisco Franco.

Durante los años 60 del siglo pasado, demográfica y económicamente, también culturalmente, y socialmente por tanto, el País Vasco sufrió la mayor y más profunda transformación de su historia contemporánea. Se produjo una gran alteración de las costumbres, de la mentalidad, radicada de forma indeleble en un proceso demográfico profundamente urbanizador que llevó a que el 75% de la población vasca habitara en 1975 en ciudades y que cinco años antes se alcanzara una plena escolarización.

Respecto de la extensión del uso de la lengua vasca en aquellos años del segundo franquismo, conviene hacer una aclaración que pueda llamar la atención a los más desinformados, a aquellos que vieron únicamente invasión patriótica y erial del vasquismo en los tiempos dictatoriales: nunca antes “se habían publicado tantos volúmenes en euskera como en la etapa final del franquismo”: 592 entre 1960 y 1989, y 723 de 1970 a 1975 (en los veinte años anteriores a la Guerra civil vieron la luz sólo 593 libros en euskera). Además, la primera de las ikastolas es del año 1954, y en los años últimos del régimen se las reconocía como centros de enseñanza homologables.

No, el franquismo no prohibió el uso del euskera, y, de hecho, en varias ocasiones, las autoridades del régimen promovieron su empleo y difusión.

Si en algún territorio español tuvo especial virulencia el enfrentamiento progresivo de la Iglesia católica (de una parte suya significativa, no absoluta) con el régimen franquista durante esta segunda etapa del mismo de la que venimos hablando fue en donde la presencia nacionalista era más evidente: Cataluña y, por supuesto, el País Vasco, donde Franco y su administración vio en el clero a uno de sus principales enemigos ya en los años finales de la dictadura. Como recojo en mi libro El franquismo (Sílex ediciones, 2013), ya antes del punto de inflexión en las relaciones entre el franquismo y la Iglesia española, el Concilio Vaticano II, “se puede decir que el pistoletazo de salida en esa desconexión paulatina de los miembros de la Iglesia católica tuvo lugar en 1960, cuando más de 300 sacerdotes vascos y navarros firmaron un escrito que denunciaba la injusticia del régimen, especialmente con el pueblo vasco y la clase obrera, por lo que conectaba nacionalismo vasco con la vía reivindicativa y social eclesiástica”.

En este ámbito nació ETA para obtener “la salvación de las esencias vascas a través de un cauce estrictamente patriótico”, como rezaba su primer manifiesto, allá por 1959, justo cuando el franquismo pasaba de ser lo que comenzó siendo a ser lo que acabó siendo: una dictadura que pudiera usar dos legitimaciones, la fundacional, guerracivilista, victoriosa ante los antiespañoles, y la del éxito del capitalismo desarrollista amparado en una tecnocracia. La respuesta que le dio a ETA el régimen franquista fue la única que sabía dar: la represión. Y así comenzó todo.

ETA, ETA, ETA… ¿Por qué?

Gaizka Fernández Soldevilla no necesita escribir una novela policiaca para explicarnos el pasado. Es eta3historiador. Y cuando escribe Historia usa su oficio. En su capítulo está una buena parte de cuanto necesita saber la sociedad civil española, la europea, todo ser humano, sobre lo que supusieron el nacimiento de ETA y su primer asesinato.

Leer a Gaizka es un auténtico placer. Y yo que he publicado alguno de sus relatos le conozco en sus diversas facetas como escritor.

Recomiendo la lectura de este libro, no sólo el capítulo de Gaizka, y quiero despedir este artículo dedicado a una obra necesaria, magnífica para que la sociedad civil sepa de qué habla cuando habla de ETA, reproduciendo un significativo extracto de las conclusiones de ‘A sangre fría. El asesinato de José Pardines (y sus antecedentes)’, donde podemos apreciar el fino empleo del oficio de historiador que es capaz de distinguir las coyunturas en que suceden los acontecimientos, las causas estructurales, de la voluntad humana que acaba por convertir dichas causas en la realidad que da en ser el pasado:

“Durante los años sesenta hubo diversos factores que hicieron atractiva la lucha armada a ojos de los militantes de ETA. En el orden extremo cabe mencionar el franquismo […]; también los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo […]; en el plano interno tenemos el odio derivado de una lectura literal de la doctrina de Sabino Arana, como su furibundo antiespañolismo, la maniquea y estereotipada división entre ellos/nosotros, la deshumanización de quienes eran considerados enemigos, la muy tergiversada narrativa histórica acerca de un secular conflicto entre vascos españoles, el deseo de vengar a los viejos gudaris de 1936, el choque intergeneracional o el ansia de marcar distancias con el pasivo Partido Nacionalista Vasco (PNV). Ahora bien, por mucho que influyeran en los etarras, todos estos elementos no determinaron su actuación. Ni estaban respondiendo como autómatas a una coyuntura concreta ni cumplían con su destino ineludible.

Para constatar el peso que en esta encrucijada tuvo la voluntad humana basta comparar la trayectoria de ETA, la de Los Cabras [jóvenes exaltados escindidos de ETA por el acercamiento de esta al marxismo, liderados por Xabier Zumalde (El Cabra)] y la de EGI [Euzko Gaztedi Indarra (en euskera 'Fuerza Juventud Vasca'), las juventudes del PNV]. Los jóvenes miembros de tales grupos sufrían la misma dictadura y compartían un discurso ultranacionalista, un modelo internacionalista, una idealización de la violencia y su autopercepción como nuevos gudaris llamados a continuar la guerra de sus vencidos antecesores. […] Empero, ni Los Cabras ni EGI causaron víctimas mortales. A la hora de la verdad, decidieron no apretar el gatillo.

Después de descartar otras alternativas, ETA se decantó por la violencia, pero pasó diez años enfrascada en ensayos, debates y teorizaciones sobre la guerra de guerrillas. […] Tampoco había una voluntad decidida, que sí se hizo presente en 1968.”

eta4​​Resulta evidente que, cuandoTxabi Echebarrieta escogió disparar, como tal vez también lo hiciera en aquel día de primavera del año 68 su compañero Iñaki Sarasketa, cuando ETA siguió matando a partir de entonces, “los etarras hicieron uso de su libre albedrío. Suya es la responsabilidad histórica”. 

Gracias a los historiadores que han contribuido con sus estudios, análisis y explicaciones a explicarnos qué fue ETA. Por supuesto, a los autores de este libro.

Gracias a los ya mencionados hasta ahora, y gracias a Jesús Casquete, Javier Gómez Calvo, Óscar Jaime Jiménez, María Jiménez Ramos, Roncesvalles Labiano, Raúl López Romo, Javier Marrodán, José Antonio Pérez Pérez y José Marís Ruiz Soroa.