Nuevatribuna

Paz en el mosaico vasco de los años del terror: Manuel Montero y las palabras que matan

Mucho sabemos sobre la “jerga específica” surgida en el País Vasco durante los años en que ETA mataba y dictaba con su terror buena parte del presente inmisericorde de España.

Tengo escrito en otro sitio (‘El sueño de Manuel Montero: el secuestro de la palabra libertad’, en la revista digital Periodistas en Español) lo que he leído cuando he leído el libro El sueño de la libertad. Mosaico vasco de los años del terror, del historiador español Manuel Montero (XXIV Premio Internacional de Ensayo Jovellanos), y ahora me gustaría centrarme en una palabra que planea a menudo en su prestigioso interior: la palabra paz.

“Paz como antítesis de la acción terrorista, paz como expresión de la victoria de los nuestros, paz como lema político, paz como arma: con la Transición no llegó la paz al País Vasco, pero sí las apelaciones a la paz, que ocuparon un lugar preferente en el discurso político. La paz como deseo, pero como meta remota, alcanzó una curiosa familiaridad durante la Transición, convirtiéndose en lugar común en el debate político. Reinaba el terror, pero se hablaba de paz”.

Foto: Imanol García Bruentesa1

Mucho sabemos sobre la “jerga específica” surgida en el País Vasco durante los años en que ETA mataba y dictaba con su terror buena parte del presente inmisericorde de España. Y mucho de lo que sabemos se lo debemos a Manuel Montero. ‘Estado’ mejor que España. Como ‘euskera’, pero jamás vascuence. ‘Euskadi’ o ‘Euskal Herria’ en lugar de País Vasco. Y, claro, mucho conflicto, mucho proceso de paz. Y se usó, se usa (¿dónde también, por cierto?) derecho a decidiren lugar de ‘autodeterminación’. Impuesto revolucionario, cuando se habla de ‘extorsión económica’…

                  “En la batalla del lenguaje siempre mandaron. Siguen”.

Ha habido planes de paz en la política vasca desde el año 1978. Aunque no siempre son obras de los lehendakaris, todos ellos han promovido el suyo, incluso los que han gobernado sin la presión directa del terrorismo. Estos más recientes, el del nacionalista Urkullu, como lo fue el del socialista López, “no buscan cambios políticos, pero sí implican una lectura política de la etapa del terror”: aquella que ve en las andanzas etarras un conflicto entre los vascos y el Estado español o, como poco, un conflicto entre ETA y España.

sa2“La mano tendida: tal fue la actitud permanente”, escribe Montero cuando habla de las conversaciones y negociaciones que los gobiernos españoles (del Estado español, como les gusta decir a los nacionalistas periféricos) mantuvieron desde los años 80 y que plantearon la posibilidad, finalmente, de que se llegara a un empate infinitoque sin contabilizar como una victoria etarra de hecho acabaría por serlo. Pero no lo fue, afortunadamente. Porque no se produjo esa victoria. Se demostró que ETA no era invencible, aunque en la actualidad los todavía defensores de su existencia (y sus justificadores, toda aquella “mediocridad social que impulsó el terror”) añoren los tiempos del empate infinito, y se arraciman en torno al dicho ese de “que no haya vencedores ni vencidos”.

En cualquier caso, “los planes de paz no socavaron al terrorismo, sino que le dieron los argumentos en que sustentarse”.

Manuel Montero fue Bravo 902. Yo, como él, espero que Bravo 902 esté bien muerto, para que Manuel no tenga que volver a escribir frases como esta:

                  “No se puede vivir pensando que alguien quiere matarte”.

Y me explico. Bravo 902 era la clave policial para los servicios de escolta que precisó el “precadáver” que era Manuel Montero. Por culpa de ETA, sí. ETA y los nacionalistas vascos partidarios de usar la violencia para lograr que su memoria inventada se adecuara a sus deseos legítimos. Unos deseos que se deslegitimaron antes del primer asesinato, pues estaban fundados en una mentira.

“Bravo 902 vivió unos doce años. Descanse en paz”.